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Augusto Roa Bastos

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Dictadores de novela
Por Blas Matamoro

La figura del dictador latinoamericano ha sido frecuentada por la novela, al menos, desde que Ramón María del Valle-Inclán publicó su Tirano Banderas en 1926. Situó la acción en un imaginario país subtropical e hizo hablar a sus personajes un castellano mezclado de americanismos de distinta procedencia, algunos debidos a la propia inventiva lingüística del escritor. Valle fijó un modelo de gobernante pintoresco, iletrado, intuitivo, autoritario, sangriento pero de pequeño formato, muy impregnado de provincialismo hispánico. Tras sus huellas se escribieron obras de variada truculencia o caricaturas esperpénticas como El señor presidente del guatemalteco Miguel Ángel Asturias y El gran Burundún-Burundá ha muerto del colombiano Jorge Zalamea.

A partir de la década de 1960 y por impulso editorial del llamado boom latinoamericano, aparecen otras novelas con el tema del dictador. No se trata de evocaciones con fondo histórico como el Perú del dictador Odría en Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa o la posterior La fiesta del chivo del mismo escritor peruano y con referencia en el Santo Domingo de Trujillo. Los dictadores de nueva planta pasan por países prototípicos pero imaginarios como en el modelo valleinclanesco. No obstante, algún aire de familia permite pensar en figuras históricas. La más visible es la que dibuja Alejo Carpentier en El recurso del método, cercana al paradigma del dictador ilustrado, modernista y positivista que encarnó en México, Porfirio Díaz.

En cambio, Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca inclina la fábula hacia su propio mundo: la decadencia de las grandes familias terratenientes, las mansiones corrompidas por el tiempo y el descuido, el jefe de la tribu desorientado y abúlico a la manera de los inertes sucesores de la familia Buendía en Cien años de soledad. De alguna manera, el novelista repetirá la fórmula al encarar la persona de Simón Bolívar (El general en su laberinto).

Roa con indumentaria de la época de Rodríguez FranciaLa opción de Augusto Roa Bastos en Yo, el Supremo (1974) es distinta y ofrece una fórmula mixta de cuño muy personal. El Supremo se refiere a un personaje histórico, José Gaspar Rodríguez de Francia (1776-1840), individuo novelesco por sí mismo, que cultivó la soledad, el encierro y el misterio. Estudiante de teología y de leyes (estas en la argentina Córdoba), participó del movimiento independentista pero aislado de las guerras contra España. Fue cónsul con Fulgencio Yegros en 1813, a quien mandó fusilar más tarde. Dictador temporal en 1814, se hizo perpetuo en 1816 y así lo fue hasta su muerte. Célibe y austero, promovió obras públicas, especialmente carreteras y fortalezas, y alentó la agricultura desde el Estado. Creó un ejército férreo y disciplinado que cuidó de la llamada, por Roa, «isla de tierra», un país autosuficiente y alejado del entorno hasta la guerra de 1865-1871, en la que Brasil, Argentina y Uruguay lo arrasaron.

Roa se vale de personas y documentos históricos, pero los entrevera con otros de su invención, de modo que los datos documentales se tornan ficticios al incorporarse a la novela que es, también, una lectura de la historia fundacional del Paraguay en clave de alegoría. Francia es el Paraguay y el país pende de un destino personal, por lo que se discute hasta la actualidad dónde se hallan los restos del Supremo, manera de no admitir del todo su muerte, ya que acarrearía la desaparición del mismo país.

El libro se estructura sobre la relación del dictador y su secretario Patiño, fiel en apariencia y finalmente traidor y falsificador de papeles que atribuye al propio Supremo. Este es un hombre que vive dictando un interminable documento público, la Circular Perpetua, y anotando una suerte de contradiscurso en un cuaderno privado. Hay también un tercero, el compilador, que hace las veces de actuario, fedatario o notario, recogiendo las escrituras históricas y ficticias, y mezclándolas como lo exige la novela.

Muchos datos expuestos en sus páginas permiten trazar la biografía de Francia y la historia del Paraguay en los primeros años de su independencia. Esta se da tanto respecto a España como a la Argentina o Provincias Unidas del Río de la Plata, comandadas por Buenos Aires, que pretenden incorporar a los paraguayos a sus ejércitos libertadores. A la vez, el libro es una alegoría de la escritura, ese dictado que, al pasar de la voz a la letra, da a esta una autonomía que acaba en rebelión. Es secreta pero busca la publicidad, confía en un fiel transcriptor y acaba siendo víctima de su infidelidad igualmente secreta.

El dictador de Roa Bastos vive encerrado en su casa y sale, en ocasiones, por la noche, solo y a caballo, a recorrer la ciudad donde nadie sabe identificarlo. Es así como da lo mismo que exista o no, pues de él se tienen noticias sólo indirectas, provistas por la escritura de sus documentos circulares y perpetuos. No tiene pareja, apenas relaciones esporádicas con su nodriza o alguna mujer ocasional. Habla de un pueblo con el que guarda vínculos viscerales y nunca explícitos. Su modelo, en esto, es Napoleón, del que tiene siempre a la vista un retrato. Su Paraguay es una fortaleza habitada por una población disciplinada como un ejército. Todos reciben asistencia pero a cambio de ignorar cualquier libertad.

 
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