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La doble memoria de Vicente Rojo tiene sentido sólo si se considera, al mismo tiempo,
como una bifurcación que posee la elegancia de los cristales o los razonamientos
científicos y como un sólido anudamiento: el separarse de sus dones como pintor y
de sus habilidades como diseñador gráfico; el unirse de ambos oficios [1]. Yo, al menos, no puedo romper, en mi
visión de Vicente Rojo y de sus trabajos, esa coherencia íntima de su memoria doble.
Sé, también, al mismo tiempo, que esa dualidad es enormemente generadora: Rojo ilustra,
esculpe, edita, mide, calcula, dibuja la doble memoria irradia, así, en todas las
direcciones posibles, con una energía de forma que es, por supuesto, su
capacidad de multiplicación y diseminación de la mirada.Hay quien afirma que en las artes visuales no hay otro
problema que el de la Forma: esa Hidra que obsesionaba, con sus poderes de aniquilación y
seducción, a Witold Gombrowicz. La Hidra de la Forma se somete fácilmente a
Rojo, que la convierte, con una delicadeza de enorme fuerza, en un camino iluminado, en
una zarza ardiente, en un pliego de testimonios gráficos para nuestra mirada de lectores
curiosos y de impenitentes opinadores-miradores. O mejor todavía: la transforma en una
página milimétricamente concebida, en donde no hay fallas de concepción y donde los
conceptos han tomado, por eso mismo, la vía de la medición exacta, del ordenamiento
preciso de los renglones y los márgenes, de la cuidadosa elaboración de los materiales
ilustrativos [2].
La memoria de Vicente Rojo es una manera de
desdoblar la mirada: de abandonar, por un lado en una orilla, en un doblez, la
mirada de todos los días y de todas las horas, y, por otro lado en un pliegue
distinto, desconocido para los ojos cotidianos, de crear el espacio para nuevas
experiencias visuales [3].
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Líneas... Hojas... La
mano y la mirada. La línea horizontal de la página que se diseña (cartel, revista,
catálogo, logotipo) y la distribución acumulativa, en un plano vertical, de la pintura
que se organiza sobre el lienzo. Simultaneidad de la doble memoria: en dos planos, en dos
volúmenes superpuestos, en dos colores, en blanco y negro, en papel y en tela, en la
singularidad de la obra de arte óleo, dibujo o en la reproducibilidad de la
obra gráfica o del diseño editorial. |
José Azorín, Vicente Rojo
y Fernando Gamboa
(Museo de Arte Moderno, 1974)
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El pintor y el diseñador gráfico tienen una doble memoria cada uno, a su vez, en ese ser
poliédrico, algunas veces vertiginoso, ciertamente cálido y lleno de generosidad, que es
Vicente Rojo. La dualidad de este conjunto de memorias, en el ámbito de ese
ser-de-Rojo, es, entonces, una verdadera galaxia: miríada de miradas.Vicente Rojo le ha dado una imagen a la literatura
mexicana, en el espacio físico en que ésta ha venido apareciendo en los últimos
cuarenta años, en los libros que ha diseñado, en los carteles y en las revistas y
suplementos culturales donde su labor como director artístico se reconoce con este libro.
¿No quiere eso decir que los ojos de, por lo menos, dos generaciones de lectores
mexicanos han sido educados por este artista extraordinario?
Sí: Vicente Rojo ha sido un excepcional
educador, en este sentido. Pues más allá del excelente buen gusto con que ha diseñado
tantos espacios gráficos de la cultura mexicana, nos ha mostrado y nos ha guiado, muchas
veces sin que lo supiéramos con toda conciencia por el simple placer de tener en
las manos o ante los ojos un objeto en el que las palabras y las imágenes se aclaran y se
interpenetran con plenitud y con exactitud, en el sentido cabal de una lectura tal y
como ésta se despliega en el sitio ordenado por su mano y su mirada de lector su
sensibilidad literaria es perfecta y de artífice plástico. |
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Siempre recuerdo a
Vicente Rojo de esta manera: pensativo y con un lápiz en la mano. No sé cuál es
la razón de que así sea. Me gusta pensar que esta imagen tiene sus raíces en la
profunda admiración que profeso por él. (Él, que ha organizado tantas superficies en
líneas, colores y formas, puede suscitar, ciertamente, el género de pasiones que
corresponde a esa «profunda admiración» que
ahora declaro, a causa de la exposición con la que celebramos cuarenta años de sus
tareas como diseñador gráfico).Esta
admiración tiene su origen, para mí, en el hecho de que en él he visto, desde que sé
de su trabajo, pero más todavía desde que lo conozco, la conjunción perfecta que
a mis ojos tiene un valor chamánico del pensador y el artesano, o si se prefiere:
del filósofo y el artista. |

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Pero yo, en verdad, prefiero solamente el lado chamánico de este hombre prodigioso,
pensativo y con un lápiz en la mano, a quien he visto trabajar con una magia disciplinada
que en ningún otro ser humano he descubierto. Yo prefiero evocar con ese lápiz en la
mano, en los vislumbres de la doble memoria que él ha implantado para siempre en mi
espíritu, a este gran mago de la mirada.

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Fotografía
de 1988
En primera fila: Rulfo, Azul Morris, Vicente Rojo y Peggy Espinosa.Detrás están, de pie, Rafael López Castro, Luis
Almeida, Germán Montalvo, Bernardo Recamier y Efraín Herrera. |
La presencia y los trabajos de
Vicente Rojo han conseguido que tantas cosas en México tengan ahora sentido y belleza,
nobleza y dirección... Esta muestra es apenas un exponente mínimo de todo lo que le
debemos.
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NOTAS: |
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1. No quiero borrar o corregir ese modo de enunciación,
más que significativo de nuestras manías culturalistas, en el que he incurrido aquí, al
referirme a las tareas de Vicente Rojo: escribí que el pintor tiene dones, el
diseñador tiene habilidades. 2. La
observación acerca de lo muy «opinadores» que nos volvemos ante carteles, revistas,
catálogos, portadas
de libros y logotipos, surge de un descubrimiento que hice hace ya varios años: que sobre
fútbol, política mexicana y diseño gráfico todo mundo tiene (>>)
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alguna
opinión a la vez que ningún escrúpulo para soltarla impunemente en público y, lo que
es peor todavía, frente a los maestros del oficio.
3.
Ciertamente opinamos con exceso acerca de lo que vemos y solemos no saber gran cosa de lo
que constituye ese fenómeno prodigioso (o mejor, caudal de fenómenos) que es la mirada.
En su momento, Paul Valéry se ocupó de los horizontes de la mirada humana; en otro,
posterior, y que se confunde con el nuestro, John Berger nos ha ofrecido libros que
leemos con avidez de voyeurs para pensar la mirada y sus fenómenos. |
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