Centro Virtual Cervantes

Actos culturalesNombres propios

Sender

InicioEnviar comentarios


 

La alta marquesina estaba abierta por tres lados y por las tres claraboyas se veía el último sol de la tarde, amarillo y ácido. Saila se sorprendió viendo que no era aún de noche. Había encima de aquellas sombras de hierro y carbón nubes rizadas y rosadas. ¡Qué lejanía en ellas! ¡Y qué dulce llevar algo —aunque fuera nada más que la mirada— a aquella lejanía! Viendo pasar la gente añadía: «¡Qué necesidad de silencio y de olvido, qué necesidad de ser menos que los demás para salvar clandestinamente cierta posible superioridad!» Volvía a recordar sus experiencias de París. Ninguna le satisfacía, pero había una que recordaba con placer. Anochecía en los Campos Elíseos y se sentó en un banco. Pensaba en lo que fue, en lo que era, sin comprender nada. Saila en el barco que lo lleva a América. Ilustración de José Luis Cano

No se amaba a sí mismo, pero sobre los árboles había un cielo violeta como en Madrid. Y se agitaba en aquella fatalidad de «ser sí mismo» y de tener que seguir siéndolo sin saber quién era. Veía los coches, los ciclistas, los peatones. Un perro abandonado pasaba también con el aire de no ir a ningún sitio. El animal alzó la cabeza con fatiga para mirar a Saila, se detuvo, siguió mirando y por fin se acercó humildemente, dio tres vueltas sobre sí mismo y se acostó a sus pies rozándole los zapatos.

Tomado de La esfera, Barcelona, Destino, 1985, pág. 17.

 
Subir
| Exilios |

| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |

| Enviar comentarios |

Centro Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), 2001-. Reservados todos los derechos.