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La razón vital ortegiana era ya una consecuencia clara de la decadencia de la filosofía racionalista que había marcado las pautas del pensamiento desde finales del siglo XVII. Lo dejaba claro Ortega en La rebelión de las masas (1929) con estas palabras: «Tres siglos de experiencia racionalista nos obligan a recapacitar sobre el esplendor y los límites de aquella prodigiosa raison cartesiana. Esta raison es sólo matemática, física, biológica. Sus fabulosos triunfos sobre la naturaleza, superiores a cuanto pudiera soñarse, subrayan tanto más su fracaso ante los asuntos propiamente humanos».4 El camino de la crítica y superación de la filosofía racionalista fue el que también emprendió María Zambrano. Los estudios de filosofía con Ortega se complementaron con las lecturas de la poesía mística de San Juan de la Cruz y de la poesía filosófica de Antonio Machado. Uno de los resultados de esta experiencia fue la entrada del espíritu literario en la filosofía en su llamada «teoría de la razón poética». Entre la razón vital y el más puro racionalismo cartesiano, que había derivado en el idealismo principalmente de la filosofía alemana, Zambrano esgrimía su «razón poética» que es un nexo de carácter trascendente que une la filosofía con la vida. Considera la pensadora que a la filosofía le había vuelto a llegar el momento de reencontrarse con la vida porque la razón pensante no debía ni podía ser autosuficiente. La necesidad de tender un puente entre la filosofía y la vida, que habían quedado separadas por la razón cartesiana, es evidente en estas palabras de Los bienaventurados: «La experiencia es desde un ser, este que es el hombre, este que soy yo, que voy siendo en virtud de lo que veo y lo que padezco y no de lo que razono y pienso».5 María Zambrano encuentra en el género literario que inaugura San Agustín con sus Confesiones, un vehículo clarificador de su visión filosófica del mundo, en una palabra de su «razón poética». Así lo va explicando en La confesión: género literario y método. «Confesión» es una palabra que irrevocablemente conduce al lector a dos asociaciones: al obispo de Hipona y a Rousseau. San Agustín (Tagaste, 354-Hipona, 430) fue un hombre que sufrió la crisis del Mundo Antiguo y se dedicó a la búsqueda de una verdad que cambiara su vida, conversión de la que dejó constancia en sus Confesiones. Como incansable buscador de la verdad llegó a encontrar la respuesta en la iluminación que el pensamiento cristiano le aportaba al neoplatonismo en que San Agustín se había educado. Es fundamental para entender el pensamiento de Zambrano la consideración de que el descubrimiento de la verdad en el caso de San Agustín la verdad cristiana cambia la vida. Por su parte, Rousseau (Ginebra, 1712-Ermenonville, 1778) en sus Confesiones (1782;1789) es el envés de San Agustín, pues parte de su propia vida para llegar a la verdad, o dicho de otro modo, su vida es la verdad y no hay ningún principio trascendente de validez universal fuera de ella. Así, a él le debemos la sustitución del concepto de verdad con toda su connotación universal y trascendente por el concepto de sinceridad con toda su connotación individual, solipsista e inmanente. Su esfuerzo de sinceridad servirá como modelo de las autobiografías posteriores a la vez que abre el camino del pensamiento romántico europeo.
La confesión es la vía para que el pensamiento y la vida se entiendan, pero es a la vez un género literario que sólo se manifiesta en épocas de crisis que vienen marcadas, según Zambrano, por la separación entre el pensamiento y la vida. San Agustín inauguró el género para expresar la crisis del hombre antiguo mientras que Rousseau marca la crisis del hombre moderno y del pensamiento racional: «El género literario que en nuestros tiempos se ha atrevido a llenar el hueco, el abismo ya terrible abierto por la enemistad entre la razón y la vida. La confesión, en este sentido, sirve para amistar filosofía y vida, pero el proceso se hace ahora de una forma contraria, si la visión platónica servía para descubrir una verdad que cambiaba la vida, es ahora la vida que escrita en forma de confesión tiene que tener como resultado el descubrimiento de una vida que queda iluminada y revelada por el propio descubrimiento en sí».8 La verdad poética es todo lo que no entra en la razón y lo que se precisa para que la vida no se ahogue dentro de las propias figuraciones personales que parten de nosotros mismos y mueren también en nosotros mismos asfixiando al individuo en una soledad extrema e inquieta que no ve nunca realizarse en la vida lo que en su mente se figura. El deber del pensamiento es precisamente reconocer esa «razón poética» que debe recuperar las «cosas y los acontecimientos no traducibles en razones».9 Sólo así se podrá conseguir la unidad del yo con la vida, y lograr, como resultado, una nueva humanización del hombre libre de la propia tiranía que le ha impuesto al hombre moderno la supremacía de la razón y la anulación del diálogo con una Vida escrita con letras mayúsculas. OBRAS CITADAS Maeztu, María de, Antología-Siglo XX. Prosistas españoles. Semblanzas y comentarios [1943], Madrid, Espasa-Calpe, 1964. Rodríguez-Fischer, Ana, ed., Cartas a Rosa Chacel, Madrid, Cátedra, 1992. Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, Madrid, Austral, 1986. Zambrano, María, Los bienaventurados, Madrid, Siruela, 1990. ______, La confesión: género literario, Madrid, Siruela, 2001. NOTAS 1.
La edición
que manejo recoge las correcciones manuscritas que hizo María Zambrano
en el año 1965 a su propio texto, que había aparecido en México en 1943
con el título La confesión: género y método, Ediciones Luminar. 2.
Véase
al respecto la semblanza de Ortega y Gasset hecha por María de Maeztu
en Antología-Siglo XX. Prosistas españoles. Semblanzas
y comentarios [1943], Madrid, Espasa-Calpe, 1964. 3.
Ana
Rodríguez-Fischer, ed., Cartas a Rosa Chacel, Madrid, Cátedra,
1992, p. 53. 4.
José
Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid, Austral, 1986,
p. 59. 5.
María
Zambrano, Los bienaventurados, Madrid, Siruela, 1990, p. 30. 7.
Cf.
La confesión, pp. 17-18. *
Universidad de Málaga. |
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