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María Zambrano

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Publicado en 1986, De la aurora continúa la metodología discursiva tan afín a Zambrano, de manera que se apunta como una recolección de ensayos que son, de nuevo, la manifestación y la afirmación mística de quien sabe que todo lo que se diga sobre la realidad será insuficiente, por cuanto la verdad se muestra tan sólo mediante «destellos», y únicamente antes o después del lenguaje.

En esta línea, Zambrano arguye, a modo de presentación de De la aurora, la reflexión siguiente: «Y como todo depende del argumento, ¿qué se dirá de algo que al fin en libro ha venido a dar, sin argumento alguno? Se dirá acaso que se cae de las manos, pues que de las manos se le ha caído al autor, que al fin y al cabo, no puede dejar de hacerse responsable, teniendo tan escasa parte en ese nacimiento. Palabras, sí, no pueden negarse que lo sean, suyas en cierto modo nada más. Palabras que se han abierto paso en la conciencia del autor sin haberle poseído y menos todavía éste a ellas. Y son ellas, las palabras, las que desfallecen, pues que este autor no se afana por ser autor. Andan perdidas tal vez estas palabras, o una sola perdida y bien perdida arrastró a las demás que no lo estaban y que quizás estaban ya en formación rigurosa, en fila para ser ensartadas en un discurso claro y uniforme. Y entonces ella, la perdida, deshace todo argumento acabado». De manera que en De la aurora, Zambrano dialoga, de nuevo, con los filósofos más influyentes en sus obra: Spinoza, Nietzsche y, desde luego, Ortega y Gasset. Para ella, la palabra desprovista de lenguaje, para darse plenamente, ha de prescindir de las circunstancias, pues en presencia de la más leve plenitud, las circunstancias se borran. La historia no es, de ningún modo, el lugar de la palabra, sino que su ámbito es el de la unidad primera perdida en la noche de los tiempos. Rescatar esta unidad es encontrar un camino para seguir acompañándola y en este sentido, el fragmento quinto de De la aurora, donde se reflexiona sobre «La Mirada y el Decir», plantean que para Zambrano «decir» no es lo mismo que expresar como tampoco el decir ha de ser presupuesto como acción en el sentido orteguiano.

De la aurora retoma para afianzarlos, asuntos esbozados por Zambrano desde sus primeros escritos: el decir del ser mediante la poética de la palabra originaria y el anhelo de un lenguaje poético en los límites del silencio. Pero, el místico, y Zambrano lo es, remite a una experiencia más allá del lenguaje, de ahí que se empeñe en evitar el absolutismo y el dogmatismo en su exposición; ahora bien, la palabra, el decir, en su sentir más originario es la búsqueda implacable de María Zambrano, para quien «la conciencia auroral» significaría la aproximación al origen, la iluminación de una realidad oculta y profunda; en suma, la transmisión estética de la presencia de lo sagrado como experiencia mística por mediación de la aparición de la «aurora» como metáfora de la iluminación, de la esperanza, de la presencia apaciguadora en los seres que la apetecen y desean.

 

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