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Un día estaré muerta, blanca como la nieve,
dulce como los sueños en la tarde que llueve.
En 1920, Alfonsina Storni —veintiocho años— ha conocido ya adversidades e ilusiones y ha afirmado y confirmado su vocación de escritora en varios libros de versos: La inquietud del rosal, de 1916; El dulce daño, de 1918; Irremediablemente, de 1919; Languidez, de 1920; y también en algunos relatos... Estos libros de versos muestran la realidad de una poeta auténtica, en cuya creación se funden hermosa y entrañablemente poesía y verdad, la verdad profunda de un ser humano: sus anhelos, sus angustias, sus rebeldías... Como ella misma confiesa:
Soy un alma desnuda en estos versos,
alma desnuda que angustiada y sola
va dejando sus pétalos dispersos.
Y sobre la raíz, motivación y sentido de sus versos, sobre su voz de mujer manifiesta en ellos, revela también:
Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.
Uno de los poemas, el titulado «Tú me quieres blanca», perteneciente a su segundo libro, El dulce daño, alcanzará pronto notoriedad:
Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.
Algunos lectores y comentaristas relacionarán este extenso poema con otro, muy conocido, de Sor Juana Inés de la Cruz («Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis [...]»).
En 1920 también el nombre y los poemas de Alfonsina Storni han llegado a España y suscitado elogiosos comentarios. Elocuente testimonio de ello da Julio Cejador, catedrático de la Universidad denominada entonces Central, en su Historia de la Lengua y Literatura Castellana, cuyo tomo número
XIII se publica en ese mismo año 1920, y en el que se refiere con entusiasmo a la creación poética de la joven escritora argentina (aunque nacida en Suiza, en 1892), de quien dice:
[...] ha compuesto a ratos perdidos poesías extrañamente originales sobre el amor, la vida, el misterio, con gran alteza de pensamiento, vago ensueño en el idear, hondo y fino sentir, suelto, ligero, denso, vivo expresar. Poetisa de ensueños y quimeras, que se le evaporan entre las manos en cuanto logra alcanzarlas, siente y expresa el amor con ideal elevación y con sentimientos verdaderamente femeninos. Es la mujer que nos dice lo que siente como mujer, con entera sinceridad.
La alabanza hecha por Cejador es, sin duda, grande, decidida, y acaso podría sorprender, por su comprometida rotundidad en la temprana fecha de 1920. Más de ochenta años han transcurrido desde entonces y los juicios y apreciaciones del profesor siguen siendo válidos y, en el momento en que fueron formulados, supusieron la mejor bienvenida, desde España, a la obra de una nueva escritora. Además, Julio Cejador incluyó en su Historia de la Literatura muy interesantes datos y declaraciones contenidos en cartas que había recibido de la propia autora argentina. Como los siguientes:
En mi poder su gentilísima carta, tan generosa, tan optimista. Le digo que me ha hecho bien, pues sufro achaques de desconfianza hacia mí misma. De estos achaques la voluntad sale malparada: me echo a dormir, sueño. De pronto la fiebre me posee y lo olvido todo: en estos momentos produzco, publico. Y el círculo de estos hechos se prolonga sin variantes sobre la misma espiral... ¡Es que a las mujeres nos cuesta tanto esto! ¡Nos cuesta tanto la vida! Nuestra exagerada sensibilidad, el mundo complicado que nos envuelve, la desconfianza sistematizada del ambiente, aquella terrible y permanente presencia «del sexo» en toda cosa que la mujer hace para el público, todo contribuye a aplastarnos. Si logramos sostenernos en pie es gracias a una serie de razonamientos con que cortamos las malas redes que buscan envolvernos; así, pues, a tajo limpio nos mantenemos en lucha. «Es una cínica», dice uno. «Es una histérica», dice otro. Alguna voz aislada dice quedamente: «Es una heroína». En fin, todo esto es el siglo nuestro, llamado el siglo de la mujer.
Interesantes declaraciones de Alfonsina Storni estas publicadas por Cejador en 1920, que nos muestran cómo la escritora, al igual que Nora, el personaje de Ibsen, tuvo valor para dar un portazo —heroico— a un mundo que asfixiaba a muchas mujeres.
***
En la costa argentina, a unos cuatrocientos kilómetros al sur de Buenos Aires, se encuentra Mar del Plata. Es un lugar luminoso, acogedor, escenario propicio para la vida amable y despreocupada. Pero lugar también donde permanece el último y dramático recuerdo de Alfonsina Storni. Es en la playa conocida como
La Perla, donde un monumento, obra del escultor Luis Perlotti, evoca a la escritora. Está emplazado muy cerca del mar, aproximadamente frente al sitio donde ella buscó la muerte. Y surge allí, inevitable y dolorosa, la memoria del último poema que ella escribió, muy pocos días antes de su tránsito, como un anuncio definitivo del final de una vida intensa, que supo de incomprensiones, de infortunio, de angustias y desamores, de soledad. Fueron sus versos postreros, escritos allí, en Mar del Plata, bajo el título Voy a dormir:
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos encardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste:
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Estos versos los escribió en Mar del Plata, el 20 de octubre de 1938 y los envió por correo para su publicación al diario La Nación. Tres días después, sin apenas fuerzas por la enfermedad incurable que padece, dicta una carta dirigida a su hijo: «[...] Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero [...]».
Los dolores físicos, las angustias del alma, atenazan y desesperan a Alfonsina Storni. Y en la madrugada del día 25 de octubre de 1938 sale de la casa donde se aloja y se encamina hacia la cercana playa, oscura, desierta y silenciosa a esas horas. ¿Quién puede saber la postrera verdad de un suicida?... Sólo él la conoce, y se lleva consigo el secreto. Alfonsina entra en el mar como en una liberación. El río apasionado de su vida ha ido a dar en el mar, que es el morir. Su cuerpo tendrá, durante unas horas, sepultura azul.
A la mañana siguiente, unos jóvenes ven flotar un cuerpo cerca de la playa. Es sacado de las aguas, llevado a tierra en un bote y trasladado al hospital, donde alguien reconoce de quién se trata, y entonces, por tratarse de una maestra, se lleva el cuerpo a una habitación del Colegio Nacional de Mar del Plata. Allí, antes del entierro, Alfonsina Storni yace inmóvil en su última soledad, tal como había anunciado en los versos de su poema Silencio:
Un día estaré muerta, blanca como la nieve,
dulce como los sueños en la tarde que llueve.
Un día estaré muerta, fría como la piedra,
quieta como el olvido, triste como la hiedra.
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