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Alfonsina Stroni

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18921892

En Sala Capriasca, un pequeño pueblo de montaña ubicado en el cantón Ticino de Suiza, nace, a las siete de la mañana de un 29 de mayo, una niña de ojos claros a quien llaman como al padre, Alfonsina. Años después Alfonsina escribirá sobre la tierra que la vio nacer: «Nací al lado de la piedra junto a la montaña, en una madrugada de primavera, cuando la tierra, después de su largo sueño, se corona nuevamente de flores. Las primeras prendas que al nacer me pusieron las hizo mi madre cantando baladas antiguas, mientras el pan casero expandía en la antigua casa su familiar perfume y mis hermanos jugaban alegremente. Me llamaron Alfonsina, nombre árabe que quiere decir ‘dispuesta a todo’». (Según explica el investigador Carlos Alberto Andreola, en realidad su nombre deriva del germánico Adelfus, o sea adal, que significa ‘estirpe noble’ y funs ‘listo, preparado’. De ahí
que, al referirse a su propio nombre, Alfonsina dijera que significaba ‘dispuesta a todo’.)

El matrimonio compuesto por Alfonso Storni y Paulina Martignoni se había trasladado con sus padres y sus dos hermanos mayores, María y Romero, a la casa de unos familiares en el cantón Ticino, procedentes de Argentina, el año anterior del nacimiento de Alfonsina. Alfonso Storni, originario de Luggagia, había emigrado a este país americano en 1883 para establecer, junto a tres hermanos, un negocio familiar en la ciudad de San Juan. En pocos años se habían convertido en prósperos pioneros, primero dedicándose al negocio de la construcción y luego consolidando su posición económica gracias a la instalación de la primera fábrica de soda de la provincia, la misma que más adelante también elaborará hielo y cerveza. En 1885, Alfonso Storni, de veintiocho años, había viajado a su tierra natal con el propósito de contraer matrimonio, y el 16 de octubre del año siguiente se casó, en el pueblo de Origlio, con Pasqualina (Paulina) Martignoni, de veinte años. Alfonso era un hombre bien parecido y rodeado de cierto prestigio a raíz de su éxito en América. Por su parte, Paulina, originaria de Lugano, era una hermosa joven perteneciente a una familia burguesa e ilustrada y a quien sus padres le habían brindado una esmerada educación: pintaba al óleo y a la acuarela, tenía un título de maestra, era una buena lectora y manejaba a la perfección el francés y el italiano. También había recibido clases de música y canto y poseía una agradable voz de soprano. Al poco tiempo de casarse, la pareja se había embarcado hacia América para establecerse en San Juan. Allí, Paulina se había convertido en el centro de atención de la sociedad sanjuanina gracias a las tertulias que el matrimonio acostumbraba a celebrar y a la que asistían los personajes más conocidos de la ciudad, entre ellos artistas y políticos. Durante las reuniones, Paulina solía entonar arias y cavatinas acompañada de un piano de cola que su marido le había obsequiado. Cuenta la leyenda que entre sus amigos llegó a ser conocida como «la pequeña Patti», en honor a la célebre soprano de la segunda mitad del siglo XIX, Adelina Patti. Además, Paulina escribía —en francés e italiano— crónicas sociales para periódicos y revistas locales. En 1887, había nacido María y, al año siguiente, Romeo. Sin embargo, estos años venturosos —en los que Paulina era feliz dedicándose a su familia, a organizar las animadas tertulias y a renovar su vestuario—, pronto terminaron. Hacia 1890, Alfonso había empezado a padecer de una honda melancolía y poco a poco fue descuidando su trabajo en la fábrica. Sombrío y huraño, empezó a beber con mayor frecuencia. En esos años se ausentaba durante días enteros del hogar y se internaba en la selva con la excusa de ir a cazar o de buscar unas minas de plata. Años después, Alfonsina, que aún no había nacido, evocará este episodio familiar después de haberlo escuchado relatar por sus hermanos o su madre: «De mi padre se cuenta que de caza partía...». Paulina, preocupada por el estado anímico de su marido, había consultado con el médico, quien le recomendó un viaje con la familia a la tierra natal; opinaba que el clima de San Juan, que cambia de un momento a otro a temperaturas extremas, había afectado la salud de Alfonso. De esta forma, en 1890, los Storni se habían embarcado para regresar a Suiza, donde permanecerían seis años. Es entonces cuando Alfonsina llega al mundo, ya con un ambiente familiar poco brillante.

18961896

Los Storni deciden regresar a San Juan y en agosto zarpan de Génova rumbo a Argentina. Alfonsina tiene cuatro años, la edad suficiente para que el italiano se haya arraigado como su lengua materna. Al llegar a San Juan, sus padres se enteran que el estado de las finanzas de la fábrica se acerca a la bancarrota.

18971897

En febrero, Alfonsina ingresa como alumna en el jardín de infantes de la Escuela Normal de San Juan, al que asistirá durante tres años. Allí participa en las fiestas infantiles durante las cuales declama, canta, baila y representa comedias junto a sus compañeras. Sus familiares la recuerdan como una niña vivaz y despierta, con una rica imaginación, tal y como lo demuestran algunos recuerdos de la propia autora: «Estoy en San Juan; tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causa en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta. A los seis años robo con premeditación y alevosía el texto de lectura en que aprendí a leer. Mi madre está muy enferma en cama; mi padre, perdido en sus vapores. Pido un peso nacional para comprar el libro. Nadie me hace caso. Reprimendas de la maestra. Mis compañeras van a la carrera en su aprendizaje. Me decido. A una cuadra de la escuela normal a la que concurro, hay una librería; entro y pido: El nene. El dependiente me lo entrega; entonces solicito otro libro, cuyo nombre invento. Sorpresa. Le indico al vendedor que lo he visto en la trastienda. Entra a buscarlo y le grito: “Allí le dejo el peso”, y salgo volando hacia la escuela. A la media hora las sombras negras, en el corredor, de la directora y de aquél, encogen mi corazoncillo. Niego, lloro, digo que dejé el peso en el mostrador; recalco que había otros niños en el negocio. En mi casa nadie atiende reclamos y me quedo con lo pirateado».

18981898

El 28 de agosto, nace Hildo Alberto, último hijo del matrimonio Storni. Alfonsina, quien le lleva seis años, se encariña maternalmente de su hermano pequeño: le cambia los pañales, le enseña pacientemente a caminar. Hildo se convertirá en su primer confidente literario.

19001900

Las finanzas de Alfonso y Paulina llegan al tope de la ruina por lo que en agosto de 1900 deciden mudarse al puerto de Rosario (Santa Fe), en busca de nuevas oportunidades. Allí alquilan una modesta casa, oscura y con paredes enmohecidas.

19011901

Alfonso abre, cerca de la estación de Sunchales, un café que, sin embargo, para marzo del 1901, debe subastar por falta de recursos. La situación económica de Alfonso es tan desesperada e inestable que Alfonsina debe abandonar sus estudios en abril de ese mismo año. Para mantener a la familia, Paulina abre una escuela particular en la casa donde habitan y logra reunir a cincuenta alumnos.

19021902

En julio, Alfonso, quien todavía sufre ataques depresivos, intenta una vez más llevar a cabo otra aventura comercial. Abre un negocio en la calle Mendoza al que llamará Café Suizo, pero este proyecto tan sólo durará tres meses. Deprimido y vencido, Alfonso se encierra por completo en sí mismo y se deja arrastrar por una profunda melancolía. La familia se muda a una casa aún más pequeña y oscura.

En ese ambiente de inestabilidad familiar, Alfonsina recurre a una táctica infantil para suplir las carencias afectivas y evadir la triste realidad: perfecciona el arte de mentir: «A los ocho, nueve y diez años miento desaforadamente: crímenes, incendios, robos, que no aparecen jamás en las noticias policiales. Soy una bomba cargada de noticias espeluznantes; vivo corrida por mis propios embustes, alquitranada en ellos; meto a mi familia en líos... Trabo y destrabo; el aire se hace irrespirable; la propia exuberancia de mis mentiras me salva. En la raya de los catorce años abandono».

19031903

A partir de 1903, Paulina se vio obligada a tomar las riendas de la familia; primero se empleó en una fábrica de cigarrillos y, más adelante, como dependienta en varias tiendas. Finalmente decide realizar labores de costura por encargo, una de las actividades a las que las mujeres de la época solían recurrir para ganarse la vida de forma honrada. María y Alfonsina ayudan a su madre en esta tarea que les proporciona dinero solo para sobrevivir; suelen trabajar más de doce horas y a menudo cosen hasta entrada la madrugada. Cuando en 1905 María se case con un comerciante, Alfonsina deberá esforzarse el doble para ayudar a Paulina a cumplir con todos los encargos. Más adelante Alfonsina describirá esos años de arduo trabajo: «Te enrojeció los ojos la costura, /... / Corva la espalda, firme la paciencia, / El pan escaso en mala pieza oscura» («A una premiada»).

En este entorno de pobreza, Alfonsina escribe su primer poema: «A los doce años escribo mi primer verso. Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso; a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce. Desde entonces los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan».

19061906

En el mes de agosto, muere Alfonso Storni. Alfonsina tiene catorce años y decide que quiere trabajar fuera de casa: se emplea como aprendiz en una fábrica de gorras. Pronto se convierte en una de las empleadas más populares gracias a su humor chispeante. Allí se solidariza con la situación de la clase obrera y empieza a participar en movimientos que reclaman transformaciones laborales y sociales.

19071907

Por una casualidad, obtiene el papel de San Juan Evangelista en una obra de teatro presentada por la compañía de Manuel Cordero durante la Semana Santa. Paulina también participa en la misma obra con el papel de María Magdalena. A partir de entonces, madre e hija actúan de manera esporádica en varias representaciones modestas de pequeñas compañías teatrales.

19081908

En marzo, Alfonsina, quien esta a punto de cumplir dieciséis años, es seleccionada como actriz por la compañía del actor español José Tallaví. Así, participa en una gira que la lleva durante cinco meses por varios puntos del país donde representan obras como Espectros, de Henrik Ibsen; La loca de la casa, de Benito Pérez Galdós; Los muertos, de Florencio Sánchez y El místico, de Santiago Rusiñol. Sin embargo, Alfonsina pronto comenzó a sentirse incómoda y nerviosa: «... casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos». Se dice que cuando la compañía actuaba en Mendoza, en la sede de la Sociedad Italiana, el representante de esta asociación comenzó a acecharla obsesivamente. Cuando Talleví se enteró de la situación salió en la defensa de la muchacha e incluso se dio la intervención del juez de menores. Así, aunque la situación cesó, Alfonsina ya no se sentía dueña de su intimidad y tuvo que cambiar el compañerismo por la soledad de una habitación de hotel.

Estas y otras razones —se había aburrido de la vida en caravana—, pesaron lo suficiente para que Alfonsina dejara el teatro. Sin embargo, allí aprendió muchos de los secretos de la actuación que años después ella pondrá en práctica cuando le otorguen una cátedra en el Teatro Infantil Labardén.

En agosto, Alfonsina regresa a la casa de su madre, que en ese momento reside en el pequeño pueblo santafecino de Bustinza, junto a su segundo esposo, Juan Perelli.

19091909

Alfonsina se marcha a Coronda para estudiar en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales. Allí alquila una habitación —que comparte con otras dos muchachas— en la casa de la señora Mercedes Gervasoni de Venturini, esposa del comisario del pueblo y hermana de la directora de la escuela. Para pagar sus estudios y los gastos cotidianos, Alfonsina trabaja como celadora en la misma escuela recibiendo una paga de cuarenta pesos mensuales. Pero el dinero apenas le alcanza: el hospedaje completo le cuesta treinta pesos y debe estirar los diez pesos restantes a lo largo del mes. Son muchas las proezas que realiza para arreglárselas: es durante estos años cuando empieza a robar formularios de telegramas para escribir sus poemas.

Durante el primer año, Alfonsina destaca como magnífica alumna. Sus maestros pronto descubren en ella cualidades de escritora. Pero también sobresale en otros aspectos; por ejemplo, en la fiesta de fin de curso del primer año escolar, Alfonsina actúa como protagonista en la pieza de teatro Conspiradores incautos, del doctor Zenón Rodríguez. Más adelante, cuando se realicen diversas actividades en Coronda con motivo de la celebración del Centenario (1910), el boletín escolar publicará una crónica informando que la alumna maestra Alfonsina Storni, cantó una romanza «con voz dulce y sentimental».

19101910

En el segundo año escolar, Alfonsina se las ingenia para solucionar su falta de recursos: los fines de semana viaja a Rosario para cantar en un tabladillo dedicado al género cabaretero. Cuando en Coronda se enteran que actúa como corista, sufre una humillación pública durante un acto escolar. Este incidente puso a prueba por primera vez su capacidad de soportar los juicios adversos de los demás. Al llegar a casa de la señora Mercedes, Alfonsina se encierra en su habitación y no se la escucha salir durante varias horas. A la hora de la cena, cuando Mercedes llama varias veces a la puerta para que baje a comer, Alfonsina no responde. Decide entrar a su habitación pero se encuentra con su cama vacía y una nota que dice: «Después de lo ocurrido, no tengo ánimo para seguir viviendo. Alfonsina». Todos se alarman y salen a buscarla a las barracas del río Paraná. Allí la encuentran, gritan su nombre y corren a hacia ella. Pero Alfonsina, con voz serena y un rostro entero y digno, les dice: «No pasar más cuidado. Continuaré viviendo. Reaccioné».

A finales de ese año recibe su diploma de maestra rural.

19111911

A mediados de febrero se instala en el puerto de Rosario y trabaja como maestra en la Escuela Elemental n.º 65. Publica sus primeros poemas en las revistas locales Mundo rosarino y Monos y monadas. Allí establece una relación estrecha con el padre de su hijo, Carlos Arguimbau, un hombre casado, de apellido conocido en el medio social rosarino, mucho mayor que ella (veinticuatro años) y seguramente de personalidad interesante ya que sus biógrafos insinúan que era culto y que tenía «cierta importancia» política: llegó a ejercer el cargo de diputado provincial; también escribía artículos periodísticos y guardaba un gusto especial por la literatura. Al parecer, se habían conocido años atrás: cuando Alfonsina residía en Rosario, con su madre, una de las obras de teatro que representó la compañía de José Tallaví había sido una pieza escrita por Arguimbau, El primer idilio; y el impulsor de la creación de la escuela en la que estudió Alfonsina en Coronda, fue precisamente el diputado Arguimbau.

En Rosario, Alfonsina se involucra en diversas actividades y comienza a frecuentar los nacientes círculos intelectuales de la ciudad, donde se reúnen escritores y políticos. A estas reuniones asiste junto a Arguimbau. Allí también conoce al poeta y abogado santafecino Juan Julián Lastra, que más adelante la pondrá en contacto con escritores de Buenos Aires y se convertirá en su primera amistad literaria.

A finales de ese año, cuando descubre que está embarazada, decide marchase a Buenos Aires y asumir su condición de madre soltera.

19121912

En enero se traslada a Buenos Aires, embarazada, sola, con poco dinero y una maleta que contiene sus versos y algunos ejemplares de Rubén Darío. Se hospeda en una humilde pensión hasta que el 21 de abril nace su hijo, Alejandro Alfonso Storni. Más tarde, madre e hijo se mudan a una vivienda que comparten con un matrimonio. Para subsistir y mantener a su hijo trabaja como cajera en una farmacia y luego en la tienda A la ciudad de México. En algunas ocasiones, también realiza labores de modista. Ese año se publica su primera colaboración en Fray Mocho: «De la vida»; también comienza a colaborar en la revista Caras y Caretas.

19131913

Es contratada como «corresponsal psicológico» en la firma Freixas Hermanos, una empresa importadora de aceite de oliva. Allí trabaja en las oficinas de la planta alta del edificio, ubicadas en la calle Bartolomé Mitre 1411. Las funciones que desempeñaba son las que hoy en día llamaríamos de publicidad y marketing. No sólo debía redactar propagandas («cartas psicológicas») dirigidas a los comerciantes minoristas, sino que también determinar los tipos de mercados consumidores que existían en el país para elaborar estrategias de publicidad. Sin embargo, no le resultaba un empleo agradable, incluso le disgustaba. Pero Alfonsina trabajaba con esfuerzo y cumplía estrictamente con sus responsabilidades. Más adelante, ella describirá este ambiente de trabajo, donde se gestará precisamente su primer libro: «[...] estoy encerrada en una oficina; me acuna una canción de teclas; las mamparas de madera se levantan como diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas; el sol pasa por el techo pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran por los vanos y la campanilla del tranvía llama distante. Clavada en mi sillón, al lado de un horrible aparato para imprimir discos, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi primer libro de versos, un pésimo libro de versos. ¡Dios te libre, amigo mío, de La inquietud del rosal! Pero lo escribí para no morir».

Ese año establece amistad con Carolina Muzzilli, dirigente socialista y una de las mujeres más apreciadas en el mundo intelectual bonaerense de la época; sus inteligentes estudios sobre la situación de las mujeres y los niños obreros y su comprometida lucha social, lograron ganarse el respeto de muchos intelectuales. No es de extrañar que Alfonsina y Carolina establecieran una estrecha amistad: compartían una profunda conciencia de la situación de su clase social y se sentían identificadas. De hecho, el 4 de octubre de 1914, bajo los auspicios del periódico dirigido por Carolina, Tribuna femenina, Alfonsina recitó por primera vez sus versos en el cine-teatro Radium n.º 6, en la calle Rivadavia, durante un festival. A finales de 1916, Carolina morirá de tuberculosis.

La noche del 1 de noviembre de 1913, Alfonsina visitó por primera vez la casa del escritor socialista Manuel Ugarte, ubicada en la calle Pozos 47. Ugarte la había invitado a su residencia por medio de una carta enviada el día anterior. Eran tiempos difíciles para Ugarte pues sufría el rechazo de sus compañeros del Partido Socialista. Cuando la joven Alfonsina, de tan sólo veintiún años, lo visita esa noche, puede intuir que algo malo sucede. Al parecer, por esos días Ugarte había discutido fuertemente con el presidente del Partido Socialista, Juan B. Justo. Ugarte ya sabía, de una forma u otra, lo que en efecto sucedió: días después, el 10 de noviembre, Ugarte fue expulsado del partido y salió de su sede diciendo: «Nunca nadie podrá expulsar el socialismo de mi corazón». Alfonsina, como muchos jóvenes, era una fiel admiradora de la labor de Ugarte —quien en ese momento tiene treinta y ocho años—, y tuvo, esa noche, la sensibilidad de entrever la situación en que este se encontraba. Al día siguiente, Alfonsina le escribe una carta solidaria en la que, además, se adivina su propia madurez:

Ayer salí de su casa con una impresión de tristeza. La injusticia de su caso, la serenidad suya y la leve ironía que pude observar en Ud. han contribuido a ello... Por desgracia mía, no sé, ni quiero nunca dominar mis impulsos y por eso quiero decirle hoy, más sinceramente que ayer, que vibro con Ud. Perdóneme, ayer no lo conocía más que a través de sus libros. Yo sé que mis frases le merecerán una sonrisa protectora, pero no me importa. Su talento tiene el derecho de sonreír. Lo que puedo asegurarle es que no hay en mí ni sentimiento de ocasión ni lirismo de mujer.

Mi alma en estos momentos no tiene sexo.
Lo saluda atentamente.
Alfonsina Storni

Desde entonces, iniciaron una estrecha amistad y los unirá la noble confianza y fresca camaradería de dos buenos colegas.

 
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