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La convicción de que, para entender al individuo, tenemos que reconocer su presencia en la historia en conjunto con la corriente de sus sentimientos, se plasmó en su libro Delirio y destino, donde con un estilo que mezcla el sentir de lo poético en la experiencia con el difícil entorno histórico de su juventud, nos ayuda a comprender su itinerario de estudiante española a exiliada, viviendo el presente del desarraigo y también la plenitud de un intelecto con hambre de crecer y dar. Esa angustia que percibimos en muchos momentos de su obra no es ajena al acto creador, ya que, según Zambrano, el crear se acompaña de un sentimiento de angustia, la «que proviene de estar situado frente a algo que no precisa su forma ante nosotros, porque somos nosotros quienes hemos de dársela» (Poesía y metafísica). Para Zambrano, lenguaje y poesía son dos entidades separadas; palabra y lenguaje deben apartarse, ya que en la ruptura con el lenguaje se manifiesta la Palabra. «Al lenguaje le está encomendado el moverse dentro de la limitación, y el limitar mismo, y en cuanto a los tiempos el vivir en la relatividad y expresarla y haciéndolo transmutarse, retorciéndose inclusive, para olvidarse de lo que fue simplemente ayer...» (Palabra y lenguaje). La Palabra ilumina, se proyecta hacia lo oscuro o confuso y permite que se haga posible el sentido más allá de los límites cambiantes del lenguaje. Cuando el lenguaje se nos empobrece, entonces se hace notar la ausencia de las palabras: «Más se las conoce porque faltan sobre todo». Esa experiencia de anhelar la palabra, de buscarla y sentirnos ahogados en el vacío de no tenerla nos comunica el sentido único que la autora quiere darle a esta intuición. «La palabra perdida, echada de menos, parece que se ofrezca siempre que una palabra se hace oscuro sentir que por ella se despierta; cuando la palabra toca y enciende el germen mismo de la palabra» (De la aurora). La poesía nos permite encontrar e inventar simultáneamente la combinación de sonido e imagen para darle un rostro a eso que está asomando en lo más profundo de nuestro ser. Conviene recordar aquí una leyenda griega sobre un poeta del siglo diecinueve que, después de regresar de un largo exilio en Italia, se dio cuenta de que se le escapaba el sentido de su lengua materna y decidió pagar a los campesinos que se encontraba para que le dieran palabras, las cuales iba escribiendo en sus notas. Para recuperar el pasado y el presente, habría que recobrarlas una por una, y cada palabra recuperada invoca a las que faltan. María Zambrano gozó de la amistad de muchos poetas: Antonio Machado, René Char, Emilio Prados, José Bergamín, Jorge Guillén, José Lezama Lima; los veía como seres entregados a la búsqueda de la palabra en otras realidades perdidas y atendía con cuidado a los detalles que hacían la obra de cada uno una expresión singular y enriquecedora. Al contrario del filósofo, que se enfrasca en el método para salir del espacio de lo oculto o ambiguo hacia la fijeza (temporal) del conocimiento, para ella el poeta es aquél que vive la nostalgia del momento donde la palabra ofrecía más de una posibilidad de sentido. Su búsqueda es la de la palabra ausente. ¿Dónde encontrarla? No será en la inocencia de la niñez. El poeta se encuentra en una posición liminar, entre el sueño original, cuando el yo no era una entidad aparte la raíz nebulosa y la claridad necesaria para articular su mensaje. Su originalidad no surge de la inocencia infantil, sino del acto de comunicar y mantener el lazo entre raíz y claridad. El poeta tiene que abandonar la búsqueda del yo único para establecer la unidad deseada. «Porque la palabra, en fin, sería ese sueño compartido» (Poesía y metafísica). Zambrano ve la soledad como un peligro para el poeta; en la poesía uno no puede encontrarse a sí mismo sino con todos. «Y así, el poeta ha padecido espejismos a causa del desierto también que se extiende en el mundo que le rodea indiferente. El espejismo de la infancia como el término de su nostalgia, identificándola con el tiempo y con el espacio, la libertad y las realidades perdidas» (Apuntes sobre el lenguaje sagrado y las artes). Es claro que la infancia no es más que un reflejo, una etapa del estado que se relaciona con el sueño creador y, en las páginas sobre el tema se nos ofrecen unas reflexiones maravillosas sobre el papel que le toca al sueño en el tejido profundo del existir. A Antonio Machado, por ejemplo, lo llama «pensador», en él admira sobre todo la lucidez, y le reconoce el don de lograr la revelación de los propios sueños por medio de la poesía. «Mas ¿sería acaso posible una poesía que no sea conocimiento en sí misma, pensamiento visible, pensamiento nacido, crecido como una flor, según se dice de esa "verdad divina"?» (La razón en la sombra). La imagen del «espejo de los sueños» de Machado se le ofrece en correspondencia con el momento que precede a la visión directa que conjuran las palabras. Entonces, aunque los poetas no se alimenten de una infancia mitificada, la cuestión de su papel esencial se impondrá por hacerse ellos el medio que cumple la tarea reveladora de la poesía. Mientras que el filósofo anhela el concepto que pueda encerrar todo en una palabra, la poesía rechaza la unidad conceptual porque ésta es producto de la abstracción. El poeta busca lo que existe como expresión única y separada del todo y la palabra obtiene su máxima pluralidad dentro de la unidad en el poema. «La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la cosa complejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás» (Filosofía y poesía). En su estilo de conversación íntima, la autora nos invita a integrar interior y exterior, realidad y posibilidad en una plenitud que, nos recuerda, atisbamos gracias a la nostalgia del poeta. Cuando leemos a María Zambrano se nos descubre la riqueza de un pensamiento en el que coincidieron las intuiciones más agudas con una genuina voluntad de vivir lo propio humano y entender sus aspectos más escondidos. Toda su obra es una afirmación de la poesía. *
Loyola University of Chicago. |
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