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La Niña Lucha. Ilustración de José Luis CanoEl amanecer no tenía frescura ni fragancia y el mar que se veía en el fondo era ya un mar fatigado. El sol lo abrasaba todo y, a veces, chascaba una rama seca, protestando. La Niña sentía el silencio en cada poro de su piel.

Cuando, dos días antes, iba a la gruta, se decía: «¿Aprobaría esto Trinidad». Y ahora, en el poblado indio, pensaba: «¿Qué diría Darío?». Darío la había enviado a la gruta y le había dicho que «esperara allí». Si cuando estaba en la gruta tenía miedo de Trinidad (Trinidad no hubiera aprobado aquello y quizás hubiera matado a Darío antes que permitírselo), ahora tenía miedo de Darío, que, quizá también, hubiera matado al viejo indio para impedir que se la llevara.

Al volver Voz del Río de las Estrellas, la Niña vio que usaba una corcholata como botón para cerrar su pantalón en la cintura. Ese detalle le reveló, de pronto, que su protección, llena de buen deseo, sería, sin embargo, ineficaz. Y sin miedo miraba a su alrededor, esperando ver y sentir cosas inesperadas.

Tomado de Epitalamio del prieto Trinidad, Barcelona, Salvat, 1972, pág. 152.

 
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