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Augusto Roa Bastos

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1917-1946. Un muchacho renovador, revolucionario y autodidacta

19171917

Los padres de Roa Bastos durante su luna de miel.El 13 de junio nace en Asunción, hijo de Lucio Roa y Lucía Bastos. Esta coincidencia fonética entre los nombres de sus padres fue siempre vista por el escritor como un símbolo de la armoniosa relación que hubo entre ellos. El padre llevaba a la madre unos veinte años, y murió cumplidos los 95. Estuvieron casados medio siglo. A Augusto lo precede una hermana. Lucio Roa había sido seminarista y llegó a recibir las órdenes menores. Dejó la carrera eclesiástica y se dedicó a la explotación de la madera en el interior de la selva, donde contrajo una enfermedad cutánea que tardó en curarse y que reapareció poco antes de su muerte.

19171917-1924

La familia se marcha a Iturbe, cerca de Villarrica, en la zona del Guairá. Allí el padre está empleado en un ingenio azucarero. El lugar está irrigado por numerosos ríos que alimentan una frondosa vegetación. Los indígenas son guaraníes y su lengua es aprendida precozmente por el futuro escritor. Se trata de una lengua mal considerada por la gente culta, que la prohíbe. Augusto la recibe de los chicos con los que va a bañarse al río, fuera del villorrio selvático donde habita. El niño Roa tiene tempranas vivencias mágicas: los árboles como el mazaré, al ser golpeados por el hacha, suenan tal si fueran lingotes de metal, lanzando quejidos. Cree que dentro habitan personas calladas que se lamentan por la tala.

El padre ha participado en la construcción del ingenio donde trabaja. Carreteras, una línea férrea y la instalación de la fábrica lo han contado entre sus operarios. También ha frecuentado los prostíbulos de la zona. A su hijo le propone dos caminos: ser un gran hombre o un gran criminal. Nace en Augusto el interés por la vida de los delincuentes famosos, como el cuchillero Jacinto Osuna. Estos personajes aparecen en una suerte de romances de ciego que se llaman en Paraguay compuestos porque alternan versos en castellano y guaraní.

En la casa, la disciplina es casi conventual y evoca el orden cotidiano de las antiguas misiones jesuíticas del Paraguay. Cada día, tras la siesta, los niños son llevados a un cuarto amueblado con piezas hechas por el padre, donde reciben sus lecciones. En la puerta de casa hay un mástil donde se iza la bandera nacional y una campana que llama a clase. Luego de esta, los hermanos Roa deben hacer sus deberes hasta la noche. Augusto no es laborioso y prefiere tenderse bajo las viñas a contemplar el cielo y sus astros.

Roa Bastos con un año de edad, Asunción, 1918En cuanto a la madre, Augusto conservará toda la vida una imagen cercana a la aparición: rubia, bella, de ojos azules, sintetizando la doble herencia de una madre francesa y un padre portugués. Ingrávida, canta con buena voz de mezzosoprano. También lee: la Biblia y las obras de Shakespeare adaptadas por Harold Lamb. En ellas Augusto descubre la literatura y empieza a poblar la soledad selvática con personajes del barroco inglés, históricos y fantásticos.

Ahorrando durante tres años las monedas que le regalan por pequeños trabajos domésticos, Augusto compra sus primeros zapatos, con los que piensa viajar a la capital, Asunción. En el trayecto tiene un primer recuerdo erótico. La mujer a la cual lo ha encomendado su madre lleva consigo a un bebé al que amamanta. La vista del pecho cargado de leche lo incita a imitar al lactante.

19251925-1929

Augusto se instala en Asunción al cuidado de su tío, el obispo Hermenegildo Roa, con el fin de seguir estudios en el colegio San José. El Paraguay de la época es todavía el resto de la tremenda Guerra de Triple Alianza o Guerra Grande (conocida también como Guerra del Paraguay) que devastó su territorio y su población, reducidos notablemente, entre 1865 y 1870. Un millón de muertos y 200 000 sobrevivientes, en general niños, ancianos y mujeres, fue su saldo demográfico. Al empezar la década de 1930, el Paraguay cuenta con una cantidad indefinida de habitantes, entre 800 000 y un millón, cuya renta media es de cien dólares anuales por persona. El 80% de ellos son analfabetos.

Asunción, con 50 000 pobladores, tiene la mayor parte de sus calles sin asfaltar y carece de agua corriente y cloacas. El 80% de sus viviendas, como en el resto del país, no tiene fluido eléctrico. La economía se sostiene exportando materias primas: madera, algodón, yerba mate, frutas tropicales. Esta es la ciudad a la que llega Augusto. La ve y la recuerda según cierto monumento de una plaza asunceña: una mujer enorme, vestida con un peplo, en cuya boca abierta se detienen los pájaros. El niño la imagina devorándolos. Augusto pasa todo el año en la capital, salvo el mes de vacaciones, en el que vuelve a Iturbe.

Todas las semanas debe enviar una carta a sus padres, contándoles las triviales noticias del momento. La tarea le parece un suplicio, que se prolongará toda su vida respecto a la literatura de encargo. La exigencia de este boletín semanal proviene del padre y el hijo la asocia con una circunstancia dolorosa: estar lejos de su familia.

19301930

A los trece años, Augusto escribe su primera obra, una pieza teatral cuyo título es La carcajada. La coautora es su madre, con quien la representará por los pueblos, suscitando llantos colectivos entre el público, mientras en el escenario resuenan las carcajadas del caso. El dinero que recaudan se entrega a los soldados que motivaron la anécdota a la cual se refiere la obra. En 1928 fueron trasladados a la frontera con Bolivia como preparativos para una guerra que no llegó a declararse. En gran parte, murieron de hambre por el camino. Los supervivientes volvieron a sus casas a pie. Durante estas maniobras, Augusto no tiene clases en Asunción y se instala en Iturbe. Allí empieza a escribir y, además de la pieza citada, redacta su cuento Lucha hasta el alba, la historia de un parricidio. ¿Hay algo más expresivo que el parricidio para un adolescente que se decanta por la literatura?

19321932

Roa Bastos adolescenteEstalla la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, una disputa sobre la zona del Chaco Boreal, desértica pero rica en prospecciones minerales. El ejército boliviano está dirigido por un militar alemán, Hans Kundt. En general, las acciones favorecen a los paraguayos, pero el desgaste se vuelve notorio. Numerosas gestiones internacionales, a través de la Liga de las Naciones y, en especial, de las diplomacias argentina y brasileña, se encaminan hacia la paz, que finalmente se consigue en el llamado Protocolo de Buenos Aires, suscrito el 12 de junio de 1935. El canciller argentino, Carlos Saavedra Lamas, obtiene el Premio Nobel de la Paz por sus oficios en el caso. La guerra crea algunas figuras populares de héroes combatientes. Entre ellos, el coronel Rafael Franco, que perpetra un golpe de Estado y gobierna un año y medio; funda el movimiento político llamado Febrerista.

Lo desplaza un contragolpe encabezado por Félix Paiva.

Augusto comparte la protección de monseñor Roca con otros veinte muchachos, en calidad de sobrinos y alumnos del Colegio San José. Él es el más pobre de todos y se gana alguna propina ayudando a los más ricos a cumplir con sus deberes escolares, mientras repasa sus escasos calcetines para zurcir sus descosidos.

Los días en Iturbe le sirven para acumular materiales que luego aparecerán en sus cuentos y en la novela Hijo de hombre. El recodo del río donde se instala una balsa para que los troperos hagan pasar el ganado de una orilla a la otra, es el lugar de una escena que se clava en su memoria, la de unos trabajadores borrachos que caen al agua y se ahogan. Los vecinos salen a recuperar los cadáveres que flotan en el río y la sensación de tocar a un muerto, con su piel helada y sus cabellos chorreando agua, se transforma en la imagen privilegiada de la muerte misma.

19331933

Abandona sus estudios y se pone a trabajar como empleado de banca en Asunción. De alguna manera, se inicia su vida de autodidacta que le llevará a estudiar la vida y la época del Supremo y el desarrollo de las culturas indígenas y su mestizaje con las enseñanzas jesuíticas de las misiones paraguayas.

19341934

Junto con otros cinco amigos, se presenta como voluntario en la guerra. Polizonte, va en barco de Asunción a Puerto Casado, uno de los puntos críticos de la contienda. El mando lo destina a la retaguardia, donde debe limpiar letrinas y vigilar a los presos bolivianos.

19351935

Terminada la guerra, se le asigna la custodia de estos presos para llevarlos hasta la frontera con Bolivia y dejarlos en manos de sus compatriotas. La memoria de esta lucha, fondo posterior en Hijo de hombre, queda en Roa Bastos como una experiencia de muerte lenta (moriencia, por decirlo con una palabra muy suya) y de vejación, tanto para unos como para otros.

19351935-1936

De vuelta en Asunción se desempeña en tareas varias, como cartero y dependiente de tienda en el negocio de unos parientes que no le pagan sus servicios. Asiste a clases sueltas de Economía y Derecho en la universidad asunceña.

19371937

Presenta su primera novela, Fulgencio Miranda, al concurso abierto por el Ateneo de Asunción. El texto permanece inédito.

19391939

Se casa por primera vez. De este matrimonio nacerán Mirta y Augusto («Augustito») Roa. Ese mismo año asume la presidencia de la Nación otro héroe de guerra, el mariscal José Félix Estigarribia, por el partido liberal.

19401940

El mariscal promulga una Constitución de corte democrático y en la cual los poderes presidenciales son bastante regulados. A poco de jurarla, Estigarribia muere en un accidente de aviación este mismo año. Se abre el ciclo de la llamada Revolución nacionalista paraguaya, cuyo principal dirigente es el general Higinio Morinigo.

Roa se dedica al periodismo y empieza a destacar como redactor del diario El País, en el cual da a conocer reportajes sobre la situación de extrema explotación que sufren los obreros en los yerbatales de la frontera paraguayo-brasileña. También publica notas sobre literatura europea, en especial francesa (Cocteau, Valéry, Aragon, Breton), española (Antonio Machado) e inglesa (William Blake).

Publica un libro de versos: El ruiseñor de la aurora y otros poemas. El libro será repudiado por su autor, quien declarará que prefiere no recordar ni siquiera su nombre. Lo firma como Augusto José Antonio Roa, reuniendo los nombres de pila de sus dos abuelos. Escribe un par de obras teatrales: La residenta y El niño del rocío.

19441944

Se integra en un grupo de innovación literaria y teatral, el Vy´a Raity, cuyos principales componentes son Josefina Pla (canaria afincada en Paraguay, orientadora cultural de varias generaciones de escritores) y Hérib Campos Cervera. Junto a ellos: Roque Molinari, Elvio Romero, Óscar Ferreiro, Sila Godoy y Liber Fridman. El British Council lo invita para seguir en Londres unos cursos de periodismo radiofónico. Para entonces se ha desempeñado como secretario de redacción y jefe de información del diario El País.

Grabado de Olga Blinder, 196019451945

Asiste en Londres a los últimos meses de la guerra, bajo la amenaza de las bombas V2 que los alemanes ensayan infructuosamente. Por las noches, para completar sus ingresos, hace dúo de canto con un tenor. Millington Drake, director del British Council, lo estimula a cantar en alguna fiesta. Sobre la melodía de ciertas baladas populares, inventa letras de canciones. En Paraguay se estrena El niño del rocío. Escribe un par de piezas teatrales: Las miradas de la honra y Mientras llegue el día. Revisa el texto de La residenta.

19461946 

De regreso en Asunción publica sus crónicas londinenses en un folleto que desaparecerá al año siguiente, quemado por las tropas del gobierno. Los vaivenes políticos agitan el Gobierno de Morinigo. En un principio prohíbe la actividad del partido liberal y da el poder a los colorados. Luego abre un periodo de «primavera democrática». Retornan los exilados desde Uruguay y Argentina y se permiten las actividades de liberales, comunistas y febreristas. Más tarde se repiten las prohibiciones dictatoriales, en especial cuando hegemoniza el gabinete la figura de Natalicio González. El final de la guerra en Europa crea en determinados círculos de poder latinoamericanos el temor de revueltas procomunistas, lo que da lugar a gobiernos de corte militarista y dictatorial. Exilados nazis, por su parte, se van instalando en esos países, llevando sus normas de organización e ideología consigo.Roa Bastos con De Gaulle

Roa vuelve a viajar a Europa, esta vez a Francia, donde participa en emisiones radiofónicas dedicadas a los problemas políticos, sociales y económicos de los países latinoamericanos. Cuenta para ello con el apoyo de André Malraux, consejero y futuro ministro de Cultura del general De Gaulle. Morinigo lo designa agregado cultural en la embajada paraguaya de Buenos Aires pero Roa declina por razones de disidencia ideológica.

19471947

Febreristas, liberales y comunistas se coaligan para derrocar al Gobierno de Morinigo. Estalla una revolución que se hace fuerte en el norte del país y avanza sobre la desprotegida Asunción. Cerca de la capital, unas discusiones entre los jefes insurrectos, Rafael Franco y Alfredo Ramos, acerca del reparto del futuro Gobierno, debilitan sus fuerzas y acaban por ser derrotadas. El presidente argentino, Juan Domingo Perón, apoya a Morinigo enviándole armas y motores de repuesto para su aviación. El general triunfante instaura una dictadura que durará hasta 1948. Luego seguirá un periodo de inestabilidad acentuada y efímeros gobiernos civiles o militares hasta la asunción del dictador Alfredo Stroessner en 1954.

La política de Morinigo es similar a la de otros regímenes de la época. Se protege la producción nacional con aranceles para los productos importados, se estimulan las empresas económicas estatales, se promueven grandes obras públicas y se apunta cierta protección social en materia de sanidad y asistencia. Morinigo sintoniza con tendencias como las de Perón en Argentina, Miguel Alemán en México, Getulio Vargas en Brasil y Velazco Alvarado en Ecuador.

A resultas del fracaso revolucionario, el ministro González, encargado de la Hacienda paraguaya, decreta la captura de Roa, sindicado como peligroso comunista, vivo o muerto. Personaje activo y eficaz, pero corrupto y represivo (mandó destruir mucha valiosa documentación histórica), González sentía una especial inquina por Roa, no sólo política sino personal. González tenía sus pretensiones literarias y Roa había ridiculizado sus escritos sobre historia de la cultura en el Paraguay, aparte de haberse negado a saludarlo en una recepción oficial.

González organiza unas bandas armadas llamadas «de los Pymandí» o pies descalzos, luego guiones rojos y garroteros, que entraban a saco en las casas de los opositores, secuestraban, mataban y robaban, como siniestro antecedente de los parapoliciales y escuadrones de la muerte en décadas posteriores.

Uno de tales grupos va a detener a Roa en la redacción del periódico donde trabajaba. El escritor, considerándose de escasa importancia política, no toma ninguna precaución, no obstante el clima de represión instaurado por el Gobierno. La llegada de los asaltantes, que destrozan el mobiliario y empastan las linotipias, alarma a los redactores y empleados, situados en la planta superior. Así logra escapar saltando de un tejado a otro.

La fuga lo devuelve a su casa de Villamora, donde su primera mujer, Lydia, cuida de un bebé, su hija Mirta. Roa cena, se acuesta resignado a lo que pueda ocurrir y se pone a leer El gran Meaulnes, la novela del escritor francés Alain Fournier, muerto en la Primera Guerra Mundial. Su mujer se lleva a la niña a casa de monseñor Roa.

Lo saca de su ensimismamiento el ruido de armas de una patrulla. Con rapidez, trepa a la terraza y se mete en el tanque del agua, que empieza a desbordar. Por suerte, esa noche de marzo cae una llovizna estival que disimula el accidente. Los asaltantes saquean la casa, destrozan lo que no se llevan y parten. Como puede, Roa va a casa de monseñor, donde halla a la familia reunida y angustiada. Está rezando el rosario y, a su término, visto el lamentable estado del escritor, su tío le recomienda buscar un asilo más seguro. Roa se refugia en la embajada de Brasil, donde es acogido por el consejero cultural, su amigo Guy Buarque de Hollanda.

Roa Bastos expulsado de su paísDurante cuarenta días, es un asilado diplomático, asegurado por la extraterritorialidad del lugar. Las negociaciones para obtener su salvoconducto son complicadas y enfrentan al embajador brasileño con el ministro González. Por fin, se le otorga el documento y parte en hidroavión hacia Buenos Aires. Se inicia para él un exilio de cuatro décadas. El momento es decisivo y así lo recuerdan sus palabras:

«Me despedí de la bahía asunceña, del Club Náutico El Mbiguá donde tuve mi época gloriosa de campeón de remo en la categoría de single scull, y volé al exilio. Me estaba convirtiendo en un “axiliado” cuya definición perfecta, la de Ambrose Bierce, dice que es el ‘ciudadano que sirve a su país viviendo en el extranjero, sin ser un embajador’. Me estaba yendo a cumplir estas funciones honorarias de las que no se puede dimitir y en las que no hay retiro ni jubilación.

Sobre el rojo furioso de la tierra y las palmeras cada vez más enanas dije mi adiós al terruño. País de la profecía y del misterio para muchos, para mí lo es también».

En ese momento, Roa recuerda las palabras de otro exilado, Luis Cernuda, que define la tierra de origen que «a su imagen nos hizo para de sí arrojarnos».

 
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