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Vicente Rojo

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Vicente Rojo visto por...



José Emilio Pacheco
(1981)

Así pues, lo primero que debo a Rojo es mi actividad de periodista literario que ya se ha prolongado más de veinte años, casi el doble de lo que suele durar en este país.

Luego Jaime García Terrés me llevó a México en la Cultura, como secretario de redacción, en el que iba a ser su último año (1961) pero no lo sabíamos. Comencé a trabajar con Rojo y desde entonces no he dejado de hacerlo. He colaborado con él en medio millar de números de suplementos y en centenares de libros, folletos, revistas, catálogos.

Ha hecho las portadas de casi todos mis libros, o más bien he escrito casi todos mis libros para que él haga las portadas. Y, sin embargo, como nuestra labor sólo de vez en cuando deja de ser anónima, únicamente Jardín de niños lleva nuestros nombres. Un año de secretario de México en la Cultura, diez como jefe de redacción de La Cultura en México, transformaron para mí al señor Rojo y al señor Benítez en Vicente y Fernando, mis mejores amigos, invariablemente generosos. A tal extremo que hemos resistido la prueba de hacer revistas juntos, ordalía que acaba con los más firmes afectos.

Me resisto a ver nostálgicamente aquellos tiempos y a escribir «memorias» de un proceso que aún no ha terminado. Porque si algo me enseñaron Vicente Rojo y el periodismo es que el trabajo de ayer no importa y es preciso recomenzarlo y reinventarlo todos los días. Sólo quiero recordar que, democráticamente aplicada al libro, la revista, el cartel, el folleto y aun la invitación, la maestría del pintor Vicente Rojo ha cambiado nuestras relaciones con las artes gráficas y aun nuestra manera de mirar.



Cada una de sus obras es un objeto de belleza y una fuente de placer que niega por un instante la fealdad sin límites que nos rodea por todas partes en la capital más horrible del mundo.


Subir José Luis Cuevas (1984)



A Vicente Rojo lo conocí en 1956. Fue en el pequeño cuarto que el periódico Novedades destinaba a los que hacían el mejor suplemento cultural de América Latina: México en la Cultura.

 

Recuerdo en detalle el encuentro: Vicente Rojo, con los brazos ligeramente levantados reflexionaba sobre una hoja de cartón. Formaba una página. Esperaba que le dictara su espíritu dónde debía ir tal o cual imagen. Sus dedos se agitaban nerviosamente como si fueran alas y se dispusieran a iniciar el vuelo.

El rostro, situado a pocos centímetros de la página, me hizo imaginar unos ojos inteligentes que giraban hacia diversos puntos, moviendo mentalmente las imágenes. De pronto, las manos descendieron y, en hábil movimiento, las colocaron en lugar exacto. Vicente Rojo levantó la cara y me miró. Me sentí una de esas figuras o letras que Vicente movía como en un juego de ajedrez y pensé que avanzaría hacia mí para colocarme en el sitio donde la composición no se alterara. Como obedeciendo una orden que exige el orden, me moví de la puerta y avancé hacia el escritorio donde estaba el director Fernando Benítez. Vicente Rojo ocupaba el lugar de director artístico del suplemento que Miguel Prieto, al morir, había dejado vacante. Como Prieto, su maestro, Vicente era también pintor.

En 1958 presentó su primera exposición individual titulada Guerra y Paz, en la Galería Proteo. Ahí conocí su pintura y mi entusiasmo se encendió frente a un arte neofigurativo que me hizo evocar la estatuaria catalana que había yo conocido en el Museo Marés de Barcelona. Todavía me emociona esa época expresionista de Rojo, cuando la descubro en casa de algún amigo de entonces. En 1959, Rojo encuentra su camino y su serie Los presagios lo revelan como el más brillante pintor de mi generación.

 


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Federico Álvarez
(1988)

Obedeciendo a ritmos cíclicos impredecibles, a veces generacionales, el influjo del constructivismo y la herencia de la Bauhaus aparecieron de nuevo en el horizonte posible, y el diseño de Vicente Rojo empezó a cobrar lentamente una animación creadora, original.

Sin perder ni un ápice de la tersura y de la precisión aprendidas en Prieto, aparecieron en sus trabajos algunos curiosos elementos inútiles, ciertas fracturas menores, nuevos ejes, nuevas proporciones, una mayor plasticidad y, sobre todo, una tenue dosis de humor que, salvo cuando el tema lo prohíbe, nunca ya le ha abandonado.
El punto extremo que alcanzó su experimentalismo puede verse en muchas de las páginas de la Revista de las Bellas Artes (segunda época) que tuve la dicha de editar con él en 1982 y 1983.

Le había propuesto hacer precisamente una revista que rompiera —como hubiera roto Miguel Prieto— con aquella severidad formal que había pasado ya a las revistas publicitarias de los laboratorios y a prospectos médicos. Y Vicente Rojo acogió la idea con gusto y se permitió en aquellos diez números de la revista del INBA libertades que no creo que se haya tomado en ninguna publicación periódica. Era ya un maestro que, en plena madurez, se permitía esos destellos de juventud, que son la primera señal de identidad de los auténticos creadores. (Y la otra: la de abrir la vía a varias decenas de diseñadores, discípulos suyos, y hoy ya maestros, que siguen contando cotidianamente con la generosidad despilfarradora y cordial de su interminable bagaje de imaginación y de buen gusto).


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Rafael López Castro
(1984)

Mi primer acercamiento a Vicente Rojo fue a través de su pintura. Su obra y la de toda su generación fueron el vehículo visual que me permitió abrir los ojos al arte contemporáneo.

Pero lo cierto es que mi contacto más fuerte con Vicente se da en el campo del diseño. Eso sucedió y sucede desde hace veinte años.


En aquella época, cuando yo comencé a practicar esta disciplina, a veces en lugares modestos, Rojo resultaba ser un maestro indirecto por medio de las publicaciones que él diseñaba. Recuerdo con gusto la Revista de Bellas Artes, la de la Universidad, las portadas de los libros que llevaban ineludiblemente su marca.

 

Una de sus virtudes consiste en obtener un excelente resultado con muy pocos recursos técnicos. De su trabajo dentro del diseño se desprende una propuesta: la de plasmar formas muy ricas y sensibles, aprovechando los pocos recursos con que contamos, a veces, quienes trabajamos en el ambiente cultural, contrariamente a la cantidad de elementos que tiene la publicidad. Entre 1972 y 1975, trabajé junto a Rojo en la Imprenta Madero, de él en esa experiencia aprendí ese manejo tipográfico tan sobrio y elegante que lo distingue, aunque no puedo decir que yo lo haya alcanzado aún a su máximo nivel.


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Fernando Benítez (1990)

Siempre que emprendo una tarea que juzgo importante, recurro a Vicente Rojo. En 1980, mientras él pintaba en París, yo aquí en México me enfrentaba al trabajo monumental de escribir y de reunir por todo el mundo ilustraciones referentes a la historia de la ciudad de México.

Llegado Vicente me dijo: «Todo este enorme material que has reunido no cabe en dos volúmenes, acaso en tres. El tomo III debe contener el siglo XIX y el XX. ¿Qué comen los habitantes de la ciudad, dónde se divierten, cómo se transportan, de qué agua disponen, qué basura generan? ¿Hablarás de su literatura, de su arte, de su cine de sus fotógrafos?» Aconsejado por él, mandamos docenas de fotógrafos y reanudé mis investigaciones y mi escritura. Acostumbrados al periodismo, sabíamos que el tiempo presiona y trabajamos bien y deprisa.

 

Vicente extendía códices, grabados, mapas, litografías, fotos, en el suelo de mi biblioteca y, a gatas, seleccionaba lo que él creía valioso. Supo separar el texto ilustrado en las imágenes, darle unidad y belleza, y sin rubor puedo decir que ninguna ciudad posee una historia de esa magnitud, de ese orden y con ese número de ilustraciones. El libro es tan mío como de Vicente, y lo mismo ocurrió con una nueva edición de La ruta de Hernán Cortés, con los cinco volúmenes de Los indios de México y con todos mis libros publicados por Era.


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Felipe Covarrubias (1978)

Los críticos han considerado a Rojo como el diseñador que, sin una actividad pedagógica determinada, ha influido en los grafistas atentos y pendientes de su trabajo, llegando a crear un estilo.

Todos los diseñadores que hemos conocido a Rojo en la actividad profesional, en el taller, o a través de las exposiciones de sus obras, hemos recibido la más sincera y humilde enseñanza alejada de las normas cánones, o cualquier indicación de tipo académico. El uso de signos y señales, el manejo limpio y escrupuloso de la tipografía, la aseada diagramación finamente geometrizada con claridad y sencillez en el formato, y el gran poder de la imagen recreada en violentos collages, han sido las más importantes constantes de la obra gráfica de Rojo, obra que ha desarrollado principalmente en revistas, libros, folletos, portadas, catálogos, carteles, suplementos, etcétera.

Entre su obra llama la atención el diseño de los libros de arte (elaborados en colaboración con artistas famosos), y entre estos sobresale una hermosa edición basada en un ensayo del poeta Octavio Paz sobre la obra de Marcel Duchamp. Rojo diseña un portafolio que titula Diseño a la manera de Duchamp, que incluye notas biográficas, fotografías, textos de la época, tarjetas postales, etc.

 
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