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Volviendo a aquellos tiempos agitados de Madrid, escribía
yo a Valentina, pero no me contestaba y yo andaba por el mundo como un alma en pena
también, aunque con toda mi felicidad secreta.
En las calles, en el Congreso, en todas partes,
la tensión social y política se hacía cada día mayor. Conseguí un empleo que no
tenía nada que ver con mi carrera: jefe de correspondencia de una compañía de seguros.
Me pagaban bien y entretanto observaba y buscaba algo mejor. Aquél fue un tiempo feliz en
mi vida, lleno de raras extravagancias. Sólo me habría faltado, para que la dicha fuera
verdadera y completa, recuperar mi relación con Valentina. Pero ausente y todo, también
me daba una clase indiscernible de gloria.
Tomado de «Los términos del
presagio», Crónica del alba,
tomo III, Madrid, Alianza Editorial, 1982, pág. 230. |