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Jacinto Verdaguer

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Por Narcís Garolera. Universitat Pompeu Fabra


Aunque una presentación cronológica del conjunto de la obra de Verdaguer evidenciaría la estrecha relación entre sus vicisitudes biográficas y sus producciones literarias, seguiré una exposición ordenada según los distintos géneros y temas utilizados por el escritor. Estableceré además una agrupación operativa en dos grandes bloques: poesía y prosa.

1. Poesía

La crítica suele ser unánime al enumerar las cualidades principales de la obra poética verdagueriana: riqueza léxica, buen gusto en la distribución de palabras y de versos, fertilidad imaginativa, combinación de ternura y vigor expresivos, un popularismo sincero junto a un profundo sentimiento de la naturaleza... Un cierto retoricismo, en cambio, y una facilidad de versificación excesivamente prodigada, son algunos de los reproches que se hacen a la poesía de Verdaguer, los cuales, sin embargo, nunca deslucen unos resultados de una brillantez incuestionable.

a) Épica

A diferencia de la mayoría de poetas contemporáneos, Verdaguer cultivó de forma reiterada la poesía épica, de escenografía y temática grandiosas. Ya en sus años mozos se dio a conocer como autor de un extenso poema basado en la leyenda de los dos patronos de la ciudad de Vic, titulado Dos màrtirs de ma pàtria (1865) y escrito en octavas reales, dentro de los cánones de la poética neoclásica. Algo posterior es el propósito —y una primera redacción, incompleta— de un extenso poema épico, en prosa, sobre la figura de Cristóbal Colón, que retomará, en verso, muchos años después, al final de su vida. A partir del proyecto colombino —cuyo alcance podemos hoy valorar debidamente, después de una edición tardía—1, Verdaguer fue esbozando la planificación del que, pasados unos cuantos años, sería su primer gran poema épico, L’Atlàntida (1877), con el que, además de conseguir el reconocimiento público de su valía como escritor, devolvía al catalán todas las posibilidades expresivas de una lengua literaria. La poesía, por otra parte, alcanza en esa epopeya geológica momentos de grandeza absoluta, a pesar de las inevitables caídas de tono y una evidente desproporción en el tratamiento de los personajes. L’Atlàntida se ha visto, sobre todo, como «un inmenso ejercicio de creación de lengua poética y de esfuerzo retórico, en el mejor sentido de la palabra»2.

En 1886 Verdaguer publica, después de una larga y laboriosa gestación, el que muchos críticos consideran su mejor poema, Canigó, de una complejidad técnica y un refinamiento expresivo claramente superiores a los de la epopeya precedente. Con esta obra Verdaguer demuestra con creces su habilidad poética y lleva su maestría al punto más alto. El poeta se encuentra en su momento de plenitud creadora.

Detrás de esas dos epopeyas, en un modesto segundo lugar, hay que hacer una breve referencia a otros intentos épicos en la poesía de Verdaguer: Llegenda de Montserrat (1880), Lo somni de Sant Joan (1887) y Santa Eulària (1899), todos ellos dotados de un intenso vigor dramático y una gran riqueza descriptiva.

b) Lírica

Poco después de publicar L’Atlàntida en edición definitiva, Verdaguer se dio a conocer como autor de poesía religiosa, efusiva y sincera, derivada de su profunda conciencia sacerdotal. Los Idil·lis i cants místics (1879) constituyen la primera y más lograda colección de poesías de inspiración religiosa y mística de toda su producción literaria. Seguirán este compendio Caritat (1885), la trilogía Jesús infant —sobre la Sagrada Familia— (1890-93), Roser de tot l’any (1894), Veus del Bon Pastor (1894), Sant Francesc (1895), Flors del Calvari (1896), Flors de Maria (1902) y las obras póstumas Al Cel (1903) y Eucarístiques (1904).

Buena parte de les poesías religiosas de Verdaguer revelan la influencia de algunos libros de la Biblia —especialmente el Cántico de los cánticos, que el poeta tradujo al catalán—, de Ramon Llull, de San Francisco de Asís y de los místicos castellanos: Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz... Una expresión popular de la temática mística constituye quizá el rasgo más personal de Verdaguer como poeta religioso. Junto a esa poesía religiosa hay toda una producción lírica verdagueriana de tema patriótico, que le valió en Cataluña una popularidad inmediata y perdurable. El amor a la tierra, unido a la exaltación de su historia y de sus tradiciones, ya había llevado a Verdaguer a escribir, en sus años mozos, composiciones de una gran belleza expresiva. Sin embargo, no será hasta la impresionante oda A Barcelona (1883), profusamente divulgada, que Verdaguer consiga, en ese registro, una intensidad casi épica.

Buena parte de su producción lírico-patriótica se reúne en la colección poética Pàtria, publicada en 1888, el año en que Barcelona celebraba su primera Exposición Universal. Las poesías que la integran agotan, por decirlo con palabras de Manuel de Montoliu, «la vena de la inspiración patriótica de la edad heroica del catalanismo literario», es decir, la primera época de los Juegos Florales de Barcelona3. Verdaguer, pues, llevó a la máxima perfección los géneros y las formas usados por sus predecesores para expresar literariamente el sentimiento patriótico, y dio modelos acabados y definitivos. La visión geográfica de la tierra catalana, magníficamente expresada ya en Canigó, y una valoración estética del sentimiento de la añoranza, que presidió —desde Bonaventura Carles Aribau— las primeras manifestaciones románticas de la literatura catalana, constituyen, según el citado crítico, las dos aportaciones originales de Verdaguer a la poesía patriótica.

No hay que olvidar, finalmente, que, antes de ser ordenado sacerdote, Verdaguer escribió también poesía amorosa. Una excelente muestra de esa producción, inédita hasta mucho después de su muerte, es el extenso poema narrativo Amors d’en Jordi i na Guideta, de inspiración mistraliana, que forma parte de la colección de sus primeras poesías publicada póstumamente bajo el título de Jovenívoles (1925)4. Estas composiciones, de estilo popular y de temática amorosa, reflejan, al decir de los biógrafos del poeta, sus primeros intentos serios de construcción literaria, dentro de los cánones tardorrománticos de la Renaixença catalana.


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2. Prosa

Verdaguer cultivó muy pronto la prosa, como ha puesto en evidencia la publicación de sus escritos de juventud, que habían permanecido inéditos5. De carácter autobiográfico, con descripciones de escenas de la vida rural de su comarca nativa, estos primeros escritos en prosa tienen un valor excepcional: Verdaguer se muestra en ellos con una seguridad lingüística y con una capacidad descriptiva muy superiores a las de la prosa catalana de su época, y no son muy distintos a sus posteriores libros en prosa.

Sin embargo, hasta el año 1887 Verdaguer no publicó obra alguna en prosa. El primer título que dio a la imprenta fue Excursions i viatges, que contenía las anotaciones de los itinerarios de Verdaguer por el Pirineo catalán, las impresiones del crucero que el poeta hizo, en 1883, con el segundo marqués de Comillas por las costas africanas del Mediterráneo, y las observaciones del viaje por las principales capitales europeas realizado el año siguiente en compañía del industrial y mecenas catalán Eusebio Güell. Cumplidos los cuarenta años, el poeta Verdaguer se dio a conocer como excelente prosista, con gran dominio de los recursos lingüísticos y una notable aptitud para la descripción. En la primavera de 1886, acompañado del canónigo —y científico— barcelonés Jaume Almera, Verdaguer emprende un viaje a Palestina y Egipto, cuyo fruto literario será el Dietari d’un pelegrí a Terra Santa (1889). Las anotaciones de ese «peregrinaje» evidencian claramente una preocupación estilística, a pesar de que en la nota proemial el autor confiese no haber pretendido escribir «un libro de impresiones, como ahora se estila, aunque este tenga con ellos algún parecido».

En ambos libros, sin embargo, se echa en falta una construcción más trabada y quizá sobren anotaciones demasiado anecdóticas y un poco ingenuas, derivadas de la afición de Verdaguer a recoger in situ tradiciones y leyendas. Al lado de sus grandes epopeyas, los dos libros de viajes —los primeros en catalán moderno— de Verdaguer se han considerado producciones marginales de un gran poeta, y esa apreciación ha impedido valorar en ellos los aspectos innovadores —revolucionarios, según Maurici Serrahima— de una prosa cada vez menos «literaria», más funcional —periodística— y de expresión más natural y clara.

Los artículos que Verdaguer publicó en la prensa para rebatir públicamente a sus detractores, en el momento culminante de su tragedia personal —recogidos en volumen bajo el título de En defensa pròpia (1895)—, constituyen un auténtico hito en la prosa catalana moderna. «Hasta entonces —escribe Serrahima—, nunca nadie había escrito en catalán con la perfección y la eficacia literaria y polémica que él consiguió en aquellos artículos [...]. La prosa verdagueriana había llegado a su punto máximo»6. Verdaguer supo hallar, en efecto, el tono y el estilo que el tema exigía. Una expresión ajustada, intencionada y segura, a pesar de la falta de precedentes, lo llevó a escribir una prosa directa y viva, que todavía hoy sorprende por su frescor y naturalidad.

Una colección de Rondalles, póstuma (1905), cierra la producción en prosa del poeta, que cuenta además con unos espléndidos discursos y artículos, sin olvidar algunas traducciones, entre las que destaca la excelente versión de Nerto (1885), de Federico Mistral, donde Verdaguer consigue una verdadera recreación literaria.

A modo de conclusión

Verdaguer fue el escritor catalán más destacado del siglo XIX y el más representativo de la Renaixença literaria catalana. Autor de obras cultas de gran ambición, se sirvió de temas y formas populares para transmitir las ideas del catalanismo conservador y del catolicismo de su época. Devolvió a la lengua catalana el prestigio perdido de un idioma de cultura, y, a pesar de sus desequilibrios, llevó a cabo una obra perfectamente coherente, al servicio de los ideales de la fe y de la patria. Se lo ha utilizado desde posturas ideológicas opuestas, y se lo ha invocado sobre todo como símbolo de catalanidad. Su eficacia expresiva y el eco social de su conflicto le procuraron, ya en vida, una estima popular más personal que literaria, en perjuicio de una valoración estrictamente artística. Si su figura es, aún hoy, objeto de debate, su obra ha adquirido la consideración de clásica.


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NOTAS

1. Escrits inèdits de Jacint Verdaguer, vol. II (Colom). Transcripció i estudi per Joan Torrent i Fàbregas (Barcelona, Barcino, 1978). Volver al texto

2. Pere Bohigas, Notes sobre la composició i estructura de L’Atlàntida [discurso leído en la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona], 1958, p. 23. Volver al texto

3. La Renaixença i els Jocs Florals. Verdaguer (Barcelona, Alpha, 1962), p. 198. Volver al texto

4. Esta producción se ha visto últimamente incrementada con la publicación de un volumen de Poesies juvenils inèdites de Jacint Verdaguer, transcritas y anotadas por Narcís Garolera (Vic, Patronat d’Estudis Osonencs, 1996; 2.ª edición, revisada y aumentada: 2002). Volver al texto

5. Escrits inèdits de Jacint Verdaguer, vol. I. Transcripció i estudi per Josep Maria de Casacuberta (Barcelona, Barcino, 1958). Volver al texto

6. Maurici Serrahima, «Jacint Verdaguer», en Dotze mestres (Barcelona, Destino, 1972), pp. 40-41. Volver al texto

 

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