|
El centenario del nacimiento de Ramón J.
Sender (Chalamera del Cinca, Huesca, 1901- San Diego, California, EE.UU., 1982) no ha
pasado del todo inadvertido, gracias entre otras cosas al eco despertado por el Congreso
celebrado en su tierra natal, organizado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses
que hace más de un decenio fundó un «proyecto Sender» dedicado a la
recuperación, conservación y difusión de su extenso legado cultural, que está dando
lentamente sus frutos ya la reedición de algunos de sus más célebres libros por
parte de la Editorial Destino
(que es la que posee más títulos del escritor en
su catálogo), pero no por ello parece que el establecimiento cultural español haya
conseguido situar en su debido lugar la figura y la obra de quien sin duda alguna ha sido
el quinto máximo narrador de toda nuestra historia literaria, detrás de
compaginando cantidad y calidad Cervantes, Galdós, Baroja y Cela. Sender
publicó más de cien títulos, aunque cultivó en vida todos los géneros
narración larga y corta. periodismo, ensayo, teatro y poesía dejando en
todos ellos la huella de su enorme y desbordada personalidad, el hecho de que cerca de
ochenta de ellos sean novelas, determina que su personalidad como narrador prevalezca
sobre todo lo demás. Aunque también haya publicado toda clase de novelas, desde las más
realistas a las más fantásticas, alegóricas, oníricas y simbólicas, de la novela
teatral al relato reportaje, del costumbrismo cómico a la novela histórica, de la
regionalista a la rural, de la lírica recopilación de recuerdos infantiles a la épica
de la guerra, todo lo cual dificulta también la comprensión global de su obra, que sin
embargo, deberá ser considerada al final como un todo para entenderla de verdad. Se lo ha acusado de ser un escritor muy desigual, y desde
luego es lógico que así sea, como sucede en todos los casos de escritores de tan larga
obra (Balzac, Galdós, Baroja mismo), pero lo cierto es que en todos y cada uno de sus
títulos su fuerza y la intensidad de sus propuestas están fuera de toda sospecha: nunca
fue un escritor frágil, ni blando, ni acomodaticio, sino un rebelde a pesar de sus
fluctuaciones ideológicas y estéticas. Tampoco fue un escritor cómodo, ni fácil, ni
demasiado sencillo, a pesar de la transparencia de su prosa que nació en el
periodismo, profesión que apuesta siempre por la comunicabilidad, sobre todo pero
la proliferación arrebatada de su obra permite al lector elegir dentro de ello lo que
prefiera. Fue un narrador comprometido y realista en sus principios, partidario de la
justicia social, de la libertad y la democracia, cuando se convirtió en uno de los
periodistas más célebres y reconocidos de los años republicanos, que se hizo célebre
como novelista con su primera novela Imán (1930, sobre la guerra de Marruecos),
cantó a los anarquistas en Siete domingos rojos, se hizo fantástico y onírico en
La noche de las cien cabezas y obtuvo el premio nacional de literatura en 1935 con
una obra maestra, Míster Witt en el Cantón, una asombrosa novela histórica
aplicada a su misma circunstancia política sobre la sublevación del Cantón
de Cartagena en el siglo XIX, en la época de la efímera primera república
española.
Luego vino la guerra civil, en la que Sender combatió en
las filas republicanas, tras el asesinato de su esposa en Zamora y de un hermano en
Huesca, y durante la cual se separó de los comunistas, de quienes había llegado a ser
antes un buen compañero de viaje. Luego llegó el exilio en México durante siete años,
y finalmente en los Estados Unidos, donde trabajó como profesor en Nuevo México y
California, donde falleció ya jubilado; pero no dejó de escribir jamás durante su largo
exilio, publicando casi cien libros más a lo largo de toda la geografía americana, entre
los que hay muchos de primera magnitud: El lugar de un hombre, La esfera, Crónica
del alba, Epitalamio del prieto Trinidad, El rey y la reina, El
verdugo afable, Réquiem por un campesino español, Bizancio, Los
cinco libros de Ariadna, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, dramas
como Comedia del Diantre y Don Juan en la mancebía, los poemas reunidos en Libro
armilar de poesía y memorias bisiestas y sus grandes ensayos finales de Monte
Odina o los aforismos y pensamientos del póstumo Toque de queda.
Absolutamente prohibido en España durante el
primer franquismo, a partir de 1964 pudo ir publicando o reeditando alguno de sus libros
en el interior de su país, donde gozó de cierta celebridad hasta más o menos la muerte
de Franco. Crónica del alba recibió el premio ciudad de Barcelona, y obtuvo el
Planeta en 1969 con En la vida de Ignacio Morel. Viajó a España en 1972 y 1974,
pero su evolución ideológica hacia posiciones más conservadoras decepcionó a sus
lectores más jóvenes. De hecho, recuperó casi al final la nacionalidad española,
publicó más de treinta libros en los últimos diez años y falleció cuando ya estaba
preparando su regreso definitivo. Su obra está ahí, compacta, poderosa, oscilante y
desigual pero incomparable de poderío literario e histórico, y ya va siendo urgente que
la sociedad española le encuentre el debido lugar que, sin duda alguna, merece en nuestra
historia, nuestra cultura y nuestra literatura de todos los tiempos. |