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Por Francisco Caudet

En el parque.Ramón J. Sender, nacido en 1901 en Chalamera,
provincia de Huesca, se exilió, en 1938, a México, y en
1942, se trasladó con una beca de la Guggenheim
Foundation a los Estados Unidos, donde pasó el resto
de su vida. Murió en San Diego, California, en 1982.

Su condición de exiliado acicateó de un modo decisivo la determinación de convertir su oficio de escritor en una forma de investir de relevancia la forzosa espera, aquella condena
de aguardar la anhelada, pero cada vez más hipotética, vuelta a la patria. Resulta muy ilustrativo de que, efectivamente, lo empujó ese móvil el que escribiera una obra tan extensa, casi inabarcable, en el exilio. Por otra parte, él mismo reconoció
en una ocasión trabajar cómodamente «a distancia con los detritos acumulados o esparcidos de tantas ruinas».

Existen numerosos ejemplos, el de Sender es muy relevante, de lo que supone, en sus variadas modulaciones y dimensiones, el exilio que, como ocurría en los pueblos nómadas, despierta en quienes lo sufren el gusto y la necesidad de recoger, como recordaba Pepe Garcés en Crónica del alba, «los recuerdos para ponerlos a salvo de las represalias». Al exiliado, desgajado de su mundo y de sus interlocutores naturales, no le queda otra alternativa que ser voz o letra. La cuestión es plasmar en imágenes, en signos perentorios de una quimérica reconstrucción, los recuerdos y anhelos del tiempo y del espacio perdidos.

La urdimbre de palabras orales o escritas, siempre hilvanas con la estofa del desamparo, conforma un cúmulo de historias o fragmentos de historias que, inexorablemente, tienden a la memoria del origen, a la fuente de la vida, al centro perdido. El tiempo se detiene y la historia se torna mito. La búsqueda oscurece, queriendo que la alumbre, el porvenir. La razón del mundo está en aferrarse al pasado, al haber sido, al ayer.

Pero, a menudo, ese ejercicio devuelve al hombre a sus esencias. Lo que empieza siendo una obsesiva búsqueda de las raíces perdidas, un incesante intento de autoafirmación, conduce al descubrimiento de que el hombre tiene una naturaleza ilusoria, que está estigmatizado por el azaroso declive, por la irrisoria soledad.

Todos los procesos de ruptura de la convivencia nacional, que conducen a variadas formas de persecución e intolerancia, de disgregación y de fragmentación, son y han sido propicios, por paradójico que pueda parecer, a crear situaciones en las que se produce el derrumbamiento o el encumbramiento, y que, por tanto, sumen en el abandono o generan nuevos bríos, predisponen a la renuncia o a dar pasos de gigante.

Sender, que siempre había sido un trabajador infatigable, se volcó en el exilio a escribir, de manera obsesiva, novelas, poesía, artículos, ensayos… En noviembre de 1956 le anunciaba a su amigo Joaquín Maurín, exiliado en Nueva York donde dirigía la agencia literaria ALA, el envío de un artículo y en una posdata le decía: «Al terminar de escribir el artículo ha llegado un telegrama de Gorkín pidiéndome extraurgentemente otro sobre Baroja para Cuadernos. Reteniendo la blasfemia (porque soy ligeramente estoico y como dice uno de los héroes de La verbena de la Paloma el que no se reprime no es hombre) pongo otra vez manos a la obra». En enero de 1957 le decía: «Yo trabajo como una bestia (Universidad, mis cosas, etc.). Si no estallo un día será un milagro».

En el parque.Pero, con todo, muchas fueron las dificultades que durante   años tuvo que arrostrar. En una carta de enero de 1956 a Maurín se quejaba Sender: «Tengo ahora mismo tres libros grandes de tamaño (sin contar Bizancio [novela histórica de 1 000 páginas que acababa de escribir]) listos para la imprenta. Y sin editor. Y sin embargo mis libros son los únicos en español (novelas, se entiende) que se venden». Y en esa misma carta le decía también a Maurín: «Es angustiosa la idea de que habiendo escrito a veces en quince días un libro (me refiero a La Quinta Julieta) luego tenga que esperar quince meses hasta publicarlo». En otra carta posterior, de julio 1960, le confesaba a Maurín: «Te espantarás si te digo que tengo siete novelas inéditas (todas de venta segura y fácil y algunas de una cierta brillantez o de una gran brillantez y grandiosidad) y que ya no las ofrezco a nadie porque quiero evitarme el desaire. Es verdad que ninguna de esas novelas las he dado a leer a ningún editor. ¿Para qué?». Y el enero de 1961 volvía con la misma cantilena: «Si no te desmayas o si no te burlas te diré que tengo una serie de 27 libros inéditos bajo el título general de El calendario armilar (memorias bisiestas)… Si estuviera en España, Aguilar haría un par de volúmenes de esos monumentales (2 000 páginas cada uno) que además se venderían bien. Ya veremos».

En 1965, después de una larga y complicada espera, fue autorizada la publicación en España de Crónica del alba. Sender se sorprendió del furor que su novela había despertado en España. En enero de 1966 le escribía a Maurín: «De España buenas noticias —más ediciones en Destino y en otras partes. No acabo de entenderlo, por el lado político. Ni por lado alguno en realidad».

A partir de entonces, las expectativas editoriales de Sender en España empezaron a estar en alza. En febrero de 1967 le escribía, alborozado, a Maurín: «No salgo del asombro. La Ciudad de Barcelona me ha dado el premio de literatura del año 1966… Mi libro Epitalamio ha vendido los primeros 6 000 ejemplares (la edición entera) en tres semanas. Todas las revistas hablan de mis libros…». En 1969 ganó el premio Planeta.

En el parque.Pero Sender era ya un exiliado para siempre. Y como tal, la nostalgia le hacía viajar imaginariamente a España. En marzo de 1964 le escribía a Maurín: «Ahí [en Nueva York] llega la primavera y supongo que hay lilas ya en los puestos de flores y de periódicos, como en Madrid. ¡Aquellas lilas húmedas de rocío que vendía una gitana joven y hermosa en la puerta de la Granja del Henar! Esa Granja del Henar ya no existe. Al menos existen aún las lilas».

A veces, esos viajes imaginarios se trastocaban de repente en descabelladas tentaciones de llevarlos a cabo. El mayo de 1959 hacía esta confesión: «Leyendo estos días cosas de Galicia y de Santiago de Compostela tuve la tentación de con mi pasaporte americano ir unas semanas a aquella ciudad a poner un ramo de flores en la tumba de Valle Inclán».

 
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