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Conforme
reiteradamente se ha observado, la obra
narrativa de Sender, en buena parte, tiene las cualidades idóneas para que pueda
completarse con éxito su
traducción cinematográfica. Y para acreditarlo,
volvámonos a situar frente al centenario del nacimiento
de este genial aragonés, destacando una iniciativa feliz nacida en el Festival de Cine de
Huesca, cuyos organizadores programaron una revisión de las
adaptaciones cinematográficas de sus relatos y publicaron una obra colectiva, Ramón
J. Sender y el cine (2001),
para recordarnos la cinefilia del homenajeado y la adaptabilidad al cine de muchas de sus
obras. Lo que estos estudiosos entregan al
lector es un volumen que excita nuestra curiosidad no por un trabajoso amontonamiento de
datos, sino por anécdotas y detalles que revelan el sensible afecto del escritor por el
cinematógrafo y sus afanes. Sorprende por ello que una reseña de dicho libro, publicada
en el Boletín de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de
España, señale que «los autores analizan las relaciones entre el cine y la obra de un
escritor que, paradójicamente, sintió escaso interés por el nuevo arte». Si nos
situamos ante esa impresión, no faltarían elementos para polemizar. Con ojo de
historiador, el analista que aceptase tal desinterés tendría que buscarle sentido
a los textos reunidos por Sender bajo el título Ensayos del otro mundo, entre
otros pormayores.
Lo que sí es discutible es el matiz intelectual
de esta experiencia, tal como él la explica y tal como pretende establecerla. Por resumir
la postura del escritor, Francisco Carrasquer destaca la siguiente cita de Monte Odina:
«La ventaja y el privilegio del teatro y del cine sobre la novela consiste en que
aquéllos no necesitan ser verosímiles, porque son actuales en presencia. La presencia de
los actores vivos nos da esa realidad verdadera que nuestra atención de espectadores
exige. [...] La desventaja del teatro en relación con la novela consiste en la estrechez
de sus leyes genéricas. [...] En el cine, la desventaja en relación con la novela
desaparece. Tiene el cine la misma extensión de ámbitos en tiempo y espacio. [...]
Porque lo visual acompaña y fortalece a la imaginación. No está hecha la imagen
para la imaginación» (Sender en su siglo, p. 245).
En Ramón J. Sender encontramos, desde el primer
momento de su carrera, detalles de importancia en este campo. En todo caso, no estará de
más declarar que encauzó su arte en solidaridad con el siglo del cine. Acudió a
proyecciones que lo impresionaron durante su visita a la Unión Soviética en 1933; y
escribió artículos como «Hechos y palabras. Una película mejicana» (La Libertad,
17-4-1935) y «Un film. El Delator» (La Libertad, 2-11-1935). Asimismo,
conoció tempranamente el interés de los productores, si bien la primera adaptación de
una obra suya no figura en las filmotecas. De ello da fe Jesús Vived Mairal en su
excelente artículo La vida de Ramón J. Sender al hilo de su obra: «El manuscrito
de La llave (obra inédita) se extravió durante la guerra. Como, desgraciadamente,
se extraviaron los manuscritos de otras piezas dramáticas de Sender: El sumario, El
duelo y El Cristo, ésta adaptada al cine; el filme también se perdió» (Alazet,
4, 1992, p. 257).
En 1945, gracias a su paisano Luis Buñuel, pudo
Sender trabajar como traductor de la Metro-Goldwyn-Mayer. Tomando el relevo de los
escritores hispanos que viajaron a Hollywood a comienzos de los treinta, contratados para
rodar versiones en español de películas americanas, Sender vivió esta experiencia como
adaptador de doblajes cinematográficos.
Pero acaso lo definitivo en esta aproximación
fílmica son las adaptaciones que de su obra se han llevado a la pantalla. Sobre las
primeras versiones televisivas de escritos senderianos, Amparo Martínez Herranz menciona
tres títulos cuyos pormenores agradece a Agustín Sánchez Vidal, bien conocido por sus
magníficos estudios de cineastas aragoneses como Chomón, Buñuel y Saura. En el
artículo titulado «Sender en imágenes» (Trébede, núm. 47-48, 2001, p. 90), la
investigadora menciona tres producciones de Televisión Española: La llave (1971),
de Jaime Apilicueta, realizada a partir del relato homónimo; la adaptación llevada a
cabo por Sender de la novela corta El Diantre, de Andreiev; y El regreso de
Edelmiro (1975), de Alfonso Ungría, emitido dentro de la teleserie Cuentos y
leyendas el 23 de enero de 1976.
Dando el salto a la gran
pantalla, la novela Crónica del alba es el origen de un proyecto favorecido por
una generosa subvención de Televisión Española, que permitió el rodaje de un teledrama
de cuatro episodios, exhibido en los cines en forma de dos largometrajes: Valentina (1982)
y 1919, crónica del alba (1983).
El guión de Valentina fue llevado a término por Lautaro
Murúa, Carlos Escobedo, Javier Moro y Antonio Betancor, que además fue el director del
proyecto. Betancor, formado en la EOC (Escuela Oficial de Cinematografía), había
adquirido formación suplementaria en Los Ángeles y ya era conocido como guionista,
ayudante de dirección y director de obras como Sentados al borde de la mañana con los
pies colgando. Por otro lado, en el equipo técnico por él dirigido destacaban
nombres de prestigio, como los de Juan Antonio Ruiz Anchía, director de fotografía, Riz
Ortolani, músico, y Félix Murcia, decorador. En la misma línea, el reparto estaba
encabezado por Anthony Quinn, Jorge Sanz, Paloma Gómez, Saturno Cerra y Marisa de Leza.
Si la exitosa Valentina se ambientaba
hacia 1911, cuando el personaje José Garcés contaba 12 años, 1919, crónica del alba
discurre tras la guerra mundial, para encauzar un trecho más dramático de la novela
original. Sin variar el equipo técnico, Betancor dispuso de nuevos actores, entre ellos
Miguel Molina, Cristina Marsillach, Walter Vidarte, José Antonio Correa y Emma Suárez.
No obstante, si bien la acogida comercial no fue tan calurosa, cabe destacar que esta
película, al igual que su predecesora, alcanzó un magnífico nivel cinematográfico.
De nuevo con apoyo televisivo, otra obra de
Sender fue puesta en imágenes en 1985, El rey y la reina. Su realizador, el
zaragozano José Antonio Páramo Abrego, es un hombre de amplia formación intelectual
(profesor de violín por el Real Conservatorio de Zaragoza, se licenció en Historia
Moderna por la Universidad de Zaragoza y obtuvo el doctorado en Derecho por la Universidad
de Salamanca). En el terreno cinematográfico, Páramo ha sido cineclubista en su ciudad
natal y ejerció de profesor de Dirección Cinematográfica en la Escuela Internacional de
Cine de San Antonio de los Baños (Cuba). Asimismo, desde 1976 hasta 1993 formó parte de
la plantilla de realizadores fijos de TVE, etapa en la que dirigió diversas entregas de
programas como Cuentos y leyendas, El quinto jinete, La máscara negra,
Teatro de siempre y Estudio 1. En esa trayectoria de calidad se inscribe El
rey y la reina, cuyos protagonistas fueron Omero Antonutti, Nuria Espert y Xavier
Elorriaga.
Adelantándose a cineastas como Saura, que
tuvieron el mismo propósito, Francesc Betriú llevó a la gran pantalla Réquiem por
un campesino español en 1985. Esta producción de Nemo Films y Venus Producción,
S.A., fue escrita por Gustau Hernández, Betriú y Raúl Artigot. Con buen criterio, el
equipo técnico se enriqueció con las presencias del músico Antón García Abril, autor
de la partitura original, y Julio Esteban, responsable de los decorados. En el nutrido
reparto destacaban Antonio Ferrandis, Antonio Banderas, Fernando Fernán-Gómez, Terele
Pávez, Simón Andreu, Emilio Gutiérrez Caba, Francisco Algora, Eduardo Calvo, María
Luisa San José y Antonio Iranzo. Pese a la solvencia del equipo, la película resultante
no fue bien tratada por la crítica. No obstante, para revisar el difícil trabajo de los
adaptadores, cabe recomendar la lectura de su guión, cuya copia está disponible desde
1984 (Madrid, Resicasa).
Vuelta al clasicismo narrativo por exigencias del
tema, Las gallinas de Cervantes (1987) es una película de Alfredo Castellón
destinada a la emisión televisiva. A pesar de tal circunstancia, esta versión del
escrito de Sender no defrauda, pues todo en ella es plenamente cinematográfico: la
fotografía, el montaje y todas las otras labores que se revelan en singularidad. Dentro
de la mejor tradición teatral, el espectador asiste a un excelente trabajo
interpretativo, particularmente destacable en el caso de tres actores de gran mérito,
Miguel Rellán, Marta Fernández Muro y José María Pou.
Todas estas producciones, todas estas
maneras de filmar el universo senderiano, instauran de modo riguroso el dominio
cinematográfico del escritor. Podrá ser tal vez grata al curioso la concurrencia de
otros proyectos que no llegaron a rodarse o que adquirieron notas originales de nuestro
autor. Se añaden al catálogo los intentos de hacer cine a partir de Epitalamio del
prieto Trinidad y El Imán; algunos elementos senderianos del guión titulado ¡Esa
luz!, de Saura; y con más distancia, ciertos pasajes de los largometrajes Casas
Viejas (1983), escrito y dirigido por José Luis López del Río; y El crimen de
Cuenca (1979), filmado por Pilar Miró a partir de un libreto escrito por Salvador
Maldonado, Juan Antonio Porto y ella misma, en el cual se adivina la lectura de la novela El
lugar de un hombre. Más discutible nos parece el vínculo trazado entre el libro La
aventura equinoccial de Lope de Aguirre y el filme El Dorado (1988), de Carlos
Saura, por más que éste último cite el texto de Sender entre la bibliografía que
gobernó su proyecto, admirablemente descrito en el volumen El Dorado: guión,
fotogramas, documentos e historia de mi película (Círculo de Lectores, 1987).
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