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Era una ciudad atareada que tenía un castillo, como cada población española que se estima. Allí, lo mismo que en otras partes, el castillo era la cumbre de la colina, la cima alta desde donde se vigilan veinte leguas de perspectiva gris, verde, azulenca.

Sender en Alcañiz. Ilustración de José Luis CanoYo lo conozco bien, ese castillo.
Es un castillo del año mil, y no es una manera de hablar, sino un hecho, ya que en el siglo
XII era conocido y figura en los códices de la época como castillo de Alcannit, nombre musulmán de la ciudad, alargada al pie de la colina, con castro y formada casi exclusivamente por una calle descendiendo en cañada por donde los días de lluvia bajaba un torrente, lavando el pavimento de canto rodado. Por esta cañada debió subir el Cid, hijo bastardo de Diego Laínez. [...]

Rescató la fortaleza de los moros, Alfonso I el Batallador, hombre seco de catadura y mal hablado, cubierto de mallas de acero, oliendo a caballo sudado y cuero y moho de hierro. El castillo fue más tarde sede y residencia de la orden de Calatrava, por donación de Alfonso II. [...]

En el panteón granítico del castillo descansan los restos de Juan de Lanuza. Los muros agrietados y mutilados, las torres no ofrecen mucha seguridad. Otras torres a su gran pesadumbre se rindieron, pero esas no se habían rendido aún, entonces.

Tomado de «Los niveles del existir», Crónica del alba, tomo II,
Madrid, Alianza Editorial, 1982, págs. 287-289.

 
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