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| La alta marquesina estaba abierta
por tres lados y por las tres claraboyas se veía el último sol de la tarde, amarillo y
ácido. Saila se sorprendió viendo que no era aún de noche. Había encima de aquellas
sombras de hierro y carbón nubes rizadas y rosadas. ¡Qué lejanía en ellas! ¡Y qué
dulce llevar algo aunque fuera nada más que la mirada a aquella lejanía!
Viendo pasar la gente añadía: «¡Qué necesidad de silencio y de olvido, qué necesidad
de ser menos que los demás para salvar clandestinamente cierta posible superioridad!»
Volvía a recordar sus experiencias de París. Ninguna le satisfacía, pero había una que
recordaba con placer. Anochecía en los Campos Elíseos y se sentó en un banco. Pensaba
en lo que fue, en lo que era, sin comprender nada. |
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No se amaba a sí mismo, pero sobre
los árboles había un cielo violeta como en Madrid. Y se agitaba en aquella fatalidad de
«ser sí mismo» y de tener que seguir siéndolo sin saber quién era. Veía los coches,
los ciclistas, los peatones. Un perro abandonado pasaba también con el aire de no ir a
ningún sitio. El animal alzó la cabeza con fatiga para mirar a Saila, se detuvo, siguió
mirando y por fin se acercó humildemente, dio tres vueltas sobre sí mismo y se acostó a
sus pies rozándole los zapatos.
Tomado de La esfera,
Barcelona, Destino, 1985, pág. 17. |