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Jacinto Verdaguer

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Por Gonzalo Anes. Director de la Real Academia de la Historia


La edición de las Obres completes de Mossèn Jacint Verdaguer, autorizada en 1943, originó un movimiento intelectual de interés hacia el poeta. Lo muestra el hecho de que se hubieran agotado enseguida los ejemplares de esta edición. Fue necesario proceder a reeditarla, y así se hizo en 1946. En una tercera edición, hecha en 1949, se utilizaron los principios normalizadores dictados por Pompeu Fabra y secundados por el Institut d’Estudis Catalans.

Las Obres completes de Verdaguer, dadas a conocer a los estudiosos y al público en general, mostraron lo que de verdad significó para la Renaixença este eclesiástico controvertido, Verdaguer influyó en la resurrección literaria de la lengua catalana. Los estudios sobre el eclesiástico-poeta adquirieron importancia creciente en los años que coincidieron con el centenario de su nacimiento, 1945, y la recobraron al conmemorar los cincuenta años de su muerte, en 1952.

No viene al caso enumerar aquí las biografías publicadas en esos años, apologéticas unas, con mayor sentido crítico otras. Destaca, entre todas ellas, la que dedicó al poeta el gran historiador Jesús Pabón, titulada El drama de Mosén Jacinto, escrita pasados los cincuenta años de la muerte de Verdaguer. El autor esperaba que esa lejanía en el tiempo, a la que añadía la lejanía espacial respecto a Cataluña, por ser él sevillano y escribir en Madrid, le permitieran acercarse a la objetividad. Pabón no quiso terciar en el debate sobre la vida de Verdaguer y sobre las causas de que su obispo le suspendiera a divinis, en unos años cruciales de su vida. Sólo pretendió poner orden en el conocimiento que se tenía del personaje y juzgarlo con la máxima independencia de que pudiera ser capaz.

Al escribir a los cincuenta años de la muerte de Verdaguer y al ser andaluz residente en Madrid, pensaba Pabón que podría tener la distancia temporal y la espacial —al no escribir desde Cataluña— para tratar de Verdaguer sin los apasionamientos de los más próximos en tiempo y en lugar. Parece que el tiempo transcurrido hubiera tenido efectos inversos respecto a la objetividad deseable.

Desde Cataluña, la obra de Verdaguer no se valora hoy con la independencia de juicio deseable. Son de notar los juicios de intenciones sobre por qué se permitió publicar en catalán, en tres ediciones sucesivas, las Obres completes, de Cambó entre 1943 y 1949, dos de ellas «con la ortografía decimonónica» y solo la última, 1949,  en el «catalán normativo dictado por Pompeu Fabra y el Institut d’Estudis Catalans»: sorprenden, al analista independiente de la obra del poeta, las insinuaciones respecto a que cuando al referirse a los poemas y escritos, en los que Verdaguer muestra su admiración por las gestas españolas, se considere como un intento de españolizar al poeta catalán.


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Preocupa hoy, desde los planteamientos del análisis histórico, el hecho de que haya quienes, en lugar de investigar lo que ocurrió; lo que se escribió, lo que se dijo y en lugar de admitir las cosas como fueron, se pretenda ignorar el pasado, o tergiversarlo cuando no se aviene a que sirva de fundamento o de antecedente a realidades que se dan hoy.

Basta con que actualmente las cosas sean como son, para querer alcanzar ciertos objetivos, perfectamente legítimos y quizá hasta convenientes para todos. No tiene sentido, y, además, suele originar problemas graves, reinventar el pasado en función de lo que parezca necesario para alcanzar determinadas metas en el futuro.

La distancia temporal, la espacial, y la del profano como crítico literario, permitieron a Pabón valorar la obra de Verdaguer como simple lector no catalán, «al margen de doctrinas estéticas y de clasificaciones». La independencia «de tiempo y lugar» esperaba que pudiera permitirle juzgar «lo que llega y queda, actual y totalmente», al lector no catalán. No se detuvo Pabón a valorar la parte de la obra destinada a rezos y a cantos religiosos populares, cuyo significado cuenta sólo para conocer la vida de Verdaguer.

Los grandes poemas épicos los consideró inmersos en la Renaixença. Además de esto, Pabón reconoce en toda la obra de Verdaguer una poesía que se adueña del lector «total y definitivamente, más allá de cualquier circunstancia de tiempo y de lugar». Esa obra poética que, para Pabón, venciendo el tiempo, ocupa un puesto de honor en el cielo de la mejor poesía española.

Pabón se detuvo en presentar algunos de los versos que dedicó Verdaguer a la historia de España y a cantar sus glorias. En las palabras preliminares escritas ahora para la reimpresión de El drama de Mosén Jacinto, se considera estigma que, en el capítulo del libro titulado «Mosén Jacinto, desde lejos», además de hacer la síntesis de la vida del eclesiástico-escritor, aludiese el autor a los grandes poemas épicos de Verdaguer tan vinculados a la «resurrección de la lengua catalana» en ese momento de desánimo que coincidió con los años finales del siglo XIX, últimos también de la vida del poeta. Pabón vio en Verdaguer el «último de los grandes poetas en la fe inquebrantable respecto al pasado y al futuro de España; la última voz que cantó sus glorias y alentó sus esperanzas; el más sincero en la piedad por la desgracia patria y en la plegaria de una creencia intacta». Pabón no trató de hacer seleccionar los rezos y los cantos que Verdaguer dedicó a España, por lo que reconoce que las referencias ocasionales no podían sustituir la conveniente acción antológica.

Manuscrito original de Jacinto Verdaguer (Pulse sobre la imagen para verla ampliada)La catalanidad de Verdaguer —como la de Joan Maragall— era compatible con su españolidad a toda prueba: «... bon fill d’Espanya, treballarè per ella, esperant que es desvetlle son adormit lleò. L’Atlàntida»; El somni d’Isabel, el canto de la Reconquista en el Canigó y tantos y tantos rezos y plegarias en los que España es protagonista le hacían merecedor, para Pabón, de que la efigie o el nombre de Verdaguer figurase en las plazas o en las calles de todos los pueblos de España. Actitud ésta difícil de admitir hoy por quienes prefieren olvidar lo que se escribió o lo que pasó cuando lo escrito o lo acontecido no coinciden con lo deseable para sostener los planteamientos que son políticamente correctos en nuestros días. Pero la realidad y la verdad son las que son y no las podemos cambiar según lo que nos convenga.

 

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