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María Zambrano

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En este libro Zambrano subraya la importancia de Séneca a través de distintas reflexiones sobre los diversos retratos que traza en torno a esta figura excelsa del pensamiento hispanorromano; ahora bien, la interpretación zambraniana de Séneca ofrece un carácter mítico, y en este sentido, continúa las realizadas en España por Ángel Ganivet y Menéndez y Pelayo en torno a este filósofo, de quien Zambrano analiza, de manera muy subjetiva, dos facetas principales: de un lado, la del sabio antiguo, y de otro lado, la del intelectual o político que se opone al poder absoluto del emperador de Roma.

Séneca es una de las figuras objeto de estudio de María Zambrano, ya que a partir de 1938 dedicó diferentes ensayos a la interpretación de la vida y la obra de este filósofo hispanorromano, los cuales cristalizaron en este libro, que se publicó en Buenos Aires en 1944. Para la crítica especializada, Zambrano encontró en el pensamiento de Séneca la respuesta a sus propios planteamientos metafísicos, así como el consuelo y la explicación personales necesarios para superar la tragedia sufrida junto a los que, como ella, defendían una España republicana, pero que, debido a las circunstancias adversas, tuvieron que vivir la amargura y la soledad del exilio. De ahí que la primera parte incluya diferentes retratos del filósofo, ya sea el de mediador, el de sabio, el de político, el de padre, para culminar con el que se le conoce universalmente: el de resignado por antonomasia. La segunda parte del libro presenta una selección de páginas escogidas de Séneca, a modo de antología, entre ellas, distintas cartas de consolación o epístolas a personajes del mundo hispanorromano, las cuales apuntan consejos y advertencias. En suma, son una especie de guía pedagógica que sugiere alternativas frente a la adversidad.

La resistencia de Séneca con respecto al cristianismo es otro de los asuntos que cautiva a Zambrano mientras interpreta la obra del filósofo. Así, afirma que «No es una vida penetrada de razón sino una vida resignada, lo que Séneca nos induce a seguir. Y sólo en virtud de la resignación la razón llega, pues solo la razón es quien puede conducirnos a ella. Pues si la razón no nos asistiera la resignación sería imposible, cedería el lugar a lo que hay en el fondo de antemano, a lo que fuerza y motiva la resignación, la desesperación». En la coyuntura de los años cuarenta, donde se precisaba una «nueva filosofía» que ofreciera respuestas válidas a la crisis del racionalismo europeo, el énfasis en el senequismo sugiere que Zambrano pretende retomar la tradición filosófica española para rescribirla y reinsertarla en Europa, si bien esto es cierto, Zambrano pretende ir mucho más lejos. Como asegura Ana Bundgaard, Séneca le sirve como pretexto para exponer sus planteamientos en torno a la nueva filosofía europea, unos planteamientos que se apoyan en la fe y en la esperanza cristianas, pero que tenían asimismo, una dimensión humanista y trascendental. Estos aspectos fueron enfatizados y defendidos por Zambrano frente a las carencias que presentaba en este sentido el estoicismo de Séneca.

 

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