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Las claves interpretativas de La tumba de Antígona se hallan en diversos ensayos de la filósofa, entre ellos, «El sueño creador», «El hombre y lo divino», y «Persona y democracia», pero es en el prólogo, según señala Ana Bundgaard, donde se encuentran los indicios para un desciframiento de la simbología alegórica del texto en cuestión. En el mismo sentido, el prólogo se presenta como una declaración de principios en relación con los fundamentos místicos del pensamiento zambraniano así como una ontología de la filósofa. En la interpretación que hace de la figura mitológica, Antígona se presenta como un arquetipo del ser humano que inicia el camino de la vida individual libre, consiguiendo cerrar el proceso trágico por medio de un sacrificio que la libera de la carga de culpabilidad genérica y heredada en su linaje. En la versión de Zambrano, Antígona sacrifica su vida como mujer al rechazar casarse con Hemón, pero, a cambio, «nace del todo a la vida», después de haber sido «enmurada viva», ya que en la tumba, que es «cuna» y «nido» a la vez, Antígona pasa del delirio ocasionado por el sufrimiento, a la claridad de la conciencia de un conocimiento poético. En el abandono más absoluto y en la oscuridad de la tumba, Antígona, víctima inmolada, intuye la verdad que se le manifiesta por «revelación» como un «claro» en la espesura del «bosque» de la historia. Para Ana Bundgaard, el mensaje expresado por Antígona, evoca el ya expresado por Zambrano en obras como Persona y democracia, Misericordia de Galdós, La agonía de Europa y Claros del bosque. La tragedia de Antígona en versión de Zambrano es la representación apócrifa de la vida de la autora, ya que después del exilio, lo que escribe no es, precisamente, filosofía, sino la confesión de una culpa histórica asumida activamente y que convierte el sufrimiento en esperanza y claridad, en «conciencia auroral», según las propias palabras de María Zambrano. |
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