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Era
don Gaspar medio español. Afortunadamente se decía el Perú y sobre todo
Lima y Trujillo seguían siendo la reserva aristocrática de la antigua colonia española
y eso nadie lo negaba en el continente. Por su parte, los gobernantes, aunque fueran
encarnizados nacionalistas (se comprende, en el siglo siguiente al de la independencia),
no tenían demasiados prejuicios contra la Iglesia. Gloria a Dios en las alturas y paz en
la tierra a los hombres de voluntad dudosa, pero con buena intención básica. Eso
pensaban.
Esperaba, don Gaspar, halagar la vanidad nacional
peruana haciendo que la orden se pusiera bajo la advocación de Santa Rosa de Lima. No es
que el padre Gaspar no se sintiera peruano. Había nacido en Arequipa, hijo de criollos,
pero ya es sabido hasta qué extremo algunos sacerdotes, o frailes de religión, conservan
fresco el cordón umbilical con una madre de naciones que antes lo fue de monasterios y de
religiones.
Tomado de «La Quena», Relatos
fronterizos, Destino, 1972, pág. 174. |