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  Por Guzmán Urrero Peña
 
La crítica senderiana alude muchas veces a esta soberbia criatura literaria, cuyo antecedente nació en la imprenta en 1953 (Mosén Millán. México D.F.: «Colección Aquelarre») y adquirió su versión definitiva en 1960 (Réquiem por un campesino español. Nueva York: Las Américas). No es para menos. Con inteligencia clara, Sender proporciona unidad formal a las contradicciones y agitaciones de la posguerra, tan a menudo viciada por el miedo, la venganza y otras catástrofes morales. Curiosamente, el relato no se mueve en una atmósfera de pesadilla. Muy al contrario, entre las intenciones del escritor hay una que proporciona esperanza: la restauración del mito que infunde belleza a los grandes gestos. Ilustración de José Luis Cano

En el protagonista de esta novela corta (Paco, el del Molino), emerge a la superficie ese héroe trágico que es modelo de autenticidad y pureza, acogido —custodiado— en la memoria popular como protagonista de un romance y eje de la conciencia de quienes lo asesinaron. Claro que, a la hora de plasmar la perspectiva de vencedores y vencidos, Sender evita la inmediatez sensible, y obliga a su narrador a mirar cada cosa desde una distancia prudente, contaminada en los intersticios de memoria y sentimiento. No en vano, esta representación de la vida rural (casi etnográfica en su escrutinio) responde a un plan admirable: mostrar cómo luchan los lugareños con el recuerdo de un hombre digno, un hombre que es la perfecta antítesis de sus adversarios, nada hospitalarios para esa clase de ideas que tienen que ver con la libertad individual.

Siguiendo una táctica que no elude las referencias religiosas (la traición de Judas sobrevuela el texto), Sender modela su historia con sencillez estructural, y esa economía narrativa viene a contrastar con la frondosa riqueza de un relato que, sin mencionar la guerra civil, es uno de sus más acabados reflejos. Lo confirma Patricia McDermott en esta admirable definición que tomamos de «Réquiem por un campesino español: summa narrativa de Ramón J. Sender». A su juicio, éste «es un cantar a la inversa la leyenda de la historia de la España de los vencedores para vindicar la intrahistoria de los vencidos. La summa histórica de la España castrense desde las guerras púnicas hasta la nueva cruzada se condensa en los nombres de los pudientes Valeriano, Gumersindo y Cástulo y del cura mosén Millán, con su siniestra reminiscencia del general Millán Astray —“¡Muera la inteligencia!”— en su enfrentamiento en 1936 con Unamuno —“Venceréis pero no convenceréis”—; mientras el nombre familiar de Paco refleja la condición de la España colonial y de una España ilustrada que pudo ser —Cabarrús y Goya— y un cristianismo primitivo que opta por los pobres —san Francisco de Asís— en oposición a los valores nacional-católicos del caudillismo triunfante» (en Ara Torralba y Gil Encabo, eds., El lugar de Sender, p. 379).

Un ejemplo de esta sugestión, resumen de dos Españas en pugna, es el modo en que Mosén Millán rememora la vida de Paco. Fragmentariamente, como si hubiera algo en la esencia del pasado que su conciencia suprimiese, el sacerdote construye la imagen de aquél a quien delató con fatales consecuencias. Poco a poco, el lector advierte la grave responsabilidad del cura, al tiempo que descubre el frondoso recuerdo de Paco en nuevos matices y tonos, escuchando a los demás personajes (La Jerónima, Águeda, el padre de Paco, el monaguillo y los tres asistentes al réquiem, don Valeriano, don Gumersindo y don Cástulo). En definitiva, queda de manifiesto que la tersura narrativa encubre complejidad, fragmentación, ambigüedad; acciones disolventes de la memoria que, por paradoja, sirven para desatar los nudos de un crimen esencial para entender la deriva de esa comunidad.

Es verdad que la figura de Paco se mantiene enhiesta entre el dolor y la ruina. Incluso a nivel simbólico, su caballo perfecciona la evocación de la tragedia frente a los poderosos. Pero es Mosén Millán el personaje que se agiganta en el centro de ese microcosmos, no sólo por la magnitud de su imprudencia sino por su cometido en el teatro sagrado que ha de señalar esa culpa de una vez por todas: la misa de réquiem. Una ceremonia estremecedora, en cuya formulación se pone de manifiesto la miseria de una España culpable y dividida.

 
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