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Yo no había estado nunca en Arizona. A veces oponemos resistencia a la atracción de los
lugares demasiado conocidos y celebrados, por ejemplo, las cataratas del Niágara. Pero
esa resistencia puede ser injusta. Redescubrir lo que otros descubrieron tiene su encanto.
Ese Grand Canyon en el norte de Arizona es un
prodigio de la naturaleza. Al revés que mi compañero, delante de las maravillas
naturales es donde yo siento la presencia de lo sobrenatural. En estas vertientes
escarpadas se nos muestran quinientos millones de años de la vida de nuestro planeta,
desde la aparición de los primeros animales sobre una tierra movediza y volcánica hasta
hoy mismo, es decir, hasta el último modelo de automóvil o de avión. [...] |

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Íbamos hacia el precipicio que estaba a unos
veinte pasos del hotel, es decir, de una de sus terrazas. Ese precipicio es sólo uno de
los millares de balconajes suspendidos sobre el abismo. En aquel lugar el precipicio
tenía más de mil quinientos metros de profundidad y en el fondo se abrían aún nuevos
barrancos formando laberintos matizados de todos los colores de la roca hasta perderse en
una distancia diagonal de más de quince kilómetros. Se veía lejano y profundo el lecho
donde discurría como una cinta turbia el río Colorado. [...]
No faltaban en aquellos parajes recuerdos de la
conquista española. Desde el nombre del río y del Canyon hasta los de los caballos y
mulas de alquiler para bajar y subir las vertientes. [...] Algunos de los empleados
subalternos hablaban español. A medida que se desciende en la escala social es más
posible en Arizona encontrar hispanoparlantes.
Tomado de «En el Grand Canyon», Relatos
fronterizos,
Destino, 1972, págs 56-57. |