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Jacinto Verdaguer

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Por Joaquim Molas i Batllori. Universitat de Barcelona


Verdaguer es un caso insólito no sólo en el marco específico de la cultura catalana, sino también en el más general de la poesía europea. En efecto: Verdaguer, sin tradición y prácticamente solo, creó, mediante una mezcla de instinto, erudición libresca y trabajo de campo, la lengua literaria catalana moderna. Para valorar en toda su magnitud este hecho, sólo hay que comparar la precisión y riqueza de sus prosas de juventud, como el epílogo de los Dos màrtirs de ma pàtria, publicado en 1865, o el discurso leído dos años después en una de las sesiones literarias de L’Esbart, con la prosa incierta de sus colegas más maduros, como Antoni de Bofarull o Francesc P. Briz. E incluso con la de otros más jóvenes, como Santiago Rusiñol. Por otra parte, Verdaguer compuso una serie de poemas épicos o, por decirlo con palabras de Poe, «long poems», muy diferentes unos de otros y en un momento en el que el espacio que tradicionalmente se había asignado al género era ocupado por otro nuevo, el de la novela. Y en el que los teóricos de la poesía, de Poe a Baudelaire y Mallarmé, propugnaban el poema breve, es decir, el poema que se ajustaba a las exigencias de unidad de inspiración y de efecto y, por lo tanto, de composición y sólo admitían los poemas «largos» como una mera suma de fragmentos o poemas «cortos» susceptibles de ser leídos por sí mismos y, a la vez, con el añadido de «zonas muertas» o de enlace, como partes de un conjunto más vasto. Verdaguer constituye la expresión más original y más moderna del género. Ni Victor Hugo, ni Mistral. L’Atlàntida, por ejemplo, inspirada en Virgilio, Tasso o Milton, es el último gran poema clásico, o renacentista. Y el Canigó, su «ópera mayor», inspirada, en principio en las canciones de gesta medievales y en el legendario romántico, el único intento serio que conozco para encontrar una salida a la crisis del género y, al mismo tiempo, cumplir con los requisitos de la teórica contemporánea.

Probablemente, para intentar explicar la excepcionalidad de Verdaguer, se ha de tener en cuenta la perfecta correlación entre su trayectoria biográfica y el entorno histórico, y entre este último y la producción literaria. Sin entrar en detalles, la correlación podría ser resumida en tres puntos. Primero: Verdaguer, nacido en el seno de una familia de campesinos y artesanos mínimamente ilustrada, recibió una buena formación retórica en el Seminario de Vic y, fuera ya de su recinto, con dos excelentes filólogos: Manuel Milà i Fontanals y Marià Aguiló. Segundo: tomó partido, desde el primer instante, en las luchas ideológicas que asolaron su tiempo y, muy pronto, se convirtió en portavoz de las campañas impulsadas, en general, por la Iglesia, y en particular, por la catalana y destinadas a recuperar la hegemonía perdida con la revolución industrial. Y, a su vez, en uno de los referentes más ilustres del movimiento político cultural de la Renaixença, que recargó las pilas del país. Tercero y último: perteneció durante muchos años al personal de la familia Comillas-Güell y, por tanto, dispuso de los recursos necesarios para construir una obra voluminosa, mantener contactos con los grupos sociales y culturales más refinados y llevar a cabo algunos viajes que ampliaron sus horizontes, si no literarios, personales. Así, Verdaguer poseyó una conciencia muy afinada de escritor que, en algunos aspectos, resulta de una rara «modernidad» y que, a grandes rasgos, podría ser sintetizada en los siguientes términos: voluntad de aprovechar la información no sólo libresca (reunió una buena biblioteca de trabajo, dejó inacabados, por falta de documentación, poemas tan ambiciosos como Colom, etc.), sino también de campo (hizo, para dar los últimos retoques a L’Atlàntida, nueve viajes a las Antillas, recorrió minuciosamente los Pirineos para componer Canigó, etc.); reelaboración constante de los textos ya publicados, o no; reordenación de las colecciones misceláneas y trasiego de poemas de unas a otras con la idea de encontrar, para cada uno, una perfecta unidad de sentido, y sobre todo, no sé si como simple recordatorio o como documento para la posteridad, guardó con suma atención los manuscritos e incluso los borradores, incluidos los más íntimos (por poner un caso, se han conservado dos borradores de una carta que, con motivo de la muerte de su madre, dirigió a su maestro, don Marià Aguiló).

Imgen del AHCB. Archivo histórico de la Ciudad de Barcelona Con este bagaje, Verdaguer, desde su juventud, desplegó las velas de una imaginación exuberante que tendía a la descripción de grandes espectáculos naturales o históricos. Y que encontró su expresión más genuina en el poema «largo» de tipo épico o no. O, al menos, en un tipo de poema de gran aparato retórico (Qui com Déu?, oda A Barcelona). Y, al mismo tiempo, una imaginación detallista, tierna y delicada, que, muy a menudo, reproduce la modulación de la poesía popular y que tiende a la confesión de las emociones más profundas, desde la efusión mística, pasando por el recuerdo, la ensoñación o la añoranza, hasta la invectiva contra un entorno por el cual se sentía traicionado. Ahora bien, entre una y otra tendencia, no hubo nunca ningún tipo de tensión o desajuste, porque, ya desde el primer momento, las articuló a través de una fe robusta, sin fisuras, la transformación de esta fe en una ideología de combate y la formalización de las emociones por medio de correlatos objetivos y, más exactamente, de pequeñas tramas que muy a menudo desembocan en auténticas alegorías. Y, por otro lado, a través de la fragmentación del poema «largo», que, con los años, convirtió en un rosario de poemas cortos, sólo en apariencia autónomos, próximos, al menos en teoría, a las colecciones misceláneas (Lo somni de Sant Joan). Además, en ambos casos, trabajó con los mismos modelos. De adolescente, por ejemplo, alternó los barrocos y los neoclásicos, aprendidos en el seminario, con los populares extraídos de la tradición oral, y estos últimos, con los estrictamente románticos, aún vigentes en los círculos de Vic y Barcelona. Después contribuyó a la fijación de los más típicos de los Juegos Florales y, a su vez, abrió, más que por decisión teórica, por instinto o por autocrítica, enormes espacios para el poema «largo» (identificación entre materia y forma, reducción del argumento a simple hilo conductor, etc.). O para el artículo periodístico. Y, finalmente, en la década de los noventa, en plena tragedia personal y presionado por el ambiente, intentó adaptarse a las nuevas propuestas impulsadas por Apel·les Mestres y explotadas por las tropas barbudas del Fin de Siglo (construcción, sobre todo con prólogos y artículos, de un «yo» literario a medio camino entre la tradición y la «modernidad», reflexión sobre la poesía y la condición del poeta, experimentaciones formales que, en algún caso, como el de «Lo cornamusaire», lindan con el poema en prosa baudeleriano y que, en otros, como en el de «Lli», de Brins d’espígol, hacen pensar, aunque sea de lejos, en Apollinaire o Pere Quart, etc.).

De este modo, Verdaguer fue el primer poeta catalán moderno que consiguió una verdadera proyección, a un mismo tiempo europea y popular. Europea: los activistas de las literaturas «no estatales» o «renacientes» y, sobre todo, los activistas católicos, entre ellos Menéndez y Pelayo y Clará Commer, lo convirtieron en paradigma del Poeta, con mayúscula, y, lo tradujeron y estudiaron con profusión. (L’Atlàntida, por ejemplo, fue objeto, entre los años 1882 y 1884, de dos traducciones francesas, una, en prosa, por Albert Savine, y otra, en verso, por Justí Pepratx, que se reimprimieron varias veces hasta 1900; una tercera, obra de M. Cognat, quedó inédita. Además, gracias a los buenos oficios de Josep M. Sert, fue convertida en cantata por Manuel de Falla, cantata que, completada por Ernesto Halffter, fue estrenada en 1961 por Eduard Toldrà y publicada, con la traducción italiana de Eugenio Montale, por la casa Ricordi. Y popular: Verdaguer no sólo supo recoger las inquietudes más hondas de una sociedad, la suya, en plena ebullición, sino que, para vehicularlas, recurrió a los géneros y a los canales de producción más incisivos de la literatura de consumo: el goig, ‘gozo’, la canción, el pliego suelto, la hoja volante o el artículo periodístico. De ahí que, con su juego de luces y sombras, haya entrado a formar parte de la memoria colectiva. Y de ahí que algunos de sus textos, como, sin ir más lejos, el Virolai montserratino, se hayan incorporado al patrimonio de la poesía tradicional.


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NOTAS
1. Verso de la Eneida (VI, 882) mediante el que Anquises anuncia al futuro héroe Marco Aurelio Marcelo, y que fue invocado por Frederic Mistral, en 1868 y en el Ateneo barcelonés, a modo de saludo a JacintoVerdaguer, presentándolo como promesa de las letras catalanas (N. de la trad.). Volver al texto

*. Publicado en Serra d’Or, febrero 2002; traducido al castellano para este monográfico por Paloma Criado. Volver al texto

 

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