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Ilustración de José Luis CanoEra don Gaspar medio español. Afortunadamente —se decía— el Perú y sobre todo Lima y Trujillo seguían siendo la reserva aristocrática de la antigua colonia española y eso nadie lo negaba en el continente. Por su parte, los gobernantes, aunque fueran encarnizados nacionalistas (se comprende, en el siglo siguiente al de la independencia), no tenían demasiados prejuicios contra la Iglesia. Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de voluntad dudosa, pero con buena intención básica. Eso pensaban.

Esperaba, don Gaspar, halagar la vanidad nacional peruana haciendo que la orden se pusiera bajo la advocación de Santa Rosa de Lima. No es que el padre Gaspar no se sintiera peruano. Había nacido en Arequipa, hijo de criollos, pero ya es sabido hasta qué extremo algunos sacerdotes, o frailes de religión, conservan fresco el cordón umbilical con una madre de naciones que antes lo fue de monasterios y de religiones.

Tomado de «La Quena», Relatos fronterizos, Destino, 1972, pág. 174.

 
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