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Así pues, mantenemos en lo grave y lo ligero nuestra
individualidad a fuerza y a costa a veces de algunas incomodidades. Preferimos seguir
siendo quienes somos a dejarnos influir de un modo bastardo por personas que nos ofrecen
un poco de bienestar físico. De esto hay ejemplos también dentro de España a veces muy
cómicos. Yo recuerdo un viaje que hice a Sevilla, hace ya mucho tiempo (lo primero que
hace un hombre en España cuando llega a cualquier ciudad que no conoce, como ustedes
recuerdan, es sentarse en la terraza de un café y hacerse limpiar los zapatos). Un
limpiabotas con quien hablaba en la calle de las Sierpes me decía que tenía bastante
clientela. ¿Y quiénes son los mejores?, preguntaba yo. ¿Los turistas? Pues son los que
pagan mejor. Yo le decía: Pero también habrá turistas que querrán convencerle a usted
de algo, políticamente o religiosamente. Si, sí, señor, hay unas señoras que llevan
una biblia debajo del brazo y que hablan de unas cosas muy raras que llaman adventismo,
protestantismo y me quieren convencer; pero yo, que no creo en el catolicismo, que es la
única verdadera religión del mundo, ¿cómo voy a creer en el protestantismo?
Somos diferentes en todo, es verdad.
Tomado de Luz C. De Watts, Veintiún
días con Sender en España,
Barcelona, Destino, 1976, págs 65-66. |