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En todo caso,
siendo considerada Zaragoza como la ciudad más visigótica de España, es bueno recordar
que Carlomagno destruyó algunos de esos pilares y consagró otros al culto cristiano como
el de la Catedral de Hildesheim, que fue sacado de Eresburg, en Wesfalia, por Luis el
Piadoso (hijo de Carlomagno). Hoy se exhibe como base de un enorme candelabro. El profesor
Ch. Piot, en su libro Observations sur le Perron de Liège, dice que todavía
muchas personas «juran hoy por esas columnas» a las que atribuyen poderes mágicos
independientemente del culto católico. Una transferencia del paganismo primitivo.
Si todos esos datos pueden ser relacionados con
la Virgen del Pilar, podría ser que Carlomagno o su hijo el fraile Luis regalaran ese
pilar sagrado a Zaragoza en los siglos VIII o IX. En ese caso habría sobre nuestra querida imagen una
serie de hechos históricos de veras excepcionales, muy compatibles con las leyendas
religiosas y con cualquier forma de inocente devoción y de emoción nostálgica. Yo
confieso que soy cristiano «a mi manera», como suele serlo cada español, y que respeto
profundamente el catolicismo si no tiene pretensiones frívolas de politiquería. Esas
frivolidades suelen traer sangre y ya se ha vertido bastante en este siglo XX español.
Me gusta recordar que de niño fui pasado por el
camarín del Pilar y que miraba con ojos asombrados la imagen pequeña, morena (todas las
Tanit de la remota antigüedad, con sus mantos triangulares, eran casi negras, de
alabastro envejecido o de ébano), bajo las voces apocalípticas y tronitonantes del
órgano, famoso también en el mundo occidental entre los entendidos de armonías
eólicas.
Tomado de Luz C. De Watts, Veintiún
días con Sender en España,
Barcelona, Destino, págs. 94-95. |