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| Si la palabra memoria repercute
en muy variados órdenes literarios, y en todos ellos deja tras de sí las huellas de sus
pasos, a nadie se le oculta que Sender tiene mayor vigor cuando conmemora en sus páginas
el pasado. Y así como Borges defiende que todo libro es una confesión, no es raro que el
aragonés proceda muchas veces ocultándose tras sus personajes, hablando por su boca como
un ventrílocuo haría con su marioneta. Luego ya se ha dicho más de una vez
ordena, aumenta o mengua su anecdotario para someterlo al troquel novelesco, y de ese modo
convierte la proyección biográfica en literatura. |
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Memoria y narración acaban siendo una misma cosa
para un lector que también es confidente, sobre todo si atendemos al denso ciclo
narrativo de Crónica del alba (1942-1966), donde el personaje Pepe Garcés,
prisionero en el campo de Argelés, se puede equiparar a su creador por dos de sus
propiedades, a saber, la puramente sensible y que casi irradia emotividad, y la que
cabría llamar circunstancial, armonizada en los mismos paisajes donde se resolvió la
vida de Sender. Después de las comparaciones, no ha de extrañar que diversos estudiosos
hayan insistido en considerar el ciclo como una crónica (también periodística) alta por
su calidad narrativa y noble por su certeza autobiográfica, más aún cuando la
mistificación se entrelaza con la sinceridad. En esta línea, la presencia en la trama
del mismo escritor (albacea de Garcés y personaje al cabo) no hace sino complicar
gozosamente un juego de espejos en cuyos brillos y refracciones va perfilándose la
España contemporánea en su atmósfera y episodios.
Desde el periodo anterior a la guerra civil hasta
el estallido de ésta, la existencia de José Garcés se sostiene lo largo de nueve libros
(tres tomos), a saber: Crónica del alba, Hipogrifo violento, La Quinta
Julieta, El mancebo y los héroes, La onza de oro, Los niveles del
existir, Los términos del presagio, La orilla donde los locos sonríen y
La vida comienza ahora. De todos ellos, resulta especialmente hermoso el tramo que
comprende la infancia aragonesa del protagonista y su amor por Valentina. Así lo pone de
manifiesto Francisco Carrasquer en su artículo «Sender por sí mismo», donde escribe lo
siguiente: «Pues lo que es por falta de memoria y amor no quedará la patria (chica) de
Sender, porque la ha memorizado con muchos cientos de páginas y la ha amado como nadie a
través de su madre implícitamente y muy explícitamente por mor de Valentina, de la que
hace en su primer tomo de Crónica del alba una joya literaria luciendo en un
joyero cuasi biográfico de una poesía penetrante y conmovedora» (Sender en su siglo,
p. 281).
Resuelta en la página escrita, la incorregible
barbarie del hombre cobra fuerza a medida que avanza el relato. Sobre esa imagen amarga,
el narrador ideado por Sender evoluciona con serena melancolía, perspectiva ideológica y
primorosa fusión de inteligencia y apasionamiento. Aunque respetuoso con la claridad
formal, el escritor sabe cuándo ha de dosificar su talento poético, y con esa energía
elabora estructuras más complejas, donde da expresión a emociones extasiadas, sensuales
y también feroces.
Por las cosas dichas puede verse cuáles son los
motores que impulsan la obra senderiana y la virtud de todas sus partes (litigio de dudas
íntimas, donde el sentido se engaña con frecuencia, y exposición ficticia y literal de
lo vivido, donde el alma literaria se ejercita en su oficio).
Usando mucha cautela en esta pista filosófica,
Juan Carlos Ara Torralba apunta nuevas razones en «Ocasión del vacío: la escritura de
Ramón J. Sender (1901-1982)». Así, el ensayista no se contenta con el trazo
impresionista y define el influjo dominante en la doctrina novelesca del aragonés: «En
la pertinaz persecución del sentido, del espacio vacío e inefable, Sender
ciertamente el primer fugitivo de su misma escritura, evadido imposible de la
memoria encontró su lugar, que no fue otro que la propia literatura, la
persistencia redundante. Era su modo de tratarse de retratarse, un tantico
tozudo y un mucho de solitario obcecado, tal como él mismo trataba a sus protagonistas.
Por ello es fácil percibir en la literatura senderiana, al quite de pocas páginas, una
especie de impaciencia por la revelación» (Cuadernos Hispanoamericanos, núm.
612, p. 118). |