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María Zambrano

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Por César Antonio Molina*

Es muy difícil resumir el pensamiento de María Zambrano porque en él se dan cita las más diversas fuentes y tendencias, no sólo del pensamiento español en sus diversas tradiciones (el cristianismo a través de la mística de San Juan de la Cruz, Santa Teresa o Miguel de Molinos; el pensamiento judío y el sufismo musulmán), sino también del pensamiento universal que partiendo de Platón y Aristóteles desemboca en Spinoza, Leibniz, Kant, Kierkegaard, Nietzche, Heidegger, etc. En un país como España, con tan grandes vacíos en el pensamiento filosófico (Ortega y ella misma han sido la excepción que confirma la regla, tras siglos de esterilidad quizás provocada por una impenetrable censura eclesiástica), María Zambrano es una gran llama que refulge.

Hacia un saber sobre el alma, El hombre y lo divino y Claros del bosque serán los momentos culminantes. En Filosofía y poesía (publicado en Morelia durante su exilio), la autora trata de delimitar los espacios de ambas materias que nunca dejarán de estar claros para ella. Es decir, su labor abarca mucho más porque su pensamiento viene de lo profundo del hombre, de lo profundo de la palabra divina. La palabra de María Zambrano es la voz oracular que se manifiesta a través de ella. En su Método la describe así: «Hay que dormirse arriba en la luz. Hay que estar despierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal de los diversos cuerpos que el hombre terrestre habita: el de la tierra, el del universo, el suyo propio. Allá en los profundos, en los ínferos el corazón vela, se desvela, se reenciende en sí mismo. Arriba, en la luz, el corazón se abandona, se entrega. Se recoge. Se aduerme al fin ya sin pena. En la luz que acoge donde no se padece violencia alguna, pues que se ha llegado allí, a esa luz, sin forzar ninguna puerta y aún sin abrirla, sin haber atravesado dinteles de luz y de sombra, sin esfuerzo y sin protección».

Las nubes se han posesionado de cada una de las fotos que sacamos de Morelia. Quisimos aprehender la solidez pétrea de sus edificios platerescos y barrocos y fue un atlas de nubes lo que fotografiamos: estratos, cirros, cúmulos, nimbos. Una ciudad de nubes mansamente contempladas desde las azoteas o desde la infinitud de patios a cielo abierto. Luego la lluvia que cae como una lustración en el cumpluvium y el impluvium, ahora convertidos en maravillosas fuentes. Y corre agua por el acueducto que Fray Antonio de San Miguel construyó en el siglo XVIII para matar el hambre con el agua «y trajo de no se sabe dónde un gris atajo de camellos con virgen agua fría».Y esta lluvia que alimenta las fuentes, hoy ya solamente ceremoniales, colocadas en puntos estratégicos. Sus nombres: la Mulata, el Soldado, el Ángel, Santo Niño, Gallo negro, la Escondida, Zárate, del Aguador.

La ciudad es una alfombra de baldosas con su cielo siempre empedrado. Una ciudad de paso. Un decorado de vía romana surcada de palacios. Un escenario para el anfiteatro de montañas que la limitan: al norte unas lomas que se confunden con el horizonte, el bajío moreliano; y siempre la sombra del Quinceo, un volcán apagado que contempla con nostalgia los muros pompeyanos.

La ciudad duerme y se despierta sobre un palio de nubes. Diego de Basalenque, cronista agustino del siglo XVIII, decía que de las siete condiciones que exigía Platón para que una ciudad fuera perfecta, le faltaba sólo una: la de ser puerto de mar. Imperfecta perfección. Por todas partes que se la recorra, Morelia da la sensación de haber sido un gran espigón, una ciudad que a pesar de su ancla de piedra, asciende como un aerostato sobre las aguas retiradas.

Morelia toma ese nombre en homenaje a J. M. Morelos, uno de los padres de la independencia mexicana. La antigua Valladolid se había fundado en 1541 para contrarrestar las experiencias de vanguardia que Vasco de Quiroga, inspirándose en la Utopía de Tomás Moro, había llevado a cabo en la cercana y siempre misteriosa Pátzcuaro. Don Vasco —como todavía le recuerdan— fundó hospitales, creó cooperativas agrícolas y artesanales e intentó hacer compatibles cristianismo con indigenismo.

En este lugar donde la fiesta de los muertos perdura con la misma intensidad, la estatua del obispo erguida como un báculo, se enseñorea sobre una gran alberca en la plaza principal. En Morelia Vasco de Quiroga está sedente y frente a frente con la estatua de Cervantes, descansando en la plaza del jardín de las rosas.

Esta ciudad de Dios, este estatus teocrático que le imprimió a Pátzcuaro el obispo, hizo que también el Colegio de San Nicolás, la primera célula de la futura universidad, fuera también trasladada a Valladolid (el antiguo nombre de Morelia). En el Colegio de San Nicolás, el cura Miguel Hidalgo (otro de los padres del México independiente) fue rector en 1780. María Zambrano dio clases en esas aulas. En el siglo XVIII, después de la expulsión de los jesuitas, fue el lugar en el que se preservó la filosofía ilustrada.

María Zambrano llegó aquí poco después de haber finalizado la guerra civil. Transterrada al lugar en donde la utopía pudo haberse llevado a cabo. Varios cientos de niños de la España republicana pululaban por las calles de Morelia tras haber sido acogidos por el Gobierno del presidente Cárdenas. Niños que se fueron muriendo poco a poco, que huían. María Zambrano se encontró con este panorama desolador al que trató de poner orden. En Colegio de San Nicolás de Hidalgo, de la Universidad Michoacana, impartió clases de Filosofía, publicó artículos, algunos de los cuales yo mismo he recogido, así como su obra Filosofía y Poesía cuyo formato tenía muy el estilo de los del Litoral. La viñeta era de Ramón Gaya.

En un viaje me encontré con alguno de sus antiguos alumnos: Ezequiel Calderón, Alfonso Espitia, Carlos Arenas, Xavier Tavera, Eugenio Villicaña y Salvador Molina (de entre aquéllos cuya vida no ha transcurrido en el anonimato). Molina la recordaba con su aire generoso pero firme, siempre indicándoles aquellos libros de los que podrían obtener algunas respuestas para su futuro. Afonso Espitia me dijo: «Vino a enseñar con el prestigio de ser discípula de Ortega, diciéndonos que "la mente va allí donde el amor la lleva", y afirmando apasionadamente que el conocimiento es una forma de amor y también una forma de acción».

La presencia republicana en Morelia tuvo como centro aglutinador a la Universidad de Primavera Vasco de Quiroga. Idea que se basó en la Universidad Menéndez y Pelayo. Las condiciones para su realización eran muy favorables pues Cárdenas era michoacano, así como algunos altos funcionarios de educación. En los cursos que se impartieron hubo una muy importante presencia de profesores republicanos: Pedro Carrasco (física), Antonio Medinaveitia (química), Fernando de Buen (biología), José Medina Echevarría (sociología), José Gaos (filosofía), Luis Recasens (derecho), Gonzalo R. Lafora (medicina), Enrique Díez Canedo (poesía), Juan de la Encina (arte), Fernando de los Ríos Urruti (política) y María Zambrano que impartió un curso sobre «El Amor». Algunos de estos trabajos fueron recogidos y publicados por el periódico El Nacional, y no hace mucho la universidad michoacana dio a la luz «La nueva plástica de Juan de la Encina» y «La nueva poesía de Enrique Díez Canedo».

No es raro que María Zambrano, después de tantos años, por encima de todos sus recuerdos destaque éste: «Los domingos por la tarde acudían los indios, los inditos, a una especie de lugar sagrado en el que había dos olivos que en otros tiempos sostenían en un travesaño una campana. Era un campanario y a determinada hora oían la campana invisible de Vasco de Quiroga convocándoles. Se congregaban en corro y arrodillados rezaban en silencio sus oraciones, pues que todavía recordaban a aquél sacerdote cuyos tesoros —decían— guardaban en algún lugar escondido. Con relación a aquellos misioneros españoles que buscaron la utopía, Lenin dijo que con doce de ellos se hubiera podido hacer (pacíficamente) la revolución en el mundo».

Tras varios meses de estancia que no llegó al año, y después de numerosas dificultades, María Zambrano dejó Morelia y más tarde México. Cuando evocamos las larguísimas sombras de las arcadas del acueducto, el Palacio Clavijero, Santa María que fue el asentamiento de los indios fundadores de Ixtapa la Vieja, la catedral y ese incólume edificio del Colegio de San Nicolás que lleva en pié más de cuatro siglos, ambos coincidimos en destacar su luz, el reflejo de la misma sobre las piedras como si un soplo de pan de oro se arrojara sobre ese jardín que fue de la Nueva España.

* Director del Instituto Cervantes.

 

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