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Era una ciudad atareada que tenía un
castillo, como cada población española que se estima. Allí, lo mismo que en otras
partes, el castillo era la cumbre de la colina, la cima alta desde donde se vigilan veinte
leguas de perspectiva gris, verde, azulenca.
Yo lo conozco bien, ese castillo.
Es un castillo del año mil, y no es una manera de hablar, sino un hecho, ya que en el
siglo XII era conocido y figura en los códices de la época como castillo de Alcannit,
nombre musulmán de la ciudad, alargada al pie de la colina, con castro y formada casi
exclusivamente por una calle descendiendo en cañada por donde los días de lluvia bajaba
un torrente, lavando el pavimento de canto rodado. Por esta cañada debió subir el Cid,
hijo bastardo de Diego Laínez. [...]
Rescató la fortaleza de los moros, Alfonso I el
Batallador, hombre seco de catadura y mal hablado, cubierto de mallas de acero, oliendo a
caballo sudado y cuero y moho de hierro. El castillo fue más tarde sede y residencia de
la orden de Calatrava, por donación de Alfonso II. [...]
En el panteón granítico del castillo descansan
los restos de Juan de Lanuza. Los muros agrietados y mutilados, las torres no ofrecen
mucha seguridad. Otras torres a su gran pesadumbre se rindieron, pero esas no se
habían rendido aún, entonces.
Tomado de «Los niveles del
existir», Crónica del alba, tomo II,
Madrid, Alianza Editorial, 1982, págs. 287-289. |