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Sender

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Por Rafael Conte

Primer plano. Hacia 1970.El centenario del nacimiento de Ramón J. Sender (Chalamera del Cinca, Huesca, 1901- San Diego, California, EE.UU., 1982) no ha pasado del todo inadvertido, gracias entre otras cosas al eco despertado por el Congreso celebrado en su tierra natal, organizado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses —que hace más de un decenio fundó un «proyecto Sender» dedicado a la recuperación, conservación y difusión de su extenso legado cultural, que está dando lentamente sus frutos— ya la reedición de algunos de sus más célebres libros por parte de la Editorial Destino
(que es la que posee más títulos del escritor en
su catálogo), pero no por ello parece que el establecimiento cultural español haya conseguido situar en su debido lugar la figura y la obra de quien sin duda alguna ha sido el quinto máximo narrador de toda nuestra historia literaria, detrás de —compaginando cantidad y calidad— Cervantes, Galdós, Baroja y Cela. Sender publicó más de cien títulos, aunque cultivó en vida todos los géneros —narración larga y corta. periodismo, ensayo, teatro y poesía— dejando en todos ellos la huella de su enorme y desbordada personalidad, el hecho de que cerca de ochenta de ellos sean novelas, determina que su personalidad como narrador prevalezca sobre todo lo demás. Aunque también haya publicado toda clase de novelas, desde las más realistas a las más fantásticas, alegóricas, oníricas y simbólicas, de la novela teatral al relato reportaje, del costumbrismo cómico a la novela histórica, de la regionalista a la rural, de la lírica recopilación de recuerdos infantiles a la épica de la guerra, todo lo cual dificulta también la comprensión global de su obra, que sin embargo, deberá ser considerada al final como un todo para entenderla de verdad.

Se lo ha acusado de ser un escritor muy desigual, y desde luego es lógico que así sea, como sucede en todos los casos de escritores de tan larga obra (Balzac, Galdós, Baroja mismo), pero lo cierto es que en todos y cada uno de sus títulos su fuerza y la intensidad de sus propuestas están fuera de toda sospecha: nunca fue un escritor frágil, ni blando, ni acomodaticio, sino un rebelde a pesar de sus fluctuaciones ideológicas y estéticas. Tampoco fue un escritor cómodo, ni fácil, ni demasiado sencillo, a pesar de la transparencia de su prosa —que nació en el periodismo, profesión que apuesta siempre por la comunicabilidad, sobre todo— pero la proliferación arrebatada de su obra permite al lector elegir dentro de ello lo que prefiera. Fue un narrador comprometido y realista en sus principios, partidario de la justicia social, de la libertad y la democracia, cuando se convirtió en uno de los periodistas más célebres y reconocidos de los años republicanos, que se hizo célebre como novelista con su primera novela Imán (1930, sobre la guerra de Marruecos), cantó a los anarquistas en Siete domingos rojos, se hizo fantástico y onírico en La noche de las cien cabezas y obtuvo el premio nacional de literatura en 1935 con una obra maestra, Míster Witt en el Cantón, una asombrosa novela histórica —aplicada a su misma circunstancia política— sobre la sublevación del Cantón de Cartagena en el siglo XIX, en la época de la efímera primera república española.

En clase.Luego vino la guerra civil, en la que Sender combatió en las filas republicanas, tras el asesinato de su esposa en Zamora y de un hermano en Huesca, y durante la cual se separó de los comunistas, de quienes había llegado a ser antes un buen compañero de viaje. Luego llegó el exilio en México durante siete años, y finalmente en los Estados Unidos, donde trabajó como profesor en Nuevo México y California, donde falleció ya jubilado; pero no dejó de escribir jamás durante su largo exilio, publicando casi cien libros más a lo largo de toda la geografía americana, entre los que hay muchos de primera magnitud: El lugar de un hombre, La esfera, Crónica del alba, Epitalamio del prieto Trinidad, El rey y la reina, El verdugo afable, Réquiem por un campesino español, Bizancio, Los cinco libros de Ariadna, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, dramas como Comedia del Diantre y Don Juan en la mancebía, los poemas reunidos en Libro armilar de poesía y memorias bisiestas y sus grandes ensayos finales de Monte Odina o los aforismos y pensamientos del póstumo Toque de queda.

Absolutamente prohibido en España durante el primer franquismo, a partir de 1964 pudo ir publicando o reeditando alguno de sus libros en el interior de su país, donde gozó de cierta celebridad hasta más o menos la muerte de Franco. Crónica del alba recibió el premio ciudad de Barcelona, y obtuvo el Planeta en 1969 con En la vida de Ignacio Morel. Viajó a España en 1972 y 1974, pero su evolución ideológica hacia posiciones más conservadoras decepcionó a sus lectores más jóvenes. De hecho, recuperó casi al final la nacionalidad española, publicó más de treinta libros en los últimos diez años y falleció cuando ya estaba preparando su regreso definitivo. Su obra está ahí, compacta, poderosa, oscilante y desigual pero incomparable de poderío literario e histórico, y ya va siendo urgente que la sociedad española le encuentre el debido lugar que, sin duda alguna, merece en nuestra historia, nuestra cultura y nuestra literatura de todos los tiempos.

 
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