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En el prólogo a la edición de 1987, María Zambrano proponía nuevos planteamientos en torno a la estructura sacrificial de la historia humana, una vez que transcurridos treinta años, se hacía evidente que la democracia es el único camino para proseguir en libertad con la cultura occidental. Inquiría Zambrano con agudeza «¿A cuento de qué viene la publicación de este libro? Muy simplemente lo diré: como un testimonio, uno más de lo que ha podido ser la historia, de lo que pudo ser, de que un triunfo glorioso de la Vida en este pequeño lugar se dé nuevamente». Afirmaba Zambrano respecto a su subjetiva posición ante la historia occidental que «quien esto escribe ha ido desde el comienzo de su vida, antes que de un modo consciente, a la búsqueda de una religión de régimen no sacrificial. El sacrificio ya se había cumplido. Hoy vemos que no ha arrojado los frutos del sacrificio cumplido, sino más bien de un cáliz que muy pocos están dispuestos a aceptar». «Oscuros dioses han tomado el lugar de la luminosa claridad, aquella que se presentaba ofreciendo a la historia, al mundo, como el cumplimiento, el término de la historia sacrificial. Hoy no se ve ya el sacrificio: la historia se nos ha tornado en un lugar indiferente donde cualquier acontecimiento puede tener lugar con la misma vigencia y los mismo derechos que un Dios absoluto que no permite la más leve discusión». Retomando la obra de su maestro, José Ortega y Gasset, en concreto La rebelión de las masas (1927), Zambrano plantea cuestiones innovadores como la situación de las minorías como una nueva clase social surgida de la democracia y su papel definitivo en la consolidación de tal sistema político. Es indudable que Zambrano aboga por la utopía social, por la igualdad de todos los seres humanos, y por ende, apoya la aceptación de las diferencias y la inclusión frente a la exclusión de las mismas en el devenir de la historia. Concluye Zambrano sus reflexiones, volviendo a unos de los planteamientos más queridos: la oscilación entre la persona y el personaje, para postular que el hombre occidental arroje su máscara, deje de representar y de ser, de esa manera, un personaje trágico, y para así, definitivamente, se afirme como persona, es decir, sea capaz de abrirse a los demás y de aceptar la otredad y la multiculturalidad. |
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