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Por José-Carlos Mainer*


Primer plano. Sin fecha precisaUn centenario supone recordar la individualidad irrepetible de un ser humano pero sólo tiene auténtico sentido si, a la vez, pone en pie a una época. En el primer año del siglo XXI, el centenario de Ramón J. Sender implica, de inmediato, varias de las dimensiones más sustantivas de la literatura del siglo XX. Y su situación central en tal constelación de problemas nos da la proporción exacta de su importancia, mucho mayor, sin duda, de la que se le viene otorgando hasta ahora.

En primer lugar, Sender es un escritor del exilio español de 1939: una experiencia literaria en la que se juntaron el desarraigo personal y la voluntad de seguir fiel a una lengua y a unos temas. Pocos escritores ejemplificaron como él  tal escisión: seguir escribiendo sobre España, pero conscientes de que lo hacían para un público más imaginario que real.

Sender en 1940En segundo lugar, la evolución ideológica de Sender reprodujo fielmente la de muchos escritores comprometidos del siglo pasado y por eso nos resultan tan familiares sus personajes: un inicial descubrimiento de la revolución, identificada con el anarquismo, dio paso a la militancia comunista cuando, a la altura de los años treinta, el movimiento de la Tercera Internacional parecía sumar la fuerza de la utopía a la precisión de la disciplina, pero el desengaño lo condujo a un anticomunismo militante que, no obstante, es compatible con un irrenunciable deseo de renovación humanista. En tal sentido, su denuncia de la injusticia es tan viva cuando escribe Imán, al inicio de su carrera, que cuando firma El lugar de un hombre, al comienzo de su exilio, o El fugitivo, al final de sus días.

Retrato de Sender (1949)En tercer término, la vida moral de Sender
—como la de tantos escritores de su siglo— estuvo presidida por la búsqueda de la inocencia y la obsesión de la culpabilidad. Si describió a menudo la violencia colectiva y la ambigüedad
o incluso la abyección moral del individuo (pensemos en novelas como Epitalamio del Prieto Trinidad, La esfera, El verdugo afable o en relatos históricos como Bizancio y Las criaturas saturnianas) fue precisamente para realzar el valor de la inocencia añorada. Y si prefirió los instintos a la razón, lo que él llamó «lo ganglionar», a las formas de pensamiento discursivo, fue porque creyó que la libertad y
la ausencia de culpa estaban más cerca del sentimiento que del raciocinio.

Por eso también —en cuarto lugar—, Sender fue un escritor volcado sobre su infancia, esa patria común de todos los hombres (como evocó la conocida frase de Rilke): también en tal sentido nuestro escritor reconoce a muchos hermanos en las mejores páginas de la literatura contemporánea. Y esta dimensión recorre su obra desde la inmarcesible Crónica del alba, a su postrera miscelánea de sueños y recuerdos Monte Odina.


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Nadie ha podido, pues, rebatir a Sender su instalación en lo más vivo del testimonio literario de una centuria. Tiende a reprochársele, sus reiteraciones, su descuido, la endeblez de su preparación ideológica. Fue, sin duda, un escritor más extenso que intenso. Y, a fuer de partidario de la intuición, corrigió menos de lo que decía y debiera haber corregido. En una época marcada por el signo de lo lírico, tuvo mucho de poeta: no sólo por haber escrito los sonetos y canciones de Las imágenes migratorias y por haber salpicado sus novelas de poemas —coplas populares o composiciones más complejas— sino por haber concebido muchos personajes como símbolos, muchas acciones como misterios y muchos paisajes como formas de magia. Y en un tiempo de dialéctica y paradojas, su narrativa rozó varias veces la expresión dramática de los conflictos: su teatro y sus formas parateatrales merecen más atención de la que se les otorga. Su literatura arrancó del expresionismo inicial y llega a una forma similar al realismo mágico. Debió mucho a Pío Baroja —narrar con eficacia y yendo al grano— pero más todavía a Valle-Inclán: de él heredó la mezcla de piedad y horror y cierta tendencia a la caricatura trágica. En Tarragona en 1976

Pero también dejaron huella en su obra escritores a los que leyó de joven —Dostoievski— y otros que admiró e incluso trató en su etapa de exilio: Franz Kafka, Albert Camus, Ernest Hemingway, D. H. Lawrence... Y se empeñó, por razón de su nacimiento, en sentirse unido a Baltasar Gracián, el conceptista, y a Goya, el pintor de la crueldad y el caos. Fue muy localista —se definía como aragonés, de un Aragón pirenaico y heroico, nada baturro por cierto— y, a la vez, muy universal. Y fue, sobre todo, un ser solitario y contradictorio: quizá las dos formas más típicas de la existencia en el siglo XX.

* Comisario de los actos celebrados por el Gobierno de Aragón con motivo del Centenario de Ramón J. Sender.

 
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