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María Zambrano

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Por Jesús Moreno Sanz

El pensamiento de María Zambrano es una herida abierta en el seno de la filosofía contemporánea, la necesaria herida que es la recuperación de un clamor abandonado sin razones por aquélla en la oscuridad de lo incognoscible. Y al par que una recuperación se opera la restitución a la filosofía tanto de lugares -de presencias envueltas por la Historia en interrogantes que parecieron haberlas borrado, desplazado de lugar como de una atenta escucha, de un oído de extremada finura, que se adentra, que da voz él mismo -cauce para que la voz sea escuchada- en realidades sumergidas, porque, dice ella, «nada de lo real ha de ser humillado»; un cauce y un aliento que en su palpitar es guía a que la razón se ciñe. Una nueva geometría donde inequívocamente los lugares de antiguas respuestas, ofrendas y comparecimientos se volvieran a dar a salvo de la destrucción, y a salvo de la más pérfida de las destrucciones: la que ofreciéndose como reconstrucción es, en realidad, indiscreta destrucción que arrasa cuanto toca y levanta. Por ello, emerge este pensamiento a modo de fragmento de un único saber, que siempre aparece como perfecto, al modo humano, y por lo mismo inacabado, sin posible sistema y siendo un todo. Restitución que devuelve el pensar a la aurora de un saber, de unos lugares sagrados iniciales, aliento o hilos de agua originales. Es posible encontrar en María Zambrano, desbordando cualquier adhesión en forma alguna de pensamiento, íntimas coherencias que apelan a un profundo sustrato común, ese manantial o aquel fuego que, como aliento, enciende similares llamas. Saberes inspirados que ostentan la huella de un logos que ahonda y eleva el pensar humano más allá, y aun antes de la idea y de la deducción lógica, que andan convencidos, como en Empédocles, de que conocer la verdad es «conocerla en tu corazón con tu logos penetrante». La presencia del «logos que siempre existe y (al que) los hombres no comprenden», según Heráclito, del logos del verbo, es el fuego que enciende una experiencia, sobrepasando al mero pensar, y por supuesto más allá de cualquier erudición. Y así el conocimiento sólo es dable a través del mesurado y atento examen que, incluyendo la mente, no «retira la confianza para ninguno de tus otros miembros por donde hay camino para el conocimiento» (Empédocles). Conocimiento como resultado de una implicación del ser entero, de la vida toda. Es así en María Zambrano: despertar del ser unido con la vida, que ya no lucha con su corazón sino que lo halla como un centro integrado por el amor.

El encuentro con la realidad

Y así más que hilvanar un discurso comparativo de las múltiples resonancias del pensamiento de María Zambrano, habría que ir, como ella misma hace, al trasfondo que funda esas manifestaciones íntimamente relacionadas, originales siempre en virtud de su misma fidelidad a la verdad, a la que siguen: sin duda hay puntos claves de referencia de la órbita de acción de María Zambrano (por lo demás, algunos muy explícitos en obras tales como Hacia un saber sobre el alma, El Hombre y lo divino o Claros del bosque): el orfismo y el pitagorismo; cierto neoplatonismo -y los propios Platón y Aristóteles-; la gnosis permanente en el esoterismo cristiano, el sufismo, los poetas -teólogos como Dante, la más alta mística y sobre todas la española —Juan de la Cruz, Miguel de Molinos-; Spinoza, Leibniz, Kant, Nietzsche, la fenomenología, Max Scheller; Ortega, el maestro, que más que nada fue, reconocido por ella misma, medio que permitió, otorgando luz, que su pensar y sentir encontrarán otras formas de sabiduría.

Y sin duda también similares sendas recorren Heidegger, Simone Weil y aquel que, en razón y poesía, levantó un árbol invulnerable como heredero del laberinto: Lezama Lima. Pero frente a este saber esencialmente experiencial hay que atender al cómo ciertas figuras (la aurora, el pájaro, el fuego), o la pasional procesión de mitos y misterios, lejanos símbolos y sueños (Osiris, Dionisos, Hermes, la Medusa, Atenea y Apolo, el Querubín, los ojos de la noche, los cielos y sus ínferos) son tantos modos de, o para, el alma, metaforizadas categorías del ser, mitos razonantes que musicalmente, en número y ritmos, se acogen a una razón, grande y total, como umbrales y tránsitos, polaridades y espirales ascendentes-descendentes entre la tiniebla y la luz: y desde la oscuridad del sentido -la noche del sentido- es pensamiento que también implora, plegaria desde un centro y un dentro -el corazón que alberga el fluir de la vida- que es, al par, método que se hace cargo de todas las zonas de la vida, y aún más -dice María Zambrano-, «de las agazapadas por avasalladas desde siempre o por nacientes». Figuras de lo entrevisto en el itinerario de libertad que cumple María Zambrano plegando su conocer -conocimiento pasivo- al encuentro sin fin de la realidad: teoría, procesión, desde el delirio, el terror, al amor y al más allá de toda fatalidad, a la trascendencia. Conjunción y armonía de las notas -dirá María Zambrano- de «un orden remoto que nos tiende una órbita». Incluso el despliegue conceptual es en María Zambrano cifra de un anhelo, y adquiere en ella patentización poética -razón poética, ha dicho ella misma- y ciertamente velada, como en penumbras, un juego de ocultamiento y manifestación, la mirada oblicua, la exacta palabra que recupera el remoto «antes» -más allá de la razón puramente discursiva, antes de todos los mundos conocidos, antes de las máscaras y los velos- el origen remoto de la sede del sentir y del pensamiento, antes de la representación y de la imaginación, en la pura manifestación, en la exactitud de la palabra del principio; la palabra plena de cuidado y lucidez. Pues herida, restitución, gemido y canto van sostenidos por la conciencia, y aun en ellos la conciencia desgarrada, postrada sin posible despliegue en su avidez de claridades, halla un modo del aquietarse, un aliento, se encuentra a sí misma como unión del cuerpo y el silencio.

La música del corazón

Transita el pensamiento de María Zambrano entre las dos grandes líneas de lo que ha sido la filosofía: del logos al nous, de la lógica y la sustancia a la esencia y el corazón. Todo el pensamiento de María Zambrano, y toda su virtualidad metafórica, parecen estar habitando en la confluencia de dos metáforas que dijérase figuran el destino todo de la filosofía: aquellas de la visión y la luz inteligible, de una parte, y de otra la del corazón. Confluencia y mediación entre la objetividad y cohesión del entendimiento y la esencia irreductible de una realidad que en el hombre clama en amplio padecer; entre el mundo claro de la conciencia y los abismos de las entrañas. Y el corazón se le aparece a esta filosofía como el símbolo y representación máxima de todas las entrañas de la vida, y así dirá que él, el corazón, es la entraña donde todas encuentran su unidad definitiva, el espacio vital único que se abre para dar acogida a realidades inexplicables y desamparadas.

Así la filosofía de María Zambrano es música y latido del corazón dándose en pensamiento al que se ha permitido ir a ese más allá de las propias profundidades que también el pensamiento entrega al corazón. Razón entrañada que es capaz de hacer el fuego, llevar la luz a los más oscuros laberintos, y dando razón -esparciendo bien el logos por las entrañas, como pedía Empédocles- encontrar ella misma razones, desentrañarlas y encontrar el hilo que libere del laberinto, de la opacidad en que se halla, no en claridades avasalladoras -que por ello no harían sino provocar la huida y la ofuscación- sino «en luz que se enciende dentro de un comienzo. Oscuro corazón como llama pálida». Liberadora razón cuya máxima suprema es proporcionar la inteligencia al oscuro sentir. Desde el lamento que patentiza al delirio va creándose un orden, un equilibrio, proporción y eco de un pensamiento que late en el mismo sentir originario, orden como eco, como respuesta, de las entrañas al orden del Universo todo. Orden y proporción del sueño y el despertar, de la inspiración que se acoge al fondo más íntimo de donde la vida brota, a la inteligencia que razona en los mismos infiernos del padecer humano y asciende convertida en inspirada razón, hasta «dormirse arriba en la luz» donde el corazón se abandona, libremente se entrega. Allí se recoge y se aduerme al fin ya sin pena.

 

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