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Augusto Roa Bastos

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Augusto roa bastos y el indigenismo
Carmen Alemany Bay *

Roa Bastos en 1995. Tratamiento de imagen de Ana Santonja.En algún momento de su vida, Augusto Roa Bastos afirmó que «de este equilibrio entre la cultura hispana guaraní es de donde ha de surgir la literatura paraguaya del futuro». Desde luego que al pronunciar estas palabras estaba pensando en el futuro literario de su país, pero sobre todo estaba definiendo su propio quehacer narrativo que, en sus primeras obras, parte de la concepción de un nuevo indigenismo literario que ya empezó a vislumbrarse con anterioridad en las leyendas y en algunas novelas del guatemalteco Miguel Ángel Asturias y también, en los años cincuenta y sesenta, en las obras del peruano José María Arguedas. Este indigenismo renovado, calificado como neoindigenismo por la crítica, estará muy presente en obra roabastiana a partir de su libro de relatos El trueno entre las hojas (1953) y en las obras publicadas en la década de los sesenta como la novela Hijo de hombre (1960) y las colecciones de relatos El baldío (1966), Madera quemada (1967) o Moriencia (1969). Las novelas que publicará después de estas fechas (Yo, el Supremo (1974), Vigilia del Almirante (1992), El fiscal (1993), Contravida (1994) Madama Sui (1996) o Los conjurados del quilombo del Gran Chaco (2001, escrita esta última junto a otros tres colaboradores), sin olvidar nunca el sufrimiento de su pueblo así como las aportaciones culturales de los indígenas a la sociedad paraguaya (a excepción, lógicamente, de la Vigilia del Almirante en la que trata la figura de Cristóbal Colón); su obra se abrirá hacia posiciones más universalistas en las que, partiendo de la realidad de su país, se denunciará el abuso del poder y se indagará en una realidad humana más compleja.

La presencia de la cultura y la lengua guaraní en Augusto Roa Bastos empezó a tomar cuerpo en su infancia, en el pueblo de Iturbe, enclavado en la región de Guairá y lugar en el que transcurrirán algunos de sus relatos y novelas de su etapa más indigenista. Será en estos años en los que se gestará la dualidad entre la lengua y la cultura guaraní y la lengua y la cultura castellana, ésta última acrecentada en los años en los que vivirá en Asunción bajo la tutela de su tío paterno, el obispo Hermenegildo Roa, quien le introducirá en la lectura de los clásicos y en la cultura europea. La presencia de estas dos culturas determinará que Augusto Roa Bastos tome principal partido por la primera en la escritura de los años cincuenta y sesenta, aunque sin renunciar por ello a la decisiva influencia y convivencia con la segunda. Su objetivo en estos primeros tiempos de escritura fue encontrar una dimensión más profunda sobre el ser paraguayo y resaltar las difíciles condiciones de vida que soportaban los indígenas; así como recuperar a través de la escritura (con la siempre presente oralidad) el mundo de su niñez y traducir en sus novelas y relatos el mundo mágico, mítico y religioso que heredó de la cosmología guaraní.

Representación de guaraníes occidentalizadosCon este afán, y teniendo como referente los planteamientos que sobre el neoindigenismo se dieron en aquellas décadas, Augusto Roa Bastos publicará El trueno entre las hojas, Hijo de hombre y los libros de relatos anteriormente reseñados. En ellos el escritor paraguayo hará convivir en el espacio textual la presencia del realismo mágico, la intensificación del lirismo y las transformaciones reales de la problemática guaraní. Asimismo, luchará por encontrar un lenguaje cuya sintaxis y sentido, alimentado este último por el mito, nos remita al mundo cultural indígena con el afán de que factores como la mitificación y la oralidad hagan atenuar la presencia de la tradición hispánica en el interior de sus escritos. Como afirmó el propio autor, al referirse a estas obras enmarcadas en la cosmovisión de lo guaraní, «sabemos por anticipado que el cuentista o novelista culto que escribe en castellano no va a cometer la tontería de pretender trasladar a sus textos las características formales y técnicas del guaraní (prosodia, semántica, sintaxis, léxico); procurará a lo sumo incorporarles su atmósfera, infundirles su sentido, su emoción vital» y así lo formalizará Augusto Roa —de forma progresiva— en sus obras.

En su libro de relatos El trueno entre las hojas reseñará el mundo de la violencia y el inexorable destino del hombre para destacar que entre los oprimidos, el pueblo guaraní, prevalecen no sólo la pobreza sino también la solidaridad, el sentido de la comunidad y la fraternidad; factores positivos que entran en conflicto con el mundo de la negatividad encarnado en los ricos y poderosos, los opresores. El guaraní se hará presente en voces y expresiones de este idioma que se traducen en un vocabulario final, al igual que se hizo en las novelas indigenistas de los años veinte. Sin embargo, en su primera novela, Hijo de hombre, las expresiones y palabras de origen guaraní se traducirán o se explicarán en el interior del texto y este aspecto lingüístico se complementará con una visión más integradora de las dos culturas, como lo demuestra las citas que aparecen encabezando el libro —una perteneciente a la Biblia, y otra procedente del Himno de los muertos de los guaraníes. Asimismo, el sustrato cultural guaraní se verá reforzado a través de la presencia del folclore —esa música de Gaspar Mora que sigue resonando después de su muerte— y por una estructura cíclica, y a la vez dual, en la que en los capítulos impares la voz de un cronista exalta a la colectividad desde la simpatía y la admiración hacia lo guaraní y, en contraposición, en los capítulos pares será la voz del Teniente Vera el que represente la aculturación, una aculturación bastante extendida en algunos sectores de la sociedad paraguaya.

Si bien estas obras estarían enmarcadas en la más estricta evolución del neoindigenismo, a partir de El baldío se revela ya una mayor insistencia en una realidad humana más compleja que prescinde de la dualidad entre opresores y oprimidos para centrarse en aspectos más universales como la soledad o la incomunicación, muy presente en la segunda edición ampliada de este libro publicada en 1976. En estos relatos, así como en los editados hasta los años setenta, formas mestizas (fusión entre el castellano y el guaraní) seguirán presentes en los textos; aunque ya el animismo y el mesianismo profético, tan característicos hasta estos momentos en su obra, sufrirán una significativa merma. Su obra, a partir de Yo, el Supremo, buscará no la representación de mundos duales que conviven sino la voluntad de desenmascarar los discursos del poder que son los que en realidad marginan culturas como la guaraní y, asimismo, buscará destituir el carácter absoluto de la escritura y cuestionará aquel lenguaje literario que sólo trata de redimir el poder de la palabra escrita frente a la siempre denostada oralidad. Con estos renovados objetivos, la presencia del guaraní en Yo, el Supremo aparecerá reflejada a través de comparaciones, imágenes o metáforas que representarán conceptos y abstracciones de lo concreto («pájaro-recuerdo», «alma-huevo»), en un claro intento de reflejar el carácter aglutinador de una lengua como la guaraní.

Misión de San Javier en el ParaguayA partir de estos momentos el suyo será un compromiso cultural con los pueblos iberoamericanos, aunque el referente sea casi siempre la historia y la cultura paraguayas, como dejó patente no sólo en sus obras literarias sino también en artículos como la «Proposición para una alianza cultural entre los pueblos iberoamericanos» (1983) o «La integración iberoamericana» (1984). Con El fiscal cerrará la trilogía sobre el monoteísmo del poder (que empezó con Hijo de hombre y siguió con Yo, el Supremo) en la que además se planteará la función del intelectual hispanoamericano y, más concretamente, la del intelectual en el exilio por razones políticas. En Contravida, personajes de su narrativa anterior reaparecerán y el realismo poético, los espejismos y los lugares mágicos como Itubbe-Manorá nos remitirán no al neoindigenismo —por otra parte ya caduco en la narrativa latinoamericana—, sino a una nueva consideración de la presencia de la cultura guaraní en convivencia con otras culturas que conforman el panorama paraguayo. Y así se demuestra en su Madama Sui, en la que Augusto Roa Bastos reconstruirá ficcionalmente la vida breve e intensa de una de las amantes del dictador Stroessner con la finalidad de introducir una cultura distinta, la japonesa, y establecer relaciones entre esta y el mundo de la imaginación guaraní; ya que en ambas culturas coexiste, por ejemplo, la fantasía de una Tierra sin Mal, una utopía que anheló Augusto Roa Bastos y cualquier ser humano que se precie.

 

* Titular de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Alicante.

 
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