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Leopoldo Zea distinguía muy claramente entre el filósofo y el maestro de filosofía. El primero actúa como consecuencia de una filosofía que lo impulsa y el segundo sólo repite fórmulas filosóficas. Descubierto por José Gaos («¿Quién de los dos tendrá la culpa de que sea usted el mayor éxito de mi vida como profesor?», le dijo en alguna ocasión), Zea abandona su seguro puesto de telegrafista para dedicarse de lleno a la actividad filosófica. De Gaos y de José Vasconcelos aprendió el ejercicio filosófico como práctica concreta. La filosofía como pensamiento y reflexión pero también como acción. Creció en medio de la turbulencia revolucionaria hecha gobierno y en un ambiente intelectual donde se buscaba respuesta a la pregunta: ¿qué somos? Mientras el grupo Hiperión (Villoro, Uranga, et al.) ahondaron en la esencia de lo mexicano, Leopoldo Zea extendió su análisis a México y Latinoamérica. Uno de sus primeros ensayos, publicado en 1942, lleva el seminal título de «En torno a la filosofía americana». En este texto parte del trabajo pionero de Samuel Ramos en torno a la psicología del mexicano y del argentino Francisco Romero acerca de la posibilidad de una cultura iberoamericana, para alentar la existencia de una filosofía latinoamericana independiente de la europea. Escribió: «Ser americano había sido hasta ayer una gran desgracia, porque no nos permitía ser europeos. Ahora es todo lo contrario, el no haber podido ser europeos a pesar de nuestro gran empeño, permite que ahora tengamos una personalidad; permite que en este momento de crisis de la Cultura Europea sepamos que existe algo que nos es propio, y que por lo tanto puede servirnos de apoyo en esta hora de crisis. Qué sea este algo, es uno de los temas que debe plantearse una filosofía americana». Ya desde entonces planteó una de sus tesis fundamentales: la no inferioridad de lo americano con respecto a otras filosofías u otras culturas. Para él, tenían la misma importancia las pirámides de Teotihuacan que las de Egipto, los pensadores americanos que los europeos. Esta noción la aborda en otros libros significativos: Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica (1949) y América como conciencia (1953), donde señala: «El origen de nuestros males está en el hecho de querer ignorar nuestras circunstancias, nuestro ser americanos. Nos hemos empeñado, erróneamente, en ser europeos cien por ciento. Nuestro fracaso nos ha hecho sentirnos inferiores, despreciando lo nuestro por considerarlo causa del fracaso». Otros de sus libros sobre el tema son América en la historia (1957) y El pensamiento latinoamericano (1965). En 1960, al ser nombrado Director de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores, se impuso la tarea de promover los verdaderos valores nacionales de su país: «Vamos a quitar esa imagen arquetípica y miserable de México (...). Vamos a mostrar que pensamos, que hacemos Filosofía, que hacemos Ciencia, de que somos poetas y que en arte podemos, de veras, competir». A través de sus libros y de la docencia, del periodismo y de su labor como editor, funcionario público y distinguido universitario, Leopoldo Zea luchó por oponerse a la dependencia teórica, a rescatar el pensamiento de integración continental de hombres como Simón Bolívar o José Martí, a profundizar en la conciencia e identidad latinoamericana y a buscar una filosofía de la historia y de la cultura que permitiera afianzar y hacer avanzar al ser latinoamericano. Debido a estas ideas fue un claro opositor del imperialismo, en especial del ejercido por Estados Unidos en contra de los países latinoamericanos. Porfirio Muñoz Ledo, uno de sus discípulos, lo nombró «un filósofo de la liberación de los pueblos». Creía que el filósofo tenía una responsabilidad para con los tiempos y la circunstancia que le habían tocado vivir. Uno de sus grandes legados es el del compromiso ético y la responsabilidad socio-política que acarrea el ejercicio del pensamiento. En una época caracterizada por las revoluciones sociales, las guerras, las intervenciones imperialistas, el sojuzgamiento de unos sobre los otros («la ampliación milenaria de la misma mezquindad humana», como le llamó), Zea respondió con ideas, con diálogo, con reflexión, con crítica. Creó, en 1982, el Centro Coordinador y Difusor de Estudios Latinoamericanos, desde donde abogó aún más por la integración del continente. Para él, el pensamiento latinoamericano había que convertirlo en un instrumento de transformación de la realidad y de obtención de respeto, independencia, soberanía y libertad para las naciones del continente. En 1997 recibió un doctorado honoris causa por la Universidad de Atenas. Zea se sintió muy honrado no sólo porque el reconocimiento se ofrecía por vez primera a un filósofo de lengua española sino porque se le otorgaba en la cuna de la filosofía contemporánea. Como representante «de la idea de una América Latina integrada», su filosofar se parecía, dijo, al de los filósofos de la Grecia clásica, pues «partía de la problemática que les planteaba su tiempo y su realidad». Zea fue un filósofo opuesto a la dominación de cualquier tipo. En su búsqueda de una filosofía latinoamericana, no se planteó nunca el dilema de destruir para crear algo nuevo, sino de abordar un problema para buscar una solución o asumir una posición. «No se trata de hacer otra filosofía que, al igual que otras en el pasado, haga de sus problemas y soluciones los únicos problemas y soluciones del hombre, de todos los hombres. Esto es, no se trata de elevar al hombre de América y sus experiencias a la categoría de paradigma de lo humano», como apuntó en La esencia de lo americano (1971). Al final de su vida, cercano a un enfoque más antropológico y multicultural iniciado en 1988 con su Discurso sobre la marginación y la barbarie, defendía la igualdad en la diferencia: la razón plural de los otros en oposición a los discursos monolíticos y unilaterales. En sus propias palabras: «Todos los hombres son iguales por ser distintos, pero no tan distintos que unos puedan ser más o menos hombres que otros». Y, en relación a las naciones: «Todos los pueblos tienen siempre algo que decir y mucho qué aportar a la experiencia del mundo». |
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