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Viance. Ilustración de José Luis CanoVa acercándose a Melilla; éstas son las casetas del ferrocarril, fortificadas como blocaos. Sin duda están guarnecidas por los nuestros; pero es inútil pretender entrar. Sigue rodeándolas a gran distancia. Otra serie de tiros de cañón y una columna de tierra y humo sobre la caseta. Han derribado el parapeto por un costado. Viance corre. Tiros a su espalda, hacia el mar ya lejano. Sigue corriendo fuera del camino, que a veces aparece y se oculta a la izquierda. La tierra, bajo los pies, sube, baja, oscila como el mar bajo el viento.

Una hora más y llega a las afueras de Melilla. Ve las sombras del hipódromo, tiendas de campaña agrupadas. Líneas de alambradas y trincheras, una ráfaga de ametralladora que pasa alta. Intenta dar la vuelta hacia el Real; pero las fortificaciones aumentan y el más pequeño ruido atrae los tiros de las ametralladoras. La oscuridad es más densa hacia la carretera. La ciudad está sumida en las sombras para dificultar el fuego de la artillería.

Viance, cuerpo a tierra, con la cara en un charco, quizá del agua de las ametralladoras, contiene la respiración. Luego grita. Lejos, hundida en tierra, se oye una voz indiferente y cansada: «¡Cabo de cuarto!». Transcurren diez minutos lentos, terribles. Otra voz habla desde las sombras:

—Más abajo hay un hueco sin alambrada. Entra por allí.

Tomado de Imán, Barcelona, Destino, 1988, págs. 231-232.

 
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