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Había
que tener cuidado, pero no la clase de cuidado que tuvo Orellana, sino otro muy distinto,
porque los primeros indios que aparecieron en sus piraguas o en la playa delante de los
barcos de Orellana no parecían de guerra y reían amistosos y decían a los españoles
«Bajad aquí y os llevaremos a las amazonas, que nos han mandado venir para eso.» Y
seguían riendo. Eso era lo malo, que reían. Los españoles han sido siempre demasiado
sensitivos para la risa de los desconocidos, lo mismo en los salones de la corte que en
las orillas del Amazonas. Y los soldados dispararon no sólo ballestas, sino también
arcabuces. Hubo algunos indios muertos y muchos más heridos. Los indios supervivientes
corrieron espantados a los pueblos de las amazonas, que no estaban lejos.
Entonces las amazonas salieron armadas de arco y
flecha y algunas con jabalinas de palo muy duro y puntiagudo. A primera vista se podía
comprobar que eran ellas quienes mandaban y no los hombres. Estos no se atrevían a hacer
nada sin su autorización.
Tomado de La aventura
equinoccial de Lope de Aguirre,
Barcelona, Bruguera, 1983, págs. 254-255. |