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Por Urrero Peña


Montevideo: Alfa, 1960.Conforme reiteradamente se ha observado, la obra
narrativa de Sender, en buena parte, tiene las cualidades idóneas para que pueda completarse con éxito su
traducción cinematográfica. Y para acreditarlo,
volvámonos a situar frente al centenario del nacimiento
de este genial aragonés, destacando una iniciativa feliz nacida en el Festival de Cine de Huesca, cuyos organizadores programaron una revisión de las
adaptaciones cinematográficas de sus relatos y publicaron una obra colectiva, Ramón J. Sender y el cine (2001),
para recordarnos la cinefilia del homenajeado y la adaptabilidad al cine de muchas de sus obras.

Lo que estos estudiosos entregan al lector es un volumen que excita nuestra curiosidad no por un trabajoso amontonamiento de datos, sino por anécdotas y detalles que revelan el sensible afecto del escritor por el cinematógrafo y sus afanes. Sorprende por ello que una reseña de dicho libro, publicada en el Boletín de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, señale que «los autores analizan las relaciones entre el cine y la obra de un escritor que, paradójicamente, sintió escaso interés por el nuevo arte». Si nos situamos ante esa impresión, no faltarían elementos para polemizar. Con ojo de historiador, el analista que aceptase tal desinterés tendría que buscarle sentido a los textos reunidos por Sender bajo el título Ensayos del otro mundo, entre otros pormayores.

Lo que sí es discutible es el matiz intelectual de esta experiencia, tal como él la explica y tal como pretende establecerla. Por resumir la postura del escritor, Francisco Carrasquer destaca la siguiente cita de Monte Odina: «La ventaja y el privilegio del teatro y del cine sobre la novela consiste en que aquéllos no necesitan ser verosímiles, porque son actuales en presencia. La presencia de los actores vivos nos da esa realidad verdadera que nuestra atención de espectadores exige. [...] La desventaja del teatro en relación con la novela consiste en la estrechez de sus leyes genéricas. [...] En el cine, la desventaja en relación con la novela desaparece. Tiene el cine la misma extensión de ámbitos en tiempo y espacio. [...] Porque lo visual acompaña y fortalece a la imaginación. No está hecha la imagen para la imaginación» (Sender en su siglo, p. 245).

En Ramón J. Sender encontramos, desde el primer momento de su carrera, detalles de importancia en este campo. En todo caso, no estará de más declarar que encauzó su arte en solidaridad con el siglo del cine. Acudió a proyecciones que lo impresionaron durante su visita a la Unión Soviética en 1933; y escribió artículos como «Hechos y palabras. Una película mejicana» (La Libertad, 17-4-1935) y «Un film. El Delator» (La Libertad, 2-11-1935). Asimismo, conoció tempranamente el interés de los productores, si bien la primera adaptación de una obra suya no figura en las filmotecas. De ello da fe Jesús Vived Mairal en su excelente artículo La vida de Ramón J. Sender al hilo de su obra: «El manuscrito de La llave (obra inédita) se extravió durante la guerra. Como, desgraciadamente, se extraviaron los manuscritos de otras piezas dramáticas de Sender: El sumario, El duelo y El Cristo, ésta adaptada al cine; el filme también se perdió» (Alazet, 4, 1992, p. 257).

En 1945, gracias a su paisano Luis Buñuel, pudo Sender trabajar como traductor de la Metro-Goldwyn-Mayer. Tomando el relevo de los escritores hispanos que viajaron a Hollywood a comienzos de los treinta, contratados para rodar versiones en español de películas americanas, Sender vivió esta experiencia como adaptador de doblajes cinematográficos.

Pero acaso lo definitivo en esta aproximación fílmica son las adaptaciones que de su obra se han llevado a la pantalla. Sobre las primeras versiones televisivas de escritos senderianos, Amparo Martínez Herranz menciona tres títulos cuyos pormenores agradece a Agustín Sánchez Vidal, bien conocido por sus magníficos estudios de cineastas aragoneses como Chomón, Buñuel y Saura. En el artículo titulado «Sender en imágenes» (Trébede, núm. 47-48, 2001, p. 90), la investigadora menciona tres producciones de Televisión Española: La llave (1971), de Jaime Apilicueta, realizada a partir del relato homónimo; la adaptación llevada a cabo por Sender de la novela corta El Diantre, de Andreiev; y El regreso de Edelmiro (1975), de Alfonso Ungría, emitido dentro de la teleserie Cuentos y leyendas el 23 de enero de 1976.

Dando el salto a la gran pantalla, la novela Crónica del alba es el origen de un proyecto favorecido por una generosa subvención de Televisión Española, que permitió el rodaje de un teledrama de cuatro episodios, exhibido en los cines en forma de dos largometrajes: Valentina (1982) y 1919, crónica del alba (1983).

New York: Las Americas Publishing, 1963.El guión de Valentina fue llevado a término por Lautaro Murúa, Carlos Escobedo, Javier Moro y Antonio Betancor, que además fue el director del proyecto. Betancor, formado en la EOC (Escuela Oficial de Cinematografía), había adquirido formación suplementaria en Los Ángeles y ya era conocido como guionista, ayudante de dirección y director de obras como Sentados al borde de la mañana con los pies colgando. Por otro lado, en el equipo técnico por él dirigido destacaban nombres de prestigio, como los de Juan Antonio Ruiz Anchía, director de fotografía, Riz Ortolani, músico, y Félix Murcia, decorador. En la misma línea, el reparto estaba encabezado por Anthony Quinn, Jorge Sanz, Paloma Gómez, Saturno Cerra y Marisa de Leza.

Si la exitosa Valentina se ambientaba hacia 1911, cuando el personaje José Garcés contaba 12 años, 1919, crónica del alba discurre tras la guerra mundial, para encauzar un trecho más dramático de la novela original. Sin variar el equipo técnico, Betancor dispuso de nuevos actores, entre ellos Miguel Molina, Cristina Marsillach, Walter Vidarte, José Antonio Correa y Emma Suárez. No obstante, si bien la acogida comercial no fue tan calurosa, cabe destacar que esta película, al igual que su predecesora, alcanzó un magnífico nivel cinematográfico.

De nuevo con apoyo televisivo, otra obra de Sender fue puesta en imágenes en 1985, El rey y la reina. Su realizador, el zaragozano José Antonio Páramo Abrego, es un hombre de amplia formación intelectual (profesor de violín por el Real Conservatorio de Zaragoza, se licenció en Historia Moderna por la Universidad de Zaragoza y obtuvo el doctorado en Derecho por la Universidad de Salamanca). En el terreno cinematográfico, Páramo ha sido cineclubista en su ciudad natal y ejerció de profesor de Dirección Cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (Cuba). Asimismo, desde 1976 hasta 1993 formó parte de la plantilla de realizadores fijos de TVE, etapa en la que dirigió diversas entregas de programas como Cuentos y leyendas, El quinto jinete, La máscara negra, Teatro de siempre y Estudio 1. En esa trayectoria de calidad se inscribe El rey y la reina, cuyos protagonistas fueron Omero Antonutti, Nuria Espert y Xavier Elorriaga.

Adelantándose a cineastas como Saura, que tuvieron el mismo propósito, Francesc Betriú llevó a la gran pantalla Réquiem por un campesino español en 1985. Esta producción de Nemo Films y Venus Producción, S.A., fue escrita por Gustau Hernández, Betriú y Raúl Artigot. Con buen criterio, el equipo técnico se enriqueció con las presencias del músico Antón García Abril, autor de la partitura original, y Julio Esteban, responsable de los decorados. En el nutrido reparto destacaban Antonio Ferrandis, Antonio Banderas, Fernando Fernán-Gómez, Terele Pávez, Simón Andreu, Emilio Gutiérrez Caba, Francisco Algora, Eduardo Calvo, María Luisa San José y Antonio Iranzo. Pese a la solvencia del equipo, la película resultante no fue bien tratada por la crítica. No obstante, para revisar el difícil trabajo de los adaptadores, cabe recomendar la lectura de su guión, cuya copia está disponible desde 1984 (Madrid, Resicasa).

Vuelta al clasicismo narrativo por exigencias del tema, Las gallinas de Cervantes (1987) es una película de Alfredo Castellón destinada a la emisión televisiva. A pesar de tal circunstancia, esta versión del escrito de Sender no defrauda, pues todo en ella es plenamente cinematográfico: la fotografía, el montaje y todas las otras labores que se revelan en singularidad. Dentro de la mejor tradición teatral, el espectador asiste a un excelente trabajo interpretativo, particularmente destacable en el caso de tres actores de gran mérito, Miguel Rellán, Marta Fernández Muro y José María Pou.

Madrid: Zeus, 1931.Todas estas producciones, todas estas maneras de filmar el universo senderiano, instauran de modo riguroso el dominio cinematográfico del escritor. Podrá ser tal vez grata al curioso la concurrencia de otros proyectos que no llegaron a rodarse o que adquirieron notas originales de nuestro autor. Se añaden al catálogo los intentos de hacer cine a partir de Epitalamio del prieto Trinidad y El Imán; algunos elementos senderianos del guión titulado ¡Esa luz!, de Saura; y con más distancia, ciertos pasajes de los largometrajes Casas Viejas (1983), escrito y dirigido por José Luis López del Río; y El crimen de Cuenca (1979), filmado por Pilar Miró a partir de un libreto escrito por Salvador Maldonado, Juan Antonio Porto y ella misma, en el cual se adivina la lectura de la novela El lugar de un hombre. Más discutible nos parece el vínculo trazado entre el libro La aventura equinoccial de Lope de Aguirre y el filme El Dorado (1988), de Carlos Saura, por más que éste último cite el texto de Sender entre la bibliografía que gobernó su proyecto, admirablemente descrito en el volumen El Dorado: guión, fotogramas, documentos e historia de mi película (Círculo de Lectores, 1987).

 
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