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María Zambrano

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Por María José Jiménez Tomé


El hombre puede revelar tan sólo la verdad pura, en su inexistencia y en una
especie de renuncia a existir también él. Y a esto último Cervantes estaba
acostumbrado. ¿Había existido él acaso? Había vivido y no del todo, o quizás sí,
quizás él había vivido en la forma más pura, desviviéndose, para no entrar del todo
en la muerte antes de haber nacido: «Que yo, Sancho, nací para vivir muriendo».

Discurso con motivo de la entrega del Premio Cervantes, 1988.

 

Hija de maestros de escuela, María Zambrano nació en 1904 en la calle Mendrugo de Vélez-Málaga. Por traslado de su padre, en 1909 vive en Segovia, donde su progenitor tendrá entre sus amigos íntimos a don Antonio Machado quien, junto a Unamuno, desempeñaría un decisivo papel en el pensamiento intelectual de María. De sus actitudes democráticas debió sin duda, la joven, de absorber sus conceptos de cultura, intrahistoria e historia, sobre los que proyectaría en el futuro sus propias ideas. Formada en aquella irrepetible Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid, dirigida por Ortega, García Morente, Gaos y Zubiri, María comienza pronto a despuntar como ensayista en Revista de Occidente y como joven profesora.

La derrota de la República quebraría su naciente carrera académica expulsándola al exilio. Tras algunos años de docencia universitaria en América (La Habana, México, Puerto Rico, 1940-1953), la pensadora regresa a Europa: primero Roma (1953), Francia (1964-1978), Ginebra (1978-1984), después España (1984-1991). Entretanto había emergido, como se vislumbraba, una gran escritora cuya producción literaria no es hueca, sino una espléndida prosa plena de ideas en la que se entretejen hasta integrarse la claridad conceptual y el lirismo poético. Como ella prescribía de su época, «las ideas han dejado de ser para la vida, y la vida, por el contrario, ha llegado a ser para las ideas». Contra tal estado de cosas propondrá una  nueva «razón poética» que supere el intelectualismo puro, sin olvidar la historia. Su vida será un largo peregrinar en busca de la unidad, del equilibrio entre razón y vida, entre filosofía y poesía. Y es que María Zambrano se acerca al humanismo al concebir la palabra como el modo propio de la realización humana.

Su obra mantuvo las claves de su contexto cultural: la denominada Edad de Plata española. Para abordarla, pues, es adecuado sumergirse entre las redes de relaciones existentes entre Zambrano y las tres generaciones intelectuales del pasado siglo en España: la del 98, la del 14 —de donde procede su maestro José Ortega y Gasset—, y la del 27, a la que por edad y amistades más se asocia a la pensadora. Su pensamiento no se circunscribe a género alguno: supera la razón, y se alimenta de poesía, razón e intuición. Es fundamental su carácter precursor y simbólico. Así queda de manifiesto en obras como Claros del bosque, que escribió en Francia, o el rastro estelar de lucidez que dejó en las universidades de México, Cuba, Puerto Rico e Italia. Ella es filósofa cercana al desvelar su interés por la realidad, los mitos y la literatura españoles, especialmente por la poesía, junto a su pensamiento centrado en la relación entre filosofía y estética y filosofía y religión; todo ello se conjuga con una lucidísima y natural capacidad de reflexión y un estilo literario deslumbrante.

Platón, Spinoza, Cervantes, Galdós, Unamuno, Nietszche, Antonio Machado, Ortega y Gasset, San Juan de la Cruz, Emilio Prados, Descartes, Cifran, Lezama Lima... y otros, forman parte del universo íntimo de María Zambrano y aportan sabiduría a su alma.

José Ortega Spottorno, en un artículo dedicado al sabio Laín Entralgo manifestaba que «las ciencias físicas y matemáticas se apoyan en la razón pura, son racionales, pero el hombre necesita de las ciencias blandas, de la verdad razonable, que son las que en el fondo nos pueden aclarar algo de ese extraño ser que somos los humanos». Necesidad, por tanto, de María Zambrano para iluminar sobre aquello que somos.

Su reconocimiento público en 1981 con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y en 1988 la concesión del Premio Cervantes hacían justicia a la labor de una autora que había inaugurado un  nuevo modo de pensamiento filosófico que apoyaba su discurso en la intuición, y que había acometido una arriesgada, aunque penetrante exploración, de las zonas más difusas y menos evidentes del alma. Para ella la filosofía debía expresarse a los demás con claridad porque la oscuridad del lenguaje no la consideraba propia del verdadero filósofo.

Sin embargo, no es menos cierto que, antes de todo eso, María Zambrano sufrió un largo y doloroso exilio, y que por estas circunstancias ella tuvo que vivir sucesivamente en ciudades como París, México, La Habana, Puerto Rico, Roma y Ginebra, antes de volver a pisar suelo español en 1984.

Pero paradójicamente hoy la enseña de la filosofía española contemporánea es una mujer que consiguió reconciliar armónicamente pensar y ser.

 

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