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Alfonsina Stroni

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 Por Blas Matamoro


Tras el Modernismo, cenáculo de varones solos, aparece en Hispanoamérica una camada de escritoras en busca de su lugar dentro de la Ciudad Letrada. Alfonsina Storni, suiza de habla italiana, argentina de hecho, cuenta entre ellas. No fue guapa como la uruguaya Juana de Ibarbourou, ni chic como su paisana Victoria Ocampo, ni telúrica como la chilena Gabriela Mistral, ni de arrebatos eróticos como Delmira Agustini (otra uruguaya), ni de armario lesbiano como Teresa de la Parra, venezolana. Era feúcha, con algo de rudeza masculina en su cara y sus manos de ebanista y de poeta. No usaba joyas. Vestía de trapillo.

Su familia se arruinó y Alfonsina debió ganarse la vida en oficios variados, propios de la mujer de su tiempo: costurera, actriz de la legua, maestra rural, empleada de tienda, por fin: profesora de declamación. Se hizo socialista, se proclamó atea en público y declaró ser madre soltera. Participó en la ayuda a los huérfanos de guerra e hizo campaña a favor de la educación sexual en las escuelas. Una parte del público filisteo le volvió la espalda pero, por paradoja de la historia, se convirtió en una de las/los poetisas/poetas más populares de su país. La comunidad literaria la acogió desde siempre y se registra como la primera mujer que asiste a banquetes y tertulias de escritores en la Argentina.

Alfonsina ejerció el amor libre. Conocida es su relación con Horacio Quiroga, el cuentista de la selva. Hasta se comentan sus historias sáficas con colegas como Margarita Abella y Zulma Núñez, la Paloma de sus versos. Pero no sólo vivió estas experiencias sino, y esto es lo que pervive en el tiempo, las proclamó en sus poemas. Si bien en ellos la posición de la mujer sigue siendo la tópica del ser débil, poco reflexivo, arrebatado, que busca la protección inteligente del varón, hay una actitud que no es la convenida ni la conveniente: la mujer como sujeto activo del vínculo amoroso. La mujer que desea, que toma iniciativas eróticas, que recorre con su mirada la hermosura del cuerpo masculino y que lo dice desde su propio cuerpo. La mujer, con Alfonsina —con Juana, con Delmira, con Teresa, con Victoria— deja de ser el fantasma de sí misma y adquiere carne y hueso. Buscando en la palpitación corporal su verdad y su libertad, Alfonsina se hizo dueña de su muerte y acabó su tiempo arrojándose al mar. Allí, donde todos somos nadie, ella sigue siendo Alfonsina.

 
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