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Abrí la ventana de mi cuarto y me asomé calculando la
distancia que la separaba del tejado y, convencido de que no podía pasar, pero no
queriendo resignarme, fui al desván y me encontré con la sorpresa de que la ventana
estaba abierta. Parece que mi madre había hecho desclavarla para ventilar la parte del
desván que estaba destinada a las tinajas de compotas y mermeladas. Con los gemelos en
bandolera salí al tejado y me instalé contra la chimenea. Comenzaba la puesta del sol.
Un grillo se oía lejos. Me acordé de los que dejamos en el jardín de don Arturo y miré
a mi alrededor. No había ningún gato, pero en cambio los pájaros se acercaban a sus
albergues para dormir, con la algarabía de todos los días. Algunos gorriones se
acercaban al agujero que aquí y allá habían dejado en el muro las vigas de la
construcción y eran expulsados escandalosamente por otros que salían a defender su
hogar. La tarde caía en un silencio impresionante. Todo era dulce y amarillo. Detrás del
torreón de las monjas el cielo se llenaba de nimbos. Valentina marchaba camino de su casa
y yo la imaginaba muy modosita acompañando a su madre, pero pensando en mí. Me sucedía
lo que había de sucederme siempre en la vida cuando tenía una sensación placentera de
mí mismo. Desaparecían las perspectivas, se disolvía también el pasado en una niebla
confusa y no quedaba más que el presente.
Tomado de «Aquí comienza la
llamada Crónica del alba»,
Crónica del alba, tomo I, Madrid, Alianza Editorial, 1982, págs. 82-83. |