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Cuando
fui a Marruecos había leído tanto sobre aquel sombrío y árido país y sobre las
condiciones de la vida militar en las colonias que no me sorprendió nada en absoluto.
Encontré allí en el mismo regimiento al Ramón I, escritor y farmacéutico,
que era suboficial e iba a licenciarse al ascender a alférez. Los dos habíamos leído
«Imán», de Sender, que no nos disgustó.
Fuimos muy amigos, y descubrí en Ramón nuevas y
grandes afinidades. Publicaba en el «Telegrama del Rif» cosas entre filosóficas y
poéticas. Estábamos él y yo y muchos otros escandalizados por la
inmoralidad en la administración del cuartel. Los seis mil hombres que lo habitaban
morían literalmente de hambre. Era una vergüenza. Ramón y yo, que teníamos algún
dinero, comíamos en las cantinas y nos defendíamos mejor o peor. No podíamos entender
que los soldados se resignaran. Yo llegué a pensar seriamente en organizar un plante,
pero Ramón me dijo: «Es inútil. Te acusarán de sedición frente al enemigo y te
fusilarán».
Los periódicos que llegaban de España nos
llamaban héroes, pero en realidad si hubiéramos tenido un átomo de valentía no
habríamos tolerado aquello.
Tomado de «Los términos del
presagio», Crónica del alba,
tomo III, Alianza Editorial, 1982, pág. 125. |