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El amanecer no tenía frescura ni fragancia y el mar que se veía en el fondo era
ya un mar fatigado. El sol lo abrasaba todo y, a veces, chascaba una rama seca,
protestando. La Niña sentía el silencio en cada poro de su piel.
Cuando, dos días antes, iba a la gruta, se
decía: «¿Aprobaría esto Trinidad». Y ahora, en el poblado indio, pensaba: «¿Qué
diría Darío?». Darío la había enviado a la gruta y le había dicho que «esperara
allí». Si cuando estaba en la gruta tenía miedo de Trinidad (Trinidad no hubiera
aprobado aquello y quizás hubiera matado a Darío antes que permitírselo), ahora tenía
miedo de Darío, que, quizá también, hubiera matado al viejo indio para impedir que se
la llevara.
Al volver Voz del Río de las Estrellas, la Niña
vio que usaba una corcholata como botón para cerrar su pantalón en la cintura. Ese
detalle le reveló, de pronto, que su protección, llena de buen deseo, sería, sin
embargo, ineficaz. Y sin miedo miraba a su alrededor, esperando ver y sentir cosas
inesperadas.
Tomado de Epitalamio del prieto
Trinidad, Barcelona, Salvat, 1972, pág. 152. |