|
Una novela tan inmensa y caudalosa en asuntos y episodios como
el Quijote, ha sido fuente de inspiración para un gran número de compositores. Obra que, a juicio de Arthur Schopenhauer, «alegoriza la vida de cualquier hombre que no quiere perseguir simplemente su provecho personal, como hacen los demás, sino que persigue un fin objetivo e ideal, el cual se adueña de su pensar y querer, por lo que resulta excepcionalmente extraño en este mundo».
Tratar de llevar la vida y hechos de Don Quijote de la Mancha a la partitura es una tarea ardua y complicada. Por ejemplo, y sin ceñirnos a lo estrictamente sinfónico, la mayor parte de las óperas que se han ocupado de la inmortal novela de Cervantes, o de alguno de sus episodios, no han llegado a quedar en el repertorio. Tan sólo la de Massenet, horrible en cuanto a su relación con Cervantes (tiene más de la comedia de Jacques Lorrain La
Chevalier de la Longe Figure), ha sobrevivido relativamente al olvido. En esta delicada tarea de trasladar las aventuras del ingenioso hidalgo
al pentagrama, una obra hace justicia, por el texto, el desarrollo de la acción y la música, a la madre de todas las novelas: la colosal ópera Don Quixote de Wilhelm Kienzl (1857-1941); donde encontramos una excelente música sinfónica, a veces de un wagnerismo italianizado, como en el excelente interludio de «Don Quijote velando las armas». Y por supuesto, la genial obra de Falla (una ópera a medias) El retablo de
maese Pedro, sin duda el acercamiento más valioso y certero de los innumerables destinados a la escena. Obra inmortal que no sólo respeta el texto cervantino, sino su espíritu y el del tiempo caballeresco evocado por el
Caballero de la Triste Figura.
 |
 |
En el plano estrictamente sinfónico son decenas las partituras inspiradas por
el Quijote. En España, por ejemplo, el grueso de las mismas procede de la primera mitad del siglo
XX. Del año 1916 data la primera composición reseñable. Se titula Una aventura de
don Quijote y es el segundo poema sinfónico de Jesús Guridi tras Leyenda vasca (1915). Se basa en los capítulos VIII y IX, donde se refiere «la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron». Guridi muestra aquí su dominio de la orquesta a los pocos años de su regreso de Francia y Alemania, donde se hizo con un bagaje de conocimientos excepcional. Sigue los pasos de Richard Strauss, aunque siempre con su personal armonía y un, aquí tímido, acercamiento a la música tradicional vascongada. Cuatro años después de Guridi, otro compositor vasco, el alavés Emilio Serrano, un tanto olvidado pese a sus méritos como operista y compositor sinfónico, presentaba su poema sinfónico Don Quijote de la Mancha, posiblemente refundición de sus dos poemas La aventura de los molinos de viento y La primera salida de
don Quijote, basados en el capítulo VIII y en el capítulo II. Obra simplemente correcta por su conservadurismo, no se ha vuelto a escuchar.
En 1924 se produce una de las mejores obras concebidas sobre la gran novela. Se trata del episodio sinfónico de
Óscar Esplá Don Quijote velando las armas (1924), modelo del arte personalísimo del maestro alicantino, a veces no logrado con tanta sabiduría y encanto. Esplá quiso evocar aquí las meditaciones y esperanzas de
don Quijote durante la noche en que veló sus armas, y dedicó su obra a Ortega y Gasset. La dividió en Preludio-Danza y Escena, lo que no deja de ser una guía que reconduce nuestras meditaciones. Pero la obra está llena de detalles y sus breves, numerosos y graciosos episodios se van engarzando con verdadera ciencia. Los temas forman parte de ese folclore reinventado que Esplá maneja con su deslumbrante luminosidad mediterránea. En versión para orquesta se estrenó la música de otro maestro valenciano, Rafael Rodríguez Albert, sobre el episodio de Las bodas de Camacho, extraído de su fantasía lírica La ruta de
don Quijote (1930). También posee gran interés el poema sinfónico del salmantino (Gerardo Gombau, compuesto el año 1945 y con el que obtuvo el Premio Extraordinario de Composición del Conservatorio de Madrid. Tuvo algún pequeño problema con Esplá, por haber puesto el mismo título. El propio Gombau, que en sus últimos años evolucionó como ningún otro autor de su generación (nació en 1906 y, por tanto, puede ser considerado un compositor del 27), calificó su obra de poemón conradiano-straussiano, lo cual no impide su disfrute al público de hoy, sino que lo favorece.
En 1946, el maestro irunés José María Franco compuso una música para una adaptación radiofónica del Quijote que tituló El mejor libro de España. Según Víctor Espinós:
«la sencillez y el suave aroma arcaico de estas páginas aproximan, por el modo y la intención, la obra de Franco a la obra maestra del insigne Falla, así en los trozos orquestales como en los episodios vocales». El burgalés Esteban Vélez, como su paisano Antonio José, se acercó al inmortal libro con el poema sinfónico Preludio sobre la primera salida de
don Quijote de la Mancha, dado a conocer en 1947 por la Orquesta Sinfónica de Madrid en el Teatro Monumental. Ese mismo año el pianista, crítico y ensayista orensano Antonio Iglesias estrenó en Lisboa su preludio para orquesta A primeira saida de
Don Quixote, con la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por el inolvidable maestro Pedro de Freitas Branco. Del año 1948 es el poema sinfónico de Joaquín Rodrigo Ausencias de Dulcinea basado en los versos incluidos en el capítulo XXVI, Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo
don Quijote en Sierra Morena. La partitura requiere cinco solistas (un barítono y cuatro sopranos) y está, sin duda, por adecuación al espíritu quijotesco y por su extraordinaria orquestación, entre lo mejor escrito por el célebre autor del Concierto de Aranjuez.
La imaginación vuela a los tiempos de la caballería, así como a la
locura amorosa del caballero, cuyas desvanecidas ilusiones
amorosas quedan magistralmente descritas en las voces
fantasmagóricas de las cuatro sopranos.
Es de toda justicia incluir aquí la última obra sinfónica de aquel otro quijote straussiano de la música llamado Conrado del Campo que, al final de su larga vida, compuso su obertura poemática Evocación y nostalgia de los molinos de viento (1952), dedicada al maestro Hugo Balzer, muy presente por entonces en la parca vida musical de Madrid. El compositor madrileño nos daba con esta poética Evocación su nostálgico adiós a la vida y a la música que le emocionaba. Su admirado Richard Strauss había fallecido poco antes y él mismo no tardaría en transitar hacia otro mundo. De 1973 son los Epitafios cervantinos del mallorquín Román Alís, para solistas, coro mixto y orquesta. Para finalizar, recordaré aquí tres obras que merecen ser reseñadas, pese a faltar la perspectiva al ser más recientes. La primera es Galatea, Rocinante y Preciosa (1980) para soprano y orquesta de cámara, del bilbaíno Carmelo Alonso Bernaola. Se trata de un tríptico cervantino sobre textos de tres novelas de Cervantes: Galatea (1585), El Quijote (1605) y la primera de las Novelas Ejemplares (1613): La gitanilla. Así como de la primera y la última elige a sus bellas protagonistas, en El Quijote canta al célebre caballo del caballero. La segunda es el
ballet Don Quijote, obra de Federico Moreno Torroba, estrenado en 1982 por el Ballet Nacional de España con coreografía de Luisillo. Música sin más trascendencia que la de estar bien escrita para la danza. La última podría llegar a ser un ballet, pues se trata de las inspiradísimas Canciones y danzas para Dulcinea (1993) de Antón García Abril, cuyo origen es un encargo que el compositor turolense recibió de la Thames Television de Londres para la serie Monsignor Quixote, basada en la novela de Graham Green. El propio García Abril la consideró un «apunte de
ballet» y redujo la partitura original a seis canciones con sus correspondientes danzas.
El sinfonismo sobre
el Quijote fuera de España ha sido también muy extenso, pero acaso el más representado y aplaudido sea el
ballet de Ludwig Minkus, estrenado en Moscú en 1827. Al igual que Minkus, el célebre Anton Rubinstein utilizó música tradicional española en sus cuadros orquestales sobre Don Quijote (1875), del que su alumno Tchaikovsky hizo un arreglo para piano a cuatro manos. En 1881, Rubinstein visitó España y ofreció recitales en Barcelona y Madrid con éxito clamoroso. Merecen igualmente reseñarse el poema sinfónico Don Quixote (1912) del polaco Eugeniusz Morawski-Dabrowa, sucesor de Szymanowski como director y profesor de composición en el Conservatorio de Varsovia; la obertura Don Quixote tanz fandango (1944) que no pudo orquestar Viktor Ullmann, el autor de la hoy famosa ópera Der Kaiser von Atlantis, fallecido en el campo de concentración de Auschwitz; o la Ouverture por un
Don Quichotte (1929) del excelente compositor francés Jean Rivier, profesor de Composición en el Conservatorio de París junto a Darius Milhaud.
Ahora bien, ninguna de estas obras puede competir con Don Quijote. Variaciones fantásticas sobre un tema caballeresco,
Op. 35, de Richard Strauss (1864-1949). Se da la paradoja de que durante mucho tiempo fue Don Quijote el poema sinfónico menos ejecutado de Richard Strauss. Y sin embargo, hoy pensamos que es el más trabajado y rico de cuantos escribió. Ya en 1897, y tras haberse presentado Strauss en su primer período muniqués como el heredero de la gran tradición sinfónica alemana, Don Quijote era una obra de vanguardia. El público, acostumbrado al Strauss cuyo talento había cristalizado en el sinfonismo de Aus Italien y Muerte y transfiguración, no encajaba bien la osadía colorista, el humor desprejuiciado e hiriente del Don Quijote. Si los poemas del segundo período de Múnich Till Eulenspiegel y Así hablaba Zaratustra anunciaban unos procedimientos y una complejidad nuevos en el arte straussiano, Don Quijote supone una culminación, tanto en los aspectos humorísticos como en los meramente descriptivos del detallado programa de la obra. Enamorado de la inmortal novela de Cervantes, Strauss trabaja con mano maestra los distintos episodios seleccionados, pasando como el gran escritor de lo irónico a lo patético, de lo tierno y gracioso a lo burlesco y vejatorio. Estamos, por tanto, ante el Strauss más humano y, a la vez, el más ocurrente. Para serlo, sólo ha puesto en juego toda su sabiduría de gran orquestador, sin transgredir ni inventar nuevas formas, sino empleando la vieja fórmula de la introducción y variaciones, acogiéndose al no menos tradicional enunciado concertante. No vamos a describir aquí los diversos pasajes que conforman la obra, donde Strauss elaboró un programa detallado. Este «casi concierto» para violonchelo, viola y gran orquesta, nos convence no tanto por su programa, evocador de las aventuras caballerescas de
don Quijote y de su contrapunto materialista Sancho Panza, cuanto por suscitar en nuestro ánimo un ambiente que corresponde de modo inequívoco (hoy, al menos, cuando se escucha no causa apenas sorpresa) a lo que representan los personajes del Quijote para sus lectores.
Poco después de su estreno en Colonia, dentro de los conciertos Gürzenich, Strauss dirigió el 27 de febrero de 1898 su Don Quijote en el teatro Príncipe Alfonso del Paseo de Recoletos de Madrid, al frente de la Orquesta de la Sociedad de Conciertos. Volvería a hacerlo el 9 de marzo de 1925 con la Orquesta Sinfónica de Madrid, y esta vez contó con la colaboración del violonchelista Juan Antonio Ruiz-Casaux, ilustre solista y músico de cámara, profesor del Real Conservatorio de Madrid. En Don Quijote, pocas veces la escritura orquestal de Strauss se habrá mostrado más sutil y evanescente, pocas veces más incisiva y aguda, pocas también más triste, más dolorosa. Así se muestra al lector, a menudo, la gran novela de Cervantes.
|
|