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Entre quienes
nacieron con el siglo, se puede
decir que el aragonés Ramón J. Sender
(1901-1982) encarna de forma paradigmática
el recorrido intelectual característico del autor comprometido. En Sender se da la
circunstancia
de que a la vez que mantuvo viva su vinculación afectiva y cultural con Aragón y España
fue
uno de los escritores de su tiempo más sensible
a las pautas internacionales. Y ello vale tanto
para dar cuenta de su permanente dedicación periodística como para comprender mejor
sus diferentes opciones ideológicas a lo largo
de los años.Tras el agotamiento del
liberalismo decimonónico, las primeras décadas del siglo XX
presenciaron la configuración de la llamada sociedad de masas, fundamentada en la
implantación del sufragio universal aunque todavía con importantes
restricciones en los años finales del XIX, y que generó sus formas específicas de articulación,
entre ellas, la más importante, la nueva prensa, también llamada de masas, que trataba
de informar, orientar y educar al llamado «nuevo soberano», esto es, la masa electora.
La generación de Sender se vio abocada a escribir en la prensa de forma poco menos que
inevitable, si pretendía abrirse camino en el mundo de las letras. Era la edad de oro del
periodismo español, la época de constitución de la prensa moderna, y escribir en los
diarios no sólo era noviciado de la literatura sino también forma de sustento más
accesible y segura que el libro. El público además, si todavía no muy avezado en la
lectura de volúmenes, era cada vez más proclive a asomarse a diarios y revistas.
Sender comenzó a publicar con quince años. En
agosto de 1916 apareció su primer cuento en páginas ya no escolares sino de difusión
común, las del diario zaragozano La Crónica de Aragón. Desde entonces se puede
decir que no cesó de comparecer en periódicos y revistas hasta su muerte. Sin embargo,
antes del exilio ejerció el periodismo como profesión que compartía a menudo con la
literatura; tras la guerra fue únicamente un colaborador de la prensa, un escritor que se
asomaba habitualmente a las páginas de las publicaciones periódicas. La Crónica de
Aragón manifestaba una inspiración regionalista y conservadora, no obstante, poco
después, ya en Madrid Sender elige nada menos que España Nueva, el periódico
republicano y obrerista de Rodrigo Soriano, para insertar sus textos puramente
periodísticos, en los que (con 18 años) exhibía una plena identificación con el
talante radical del diario. Sin embargo, todo hace pensar que se trataba más de
deslumbramiento juvenil ante la audacia de España Nueva que de hondas
convicciones. Y prueba de ello es que pocos meses después prestaba su firma a La
Tierra (Huesca), órgano de la conservadora Asociación de Labradores y Ganaderos del
Alto Aragón, donde el padre del futuro escritor trabajaba como gerente.
En 1924 ingresó ya en El Sol, el gran
diario liberal del momento, presidido por Nicolás M.ª de Urgoiti, dirigido entonces por
Félix Lorenzo y elegido por Ortega como uno de los principales cauces de su pensamiento.
Aquí trabajó Sender como redactor de plantilla durante más de seis años, hasta
mediados de 1930, y tiempo después cifraba lo más decisivo de su formación en este
periodo. El Sol cultivaba todavía como era habitual en la época un
periodismo de opinión más que informativo y en sus páginas se daban cita bastantes de
los más eximios autores del momento. Aquí Sender fue apuntalando una orientación
ideológica y, de hecho, su participación en los intentos de sublevación contra el
general Primo de Rivera lo llevó a la cárcel durante unas semanas en septiembre de 1926.
Al final de la dictadura de Primo, siendo
todavía redactor de El Sol, entró en contacto con los dirigentes
anarcosindicalistas de la CNT y poco después se integró en un grupo de acción,
«Espartaco». Enseguida dejó El Sol y fue redactor-corresponsal de Solidaridad
Obrera (Barcelona), el órgano anarcosindicalista más relevante. Sender firmó aquí
entre 1930 y 1932 más de doscientas columnas, bajo el epígrafe de «Postal política».
En ellas constataba diariamente el agotamiento de la monarquía, animaba a las conquistas
sociales de los trabajadores o terciaba en las pugnas internas de la CNT. Casi a la vez
que accedía a Solidaridad Obrera, comenzaba sus colaboraciones habituales con La
Libertad, diario republicano de Madrid; y muchos de sus artículos publicados aquí
aparecieron después en volumen: ya fuesen los dedicados a la represión de Casas Viejas
(enero de 1933), (Casas Viejas, 1933, y Viaje a la aldea del crimen,1934),
las crónicas de su visita a Rusia (Madrid-Moscú. Notas de viaje,1934) o sus
reflexiones de orden literario, antropológico y social (Proclamación de la sonrisa,1934).
Ya antes de viajar a la URSS, Sender había manifestado su aproximación al PCE, motivada
por un cambio en su visión de la estrategia revolucionaria, ahora más próxima al
bolchevismo, por su búsqueda de mayor eficacia en la lucha social y atraído asimismo por
el despliegue internacional de la propaganda soviética en el mundo de la cultura, que ya
empezaba a dar sus frutos en otros países, como Francia.
Hacia el final de la guerra,
el escritor se distanció de manera traumática del comunismo de partido: desavenencias
personales, las purgas contra los trostquistas españoles, hicieron que repudiara sus
anteriores convicciones del mismo modo que otros intelectuales. Durante un
tiempo se sintió perseguido y vigilado por los antiguos correligionarios. Y hasta
después de la muerte de Stalin, en 1953, y la discusión, a partir del mismo año, de una
nueva política de «reconciliación nacional» por parte del PCE, el escritor no se
sintió lo bastante seguro como para colaborar en publicaciones de significación
política. Desde entonces apareció su firma en revistas libertarias o en otras regidas
por antiguos miembros del POUM, el partido comunista disidente de Moscú, fundado en 1935
por Maurín y Nin. Aunque en el exilio mantuvo una visión de lo humano y de lo social
reconocibles en sus anteriores opciones, sus preocupaciones ahora fueron de orden más
puramente intelectual. Siguió entregando artículos a la prensa, ya con la autoridad de
un escritor reconocido, pero tratando no ya de transformar la realidad, sino antes que
nada de entenderla.
* Centro de Estudios Senderianos
(Instituto de Estudios Altoaragoneses), Huesca |