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Tres escritores del Cono Sur se suicidaron en
la misma época: Horacio Quiroga, un 19 de febrero de 1937; Leopoldo
Lugones, el 18 de febrero de 1938; y Alfonsina Storni, el 25 de octubre de
ese mismo año. Sobre sus muertes se ha especulado de diversas formas. En
los fenómenos sociales y políticos, en las penas íntimas y en las
enfermedades incurables se buscó una razón que justificara tal actitud.
Pero la muerte voluntaria conlleva un interrogante que nunca se puede
desvelar del todo. Ni la carta ni la supuesta verdad confesada parecieran
contener un signo suficientemente revelador y satisfactorio frente a la
magnitud de un acto que, como dice Camus en El mito de Sísifo, «se
prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra».
Un
percance, el llamado o la comunicación que no llega, la indiferencia de un
ser amado y hasta el pequeño olvido pueden desencadenar ese pensamiento
difícil o imposible de rastrear que crea una sensación compleja,
inquietante: admitir la inutilidad del sufrimiento. Es lo que se advierte
en Alfonsina, cuya vida se expresó tanta veces en función de la muerte.
Desde la adolescencia fue acendrándose en su interior un sentido trágico.
A cada leve incidente de su itinerario vital le anteponía decisiones de
autoeliminación. Aunque, más tarde, cuando inicia su proceso creativo, la
muerte deja de ser la antítesis de la vida para formar parte de ella.
La
vida, al fin de cuentas, dirá en Languidez (1920), se mide por la
muerte. Y es sólo y nada menos que eso: un espacio de tiempo que decide
sobre la existencia. Sin embargo, los desastres personales la llevan una y
otra vez a pedir el refugio de la nada. En su poesía, la que compone una
primera etapa de versos que oscilan entre el romanticismo exacerbado y el
postmodernismo, la vida se le presenta «mala»,
«oscura», «amarga»,
«impura».
Y su reclamo es el descanso de la muerte a la que imagina «bella»,
«blanca»
y «justiciera», según reflejan sus poemarios El dulce daño (1918) e
Irremediablemente (1919).
Pero
aun en los momentos más extremos, cuando su ethos individual sufre
una fractura y sus versos denotan un desacuerdo profundo entre el mundo y su
realidad interna, Alfonsina sabe que hay algo que la justifica y le da
sentido a su vida. Lo revela en el poema «La palabra», que dice:
«Oponer una
frase de basalto / al genio oscuro que nos desintegra». |