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Desde que el diseño gráfico que indiscriminadamente se impuso a nuestra infancia cedió
el paso a ciertas afinidades selectivas, hemos estado expuestos al diseño gráfico de
Vicente Rojo, como queda de manifiesto en esta muestra antropológica que recuerda su
trabajo a lo largo de los años.
Pero cuidado ojo, más bien, como marcan los correctores de planas y galeras:
esta obra no sólo da cuenta de la extensa obra de un diseñador prominente. No. Por la
saludable presencia de Vicente Rojo en todas las grandes empresas culturales de nuestra
ciudad, tan proclives al retruécano
de México en la Cultura a La Cultura en México, de la primera Artes
de México a la segunda México en el Arte, y por la generosa
extensión de la escuela que ha formado, esta obra consigna, además, la historia del
diseño gráfico en la cultura mexicana. Recorrer sus páginas es atravesar la historia de
la cultura en México a lo largo de la segunda mitad de este siglo XX que ya
quiere ser XXI: por sus mejores ediciones bibliográficas,
hemerográficas y magnetofónicas; por sus más destacados suplementos culturales y
revistas de arte y de literatura; por los hitos del teatro, de la danza, del cine, de la
música, de las letras, de las artes plásticas.
La actividad de Vicente Rojo en el
campo del diseño gráfico traza, para mí y para los de mi generación, un itinerario que
va de la adolescencia a la presunta madurez y constituye el acervo más rico y más
moderno de nuestras imágenes culturales, tan poderosas y vivas como aquellas de la
infancia que recordé al inicio de estas páginas: la dolorosa corona de espinas que con
fuerza de esperpento anunciaba la obra Divinas palabras, que salió del teatro
universitario para representarse y representarnos exitosamente en Francia, porque nadie
sabe bien dónde están los muros de la difusión cultural extramuros que lleva a cabo
nuestra Universidad Nacional; los programas del teatro El Caballito, el Foro
Isabelino, del Arcos Caracol o de la histriónica Prepa 5 de Coapa, espacios teatrales hoy
desaparecidos o descarrilados; las proyecciones cinematográficas o los torneos de ajedrez
de la apacible Casa del Lago, tan bellos que desde entonces dejaron de cumplir su función
informativa para adornar las paredes de los cuartos estudiantiles y las oficinas
universitarias; las diferentes úes que año con año modificaban a la Revista de la
Universidad de México y que lejos de interrumpir su tradición, hoy sexagenaria,
confirmaban su espíritu cambiante y siempre abierto; el libro de Remedios Varo, con
textos de Roger Caillois, Octavio Paz y Juliana González, que acogió mis insomnios
porque no es otra cosa que un archivo de sueños disponibles, y que me llevó a hacer una
tesis de literatura en la que comparo a Remedios Varo con Remedios la Bella, aquel
personaje de Cien años de soledad que de buenas a primeras, cuando tiende unas
sábanas de bramante en el jardín, asciende al cielo en cuerpo y alma; la tercera época
de la Revista de Bellas Artes, de la que fui secretario de redacción, que dio
cuenta, en la insensatez de su diseño, de la verdadera movilidad de los tipos y que
escandalizó a más de un funcionario del subsector cultura; el libro-objeto dedicado a
Marcel Duchamp, que es tan o más divertido que andar pintándole bigotes a la Gioconda o
exponiendo mingitorios en los museos, las portadas de libros muy amados Cien
años de soledad o Las batallas en el desierto que acaso serían
otros, muy variados en su discurso, de tener envoltorio diferente...
En fin, sumadas por la
fatigosa vía de la enumeración estas imágenes configuran nuestro universo cultural más
cercano. Si poseen un común denominador, en el que se cifra el estilo de Vicente Rojo,
éste es precisamente el mismo que aglutina las obras a las que tales imágenes aluden: la
modernidad, de la que podemos sentir, ahora que vivimos tiempos mal llamados postmodernos,
una nostalgia parecida a la que nos ocupa cuando evocamos nuestras imágenes de infancia.
Tal nostalgia es signo inequívoco
de que la modernidad nos pertenece y nos conforma. Es nuestra historia, y esa historia no
sería lo que es, es decir, no seríamos quienes somos, sin la participación de Vicente
Rojo, que nos la fue articulando. Ojo, o mejor, manita indicadora: no estoy
confundiendo la forma con el fondo, el anuncio con el objeto anunciado, el continente con
el contenido, sino haciendo notar que esa forma, esa información, esa envoltura no sólo
son el puente sin el cual sería imposible tener acceso a lo «importante», al fondo, al
objeto, al contenido, sino que se parece a lo importante, se identifica con lo importante
y de alguna manera lo modifica.
Por eso José Emilio Pacheco, que
dice de Vicente Rojo: «Ha hecho las portadas de casi todos mis libros», se ve precisado
a corregir: «Más bien he escrito casi todos los libros para que él haga las portadas».
Y es que un libro, por ejemplo, no es sólo un objeto convencional en el que se deposita
un determinado discurso; un libro es un ser susceptible de amor de quien lo posee: una
portada entusiasma, una portadilla invita, una capitular seduce, el ritmo de la
tipografía propicia la permanencia del amor.

Vicente Rojo trama la piel del organismo del cual uno se enamora. Porque el amor, quién
lo ignora, suele entrar por los ojos.
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