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En la urbe
sugestiona el trazado románico de la parte alta desde el Coso hasta el río y
la disposición medieval del resto. El tren y la estación son un insulto; el Casino una
blasfemia. Expliquémonos: el tren y la estación, sin estilo, sin personalidad en medio
de la gama del sensorio pictórico, de espíritu puro, desde la catedral, laborada al
rancio estilo gabacho, hasta las cien fuentes romanas de los cien manantiales, no nos
interesa. El Casino, absurdo exceso de dibujo, trabajo de principiante que todo lo
cuadricula, es una de esas cosas que no se pueden pintar porque resultan cursis. [...]
Creemos que en nuestras fiestas lo más hermoso
será siempre la danza que encabeza la procesión con sus evoluciones, brincos, golpes y
música, tan pagano, tan ingenuo, tan primitivo.
Tomado de «La ciudad de las
idealidades retrospectivas», La Crónica de Aragón, 1920.
[Texto reproducido por Jesús Vived Mairal en «Aquel chico de Huesca...»,
Trébede, núm. 47-48, febrero de 2001, pág. 26]. |