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Alfonsina Stroni

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 Por Samuel Serrano


Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas.

En ese libro caudaloso de imágenes que es El agua y los sueños, Gastón Bachelard muestra la relación onírica que existe entre el viaje y la muerte, y señala cómo entre los antiguos celtas, cultura en la que el hombre al nacer estaba consagrado a uno de los cuatro elementos, se efectuaban las exequias al morir por medio del fuego, del agua, de la tierra o exponiendo los restos del difunto a la voracidad de las aves de rapiña para que fuera dispersado por los vientos y vuelto al aire, es decir, con miras a que pudiera retornar y fundirse con la naturaleza de la que provenía. Esa vinculación secreta del hombre con el universo sólo consigue ser advertida en nuestros días por esos espíritus agudos que aún miran a la muerte como una suerte de retorno al útero maternal del que provienen.

Alfonsina Storni fue uno de esos espíritus ligados a la naturaleza, que siempre se sintió atraída por el mar y sus enigmas, y ante la cercanía de la muerte decidió salir a su encuentro y fundirse con sus aguas, a las que se sabía consagrada desde siempre. En esto, seguramente, no pensaron sus allegados cuando les informaron que el cadáver de la mujer que se había hallado en las playas de Mar del Plata la mañana del 26 de octubre de 1938 correspondía a la poeta argentina porque la pena producida por la cercanía de la muerte les impedía pensar en otra cosa que no fuera su dolor, pero sus versos permitirían, poco a poco, establecer esta relación.

El encuentro de Alfonsina con el mar se produjo muy temprano, pues en su infancia tuvo que atravesar el Atlántico con su familia en 1896 desde su lejano pueblo natal de Sala Capriasca, en el cantón italiano de Suiza, para establecerse, como tantos inmigrantes europeos, en esa tierra de promisión que era la Argentina de principios del siglo XX. Pero su verdadero encuentro con el mar se produciría años más tarde, cuando siendo una niña de nueve años de edad recaló con su familia, ya arruinada, en la ciudad de Rosario, en una humilde casa frente al puerto en la que sintió los rigores de la vida y el rumor incesante de las olas, y los asoció en su imaginación en una misma entidad, como expresaría más adelante en su poema «Frente al mar»: «Oh mar, enorme mar, corazón fiero / de ritmo desigual, corazón malo, / yo soy más blanda que ese pobre palo / que se pudre en tus ondas prisionero».

Esta imagen del mar como un pudridero líquido en el que algún día nos tendremos que sumir será constante en la vida y la obra de Alfonsina, y aparecerá de forma reiterada en sus escritos, como puede verse en su poema en prosa «Diario de navegación» en el que narra las impresiones que le causó su encuentro con el mar no visto ya desde la orilla, sino sentido con toda su fuerza y poderío como tripulante del barco que la llevó de Montevideo a España en un viaje en que buscaba curarse de la angustia existencial que la acosaba:

El mar, desencontrado, se niega al barco, y forma grandes pozos verdinegros. Están hechos de ojos ahogados, transparentes, acuosos, suplicantes, teñidos de algas oscuras, estriadas de espumas hirvientes, epilépticas.

No puedo apartar los ojos de aquellos profundos valles marinos. Comprendo el origen de la vida. Desearía bajar al fondo del mar. Bajar con los ojos abiertos, caminar libre por sus cavernas, respirar su masa.

La muerte es un viaje y el viaje es una muerte, de ahí que Alfonsina no pueda dejar de ver los ojos de los ahogados en los pozos verdinegros del mar y quiera bajar a sus profundidades con los suyos muy abiertos para hundirse en su misterio y entender el origen de la vida. Morir es partir y sólo se parte animosamente cuando se sigue el curso del agua, la corriente del largo río que va a dar al gran mar de la muerte porque si es cierto, como afirma Freud, que el muerto para el inconsciente es un ausente sólo el ahogado es un muerto con el que se puede soñar indefinidamente. No ocurre lo mismo con el muerto que habita una necrópolis, para el que la tumba es todavía una morada que los vivos visitan piadosamente. Así debió de sentirlo Alfonsina durante la primera visita que realizó a Montevideo en 1920, en la que tuvo la oportunidad de conocer un cementerio erigido junto al mar en el que el mármol de las lápidas, bajo el ardiente sol del verano austral, llenaba de destellos la inmensidad del horizonte como si la blancura de la muerte y de la piedra se fundieran en un solo resplandor, creando un paisaje de desoladora belleza que le sugirió su poema «Un cementerio frente al mar»: «Decid, oh, muertos, ¿quién os puso un día / Así acostados junto al mar sonoro? // [...] Vosotros, los eternos contenidos, / No podéis más, y con esfuerzo enorme / Levantáis las cabezas de la tierra / Y en un lenguaje que ninguno entiende // Gritáis: —Venid, olas del mar, rodando, / Venid de golpe y envolvednos como / Nos envolvieron, de pasión movidos, / Brazos amantes. Estrujadnos, olas, / Movednos de este lecho donde estamos / Horizontales, viendo cómo pasan / Los mundos por el cielo, noche a noche...».

El sueño es el hermano de la muerte, esa liberación final. Pero solo los ahogados pueden soñar eternamente, solo los ahogados pueden mirar eternamente las constelaciones, ese mar de estrellas que Alfonsina persiguió con sus versos y que quiso hacer suyo hasta su postrer poema de despedida «Voy a dormir» cuando, agobiada por los sufrimientos de un cáncer terminal, decidió arrojarse a las olas de un mar turbulento para fundirse en su abrazo y continuar soñando.

 
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