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El
teniente Ojeda había pasado el día, aquel interminable día de septiembre, discurriendo
por los barrios de Ceuta. Un poco desilusionado por la falta de emoción artística que
brindaba la ciudad marroquí, sintió que todas sus ansiedades por llegar a Marruecos y
saborear el encanto de la tierra prometida a su fantasía por el fárrago bibliográfico
de tanta lectura anterior se deshacían en una realidad demasiado fría. Tenía caracteres
de fracaso, de cruel fracaso sentimental tamaña desilusión. Sin embargo, presentía un
desquite cuando, al día siguiente, llegara a Tetuán. En Ceuta pudo observar que el
espíritu de la raza había sido prostituido por la civilización. Plaza demasiado
mercantil, bien orientada hacia los horizontes del tráfico internacional, sus bellezas
arquitectónicas caían poco a poco bajo un diluvio de anuncios, de carteleras, de postes
de tranvía. Sobre el perfecto ajimez venía irremisiblemente el cartel pintarrajeado,
anunciando telas inglesas o vinos españoles. La fisonomía de la ciudad, que Ojeda había
presumido con un afilado perfil de bronce, bajo el turbante blanco, sobre la chilaba
parda, era, a aquellas fechas, la de un europeo con traza judía que sólo conservara el
detalle del fez rojo, y esto únicamente a título de engañoso reclamo de ferias.
Tomado de «Una hoguera en la
noche», Barcelona, Lecturas, núm. 26, julio de 1923, pág. 677.
[Una reproducción fotográfica de esta página se halla en José Domingo
Dueñas Lorente, Ramón J. Sender: Periodismo y compromiso (1924-1939),
Huesca, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1994, pág. 55]. |