|
|
Un centenario supone recordar la individualidad
irrepetible de un ser humano pero sólo tiene auténtico sentido si, a la vez, pone en pie
a una época. En el primer año del siglo XXI, el centenario de Ramón J. Sender implica, de inmediato,
varias de las dimensiones más sustantivas de la literatura del siglo XX. Y su
situación central en tal constelación de problemas nos da la proporción exacta de su
importancia, mucho mayor, sin duda, de la que se le viene otorgando hasta ahora.En primer lugar, Sender es un escritor del exilio español
de 1939: una experiencia literaria en la que se juntaron el desarraigo personal y la
voluntad de seguir fiel a una lengua y a unos temas. Pocos escritores ejemplificaron como
él tal escisión: seguir escribiendo sobre España, pero conscientes de que lo
hacían para un público más imaginario que real.
En segundo
lugar, la evolución ideológica de Sender reprodujo fielmente la de muchos escritores
comprometidos del siglo pasado y por eso nos resultan tan familiares sus personajes: un
inicial descubrimiento de la revolución, identificada con el anarquismo, dio paso a la
militancia comunista cuando, a la altura de los años treinta, el movimiento de la Tercera
Internacional parecía sumar la fuerza de la utopía a la precisión de la disciplina,
pero el desengaño lo condujo a un anticomunismo militante que, no obstante, es compatible
con un irrenunciable deseo de renovación humanista. En tal sentido, su denuncia de la
injusticia es tan viva cuando escribe Imán, al inicio de su carrera, que cuando
firma El lugar de un hombre, al comienzo de su exilio, o El fugitivo, al
final de sus días.
En tercer término, la vida moral de Sender
como la de tantos escritores de su siglo estuvo presidida por la búsqueda de
la inocencia y la obsesión de la culpabilidad. Si describió a menudo la violencia
colectiva y la ambigüedad
o incluso la abyección moral del individuo (pensemos en novelas como Epitalamio del
Prieto Trinidad, La esfera, El verdugo afable o en relatos históricos
como Bizancio y Las criaturas saturnianas) fue precisamente para realzar el
valor de la inocencia añorada. Y si prefirió los instintos a la razón, lo que él
llamó «lo ganglionar», a las formas de pensamiento discursivo, fue porque creyó que la
libertad y
la ausencia de culpa estaban más cerca del sentimiento que del raciocinio.
Por eso también en cuarto lugar,
Sender fue un escritor volcado sobre su infancia, esa patria común de todos los hombres
(como evocó la conocida frase de Rilke): también en tal sentido nuestro escritor
reconoce a muchos hermanos en las mejores páginas de la literatura contemporánea. Y esta
dimensión recorre su obra desde la inmarcesible Crónica del alba, a su postrera
miscelánea de sueños y recuerdos Monte Odina. |
 |
Nadie ha podido, pues, rebatir a Sender su instalación en lo más vivo del testimonio
literario de una centuria. Tiende a reprochársele, sus reiteraciones, su descuido, la
endeblez de su preparación ideológica. Fue, sin duda, un escritor más extenso que
intenso. Y, a fuer de partidario de la intuición, corrigió menos de lo que decía y
debiera haber corregido. En una época marcada por el signo de lo lírico, tuvo mucho de
poeta: no sólo por haber escrito los sonetos y canciones de Las imágenes migratorias
y por haber salpicado sus novelas de poemas coplas populares o composiciones más
complejas sino por haber concebido muchos personajes como símbolos, muchas acciones
como misterios y muchos paisajes como formas de magia. Y en un tiempo de dialéctica y
paradojas, su narrativa rozó varias veces la expresión dramática de los conflictos: su
teatro y sus formas parateatrales merecen más atención de la que se les otorga. Su
literatura arrancó del expresionismo inicial y llega a una forma similar al realismo
mágico. Debió mucho a Pío Baroja narrar con eficacia y yendo al grano pero
más todavía a Valle-Inclán: de él heredó la mezcla de piedad y horror y cierta
tendencia a la caricatura trágica.  Pero también dejaron huella en su obra escritores a los
que leyó de joven Dostoievski y otros que admiró e incluso trató en su
etapa de exilio: Franz Kafka, Albert Camus, Ernest Hemingway, D. H. Lawrence... Y se
empeñó, por razón de su nacimiento, en sentirse unido a Baltasar Gracián, el
conceptista, y a Goya, el pintor de la crueldad y el caos. Fue muy localista se
definía como aragonés, de un Aragón pirenaico y heroico, nada baturro por cierto
y, a la vez, muy universal. Y fue, sobre todo, un ser solitario y contradictorio: quizá
las dos formas más típicas de la existencia en el siglo XX.
* Comisario de los actos
celebrados por el Gobierno de Aragón con motivo del Centenario de Ramón J. Sender. |
|
|
|

| Sender |
| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |
| Enviar comentarios |
Centro
Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), 2001-. Reservados todos los derechos.
|
|