Subir
Centro Virtual Cervantes

Actos culturalesNombres propios

María Zambrano

Inicio



Por Olimpia González*

Aunque la poesía desde un principio se ha planteado como problema para los filósofos, que la han ignorado o atacado, uno de los aspectos más originales del pensamiento de María Zambrano reside en su interés permanente por lo poético.  Amplios capítulos de su obra están dedicados a pensar la poesía, a arrancarle sus secretos como ámbito de la experiencia vital del ser humano. Este interés es una cristalización de su curiosidad por ciertos elementos del saber que no se prestan a la sistematización; son rasgos que pertenecen a lo que podríamos llamar «el pensamiento emergente», el pensar que está en proceso de forjarse y que no se ha encapsulado todavía en las formas o categorías racionales. Su pasión por la poesía coincidió con el empeño en llevarnos a una reflexión en la que se nos permita toparnos con ese punto donde se encuentra lo singular de la persona, la expresión de lo vital en las expresiones más individuales. «La poesía vendría a ser el pensamiento supremo por captar la realidad íntima de cada cosa, la realidad fluente, movediza, la radical heterogeneidad del ser», dice la autora. En nuestra vida diaria tendemos a dejarnos llevar por la monotonía, a ver todo como una sucesión de eventos delineados por un patrón ya conocido, pero, desde esta perspectiva, la poesía se define como lo que nos permite reconocer lo que aún desconocemos. El valor de la poesía para Zambrano se basa en la  capacidad de dirigir nuestra reflexión hacia ese punto, indefinido en el sistema del pensamiento, que puede estar en muchas partes y en momentos diferentes porque las coordenadas espacio-tiempo se desajustan cuando se habla poéticamente. Así, el poema alcanza a expresar una visión de la intimidad. «Poesía» es símbolo de crear -sacar de la nada- y en Zambrano es concebida esa nada del pensamiento como una plenitud invisible que llega a hacerse una en el momento creador, «cuando elementos alejados en el espacio y el tiempo forman una unidad de sentido»; la unidad radica en la persona del poeta, en su interioridad, donde también habitan los sentimientos más complejos como la piedad, el rencor y la envidia, sobre los que ella también escribió sendos ensayos.

La convicción de que, para entender al individuo, tenemos que reconocer su presencia en la historia en conjunto con la corriente de sus sentimientos, se plasmó en su libro Delirio y destino, donde con un estilo que mezcla el sentir de lo poético en la experiencia con el difícil entorno histórico de su juventud, nos ayuda a comprender su itinerario de estudiante española a exiliada, viviendo el presente del desarraigo y también la plenitud de un intelecto con hambre de crecer y dar. Esa angustia que percibimos en muchos momentos de su obra no es ajena al acto creador, ya que, según Zambrano, el crear se acompaña de un sentimiento de angustia, la «que proviene de estar situado frente a algo que no precisa su forma ante nosotros, porque somos nosotros quienes hemos de dársela» (Poesía y metafísica). Para Zambrano, lenguaje y poesía son dos entidades separadas; palabra y lenguaje deben apartarse, ya que en la ruptura con el lenguaje se manifiesta la Palabra. «Al lenguaje le está encomendado el moverse dentro de la limitación, y el limitar mismo, y en cuanto a los tiempos el vivir en la relatividad y expresarla y haciéndolo transmutarse, retorciéndose inclusive, para olvidarse de lo que fue simplemente ayer...» (Palabra y lenguaje). La Palabra ilumina, se proyecta hacia lo oscuro o confuso y permite que se haga posible el sentido más allá de los límites cambiantes del lenguaje. Cuando el lenguaje se nos empobrece, entonces se hace notar la ausencia de las palabras: «Más se las conoce porque faltan sobre todo». Esa experiencia de anhelar la palabra, de buscarla y sentirnos ahogados en el vacío de no tenerla nos comunica el sentido único que la autora quiere darle a esta intuición. «La palabra perdida, echada de menos, parece que se ofrezca siempre que una palabra se hace oscuro sentir que por ella se despierta; cuando la palabra toca y enciende el germen mismo de la palabra» (De la aurora). La poesía nos permite encontrar e inventar simultáneamente la combinación de sonido e imagen para darle un rostro a eso que está asomando en lo más profundo de nuestro ser. Conviene recordar aquí una leyenda griega sobre un poeta del siglo diecinueve que, después de regresar de un largo exilio en Italia, se dio cuenta de que se le escapaba el sentido de su lengua materna y decidió pagar a los campesinos que se encontraba para que le dieran palabras, las cuales iba escribiendo en sus notas. Para recuperar el pasado y el presente, habría que recobrarlas una por una, y cada palabra recuperada invoca a las que faltan.

María Zambrano gozó de la amistad de muchos poetas: Antonio Machado, René Char, Emilio Prados, José Bergamín, Jorge Guillén, José Lezama Lima; los veía como seres entregados a la búsqueda de la palabra en otras realidades perdidas y atendía con cuidado a los detalles que hacían la obra de cada uno una expresión singular y enriquecedora. Al contrario del filósofo, que se enfrasca en el método para salir del espacio de lo oculto o ambiguo hacia la fijeza (temporal) del conocimiento, para ella el poeta es aquél que vive la nostalgia del momento donde la palabra ofrecía más de una posibilidad de sentido. Su búsqueda es la de la palabra ausente.  ¿Dónde encontrarla? No será en la inocencia de la niñez. El poeta se encuentra en una posición liminar, entre el sueño original, cuando el yo no era una entidad aparte —la raíz nebulosa— y la claridad necesaria para articular su mensaje. Su originalidad no surge de la inocencia infantil, sino del acto de comunicar y mantener el lazo entre raíz y claridad. El poeta tiene que abandonar la búsqueda del yo único para establecer la unidad deseada. «Porque la palabra, en fin, sería ese sueño compartido» (Poesía y metafísica). Zambrano ve la soledad como un peligro para el poeta; en la poesía uno no puede encontrarse a sí mismo sino con todos. «Y así, el poeta ha padecido espejismos a causa del desierto también que se extiende en el mundo que le rodea indiferente. El espejismo de la infancia como el término de su nostalgia, identificándola con el tiempo y con el espacio, la libertad y las realidades perdidas» (Apuntes sobre el lenguaje sagrado y las artes).  Es claro que la infancia no es más que un reflejo, una etapa del estado que se relaciona con el sueño creador y, en las páginas sobre el tema se nos ofrecen unas reflexiones maravillosas sobre el papel que le toca al sueño en el tejido profundo del existir. A Antonio Machado, por ejemplo, lo llama «pensador», en él admira sobre todo la lucidez, y le reconoce el don de lograr la revelación de los propios sueños por medio de la poesía. «Mas ¿sería acaso posible una poesía que no sea conocimiento en sí misma, pensamiento visible, pensamiento nacido, crecido como una flor, según se dice de esa "verdad divina"?» (La razón en la sombra). La imagen del «espejo de los sueños» de Machado se le ofrece en  correspondencia con el momento que precede a la visión directa que conjuran las palabras.

Entonces, aunque los poetas no se alimenten de una infancia mitificada, la cuestión de su papel esencial se impondrá por hacerse ellos el medio que cumple la tarea reveladora de la poesía. Mientras que el filósofo anhela el concepto que pueda encerrar todo en una palabra, la poesía rechaza la unidad conceptual porque ésta es producto de la abstracción. El poeta busca lo que existe como expresión única y separada del todo y la palabra obtiene su máxima pluralidad dentro de la unidad en el poema. «La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la cosa complejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás» (Filosofía y poesía). En su estilo de conversación íntima, la autora nos invita a integrar interior y exterior, realidad y posibilidad en una plenitud que, nos recuerda, atisbamos gracias a la nostalgia del poeta. Cuando leemos a María Zambrano se nos descubre la riqueza de un pensamiento en el que coincidieron las intuiciones más agudas con una genuina voluntad de vivir lo propio humano y entender sus aspectos más escondidos. Toda su obra es una afirmación de la poesía.

* Loyola University of Chicago.

 

Subir
| Acerca de Zambrano |

| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |

| Enviar comentarios |

Centro Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), . Reservados todos los derechos.