|
Cuando Manuel Gutiérrez Aragón me confió la composición de la música para la banda sonora de El caballero
don Quijote, mi primera sensación fue de cierto respeto ante el reto que suponía trabajar en una película con tantos antecedentes como los que de ella ya existían. De hecho, casi una docena de compositores habían escrito una partitura para alguna de las versiones cinematográficas anteriores al proyecto que se me presentaba; y eso dejando aparte los cortometrajes, documentales o largometrajes basados, más o menos remotamente, en algún personaje de la universal novela.
Entre estos compositores los había de la categoría de Ernesto Halffter, Antón García Abril o Jacques Ibert, de la popularidad de Lalo Schifrin o Waldo de los Ríos, e incluso un misterioso Daniel White, compositor del que no he podido encontrar pruebas fehacientes de su existencia y cuyo nombre, al parecer, no es sino el seudónimo del director español Jesús Franco, quien gracias a sus estudios musicales, previos a su interés por el cine, componía la música de sus propias películas.
Por otra parte, entre los grandes atractivos de la propuesta de Gutiérrez Aragón estaba el de que la lectura que él quería hacer de la novela coincidía plenamente con el punto de vista que me sugería mi reencuentro con el personaje: don Quijote, inmerso en una sociedad injusta y empobrecida en la que el individuo se ve obligado a una lucha continua por la mera supervivencia, a veces a cualquier precio, busca una ética, una ideología o,
si se prefiere, una escala de valores distinta a la que rige su entorno. Con este empeño, don Quijote se convierte en el paradigma del romanticismo: la búsqueda de una utopía.
Compartir con el director el punto de vista ético y, por qué no, ideológico de una película se ha convertido para mí en algo imprescindible a la hora de componer su música; a pesar de haber utilizado, durante mucho tiempo, como título de libros, apuntes, conferencias y seminarios frases como «Música para la imagen» o «Componer para la imagen», la verdad es que la conclusión resultante de mi experiencia como compositor en relación con el cine es que la música debe ser compuesta desde la propia imagen, o para ser más preciso, desde dentro de la propia narración.
Penetrar en la película, analizar el entramado de su estructura y, sobre todo, tratar de escudriñar las intenciones del director, es decir, su punto de vista sobre lo que se narra, son para mí tareas indispensables antes de tomar decisiones importantes sobre el lenguaje, las texturas armónica y tímbrica y el estilo de la música que voy a componer. Por ello creo que valorar una composición para el cine sacándola de su contexto, la imagen para la que fue creada, nos conducirá, muy probablemente, a conclusiones equivocadas.
La música de El caballero
don Quijote debía, pues, estar al servicio de hacer que el espectador viera al personaje desde dentro: su amor es profundo y auténtico, su interés en ayudar al pobre, al débil y en general al oprimido por un sistema creado por y para el poder, es revolucionario. Para mí, no cabía mejor punto de partida.
Es muy probable que el problema de alguno de mis antecesores en su aventura musical con el Quijote, fue tener que hacer frente a lecturas superficiales, casi iconográficas, basadas más en la imaginería creada por los grabados de Gustavo Doré que en el magnífico estudio de la naturaleza humana que encierra la novela. Don Quijote, en estas versiones, no es más que un loco, con cara y ademanes de loco, que hace locuras: tan sólo ojos desorbitados, brazos abiertos y hablar a gritos. Nunca entramos en su cabeza; no interesa lo que pasa por ella, ni el origen de su desvarío, ni su visión de lo que lo rodea. No hay en ellas posibilidad de reflexión, no hay forma de intuir que a todos los que han buscado la utopía se los ha llamado locos; que a muchos de los personajes incómodos a lo largo de la Historia, la sociedad se los ha quitado de encima tratándolos de locos. Y encerrándolos.
A pesar de eso, algunas películas hechas desde esta perspectiva del personaje contaron con colaboradores extraordinarios. Es el caso de la producción de Cifesa dirigida por Rafael Gil el año 1948. Ernesto Halffter compuso para este film, de excelente factura artística, una espléndida partitura, quizás la más importante desde el punto de vista musical de cuántas se han escrito sobre el Quijote. La música trasciende la superficialidad del planteamiento de la película, dotándola de una dimensión que sin ella, desde luego, no tendría.
|
|
Desde el punto de vista estilístico, las diferentes versiones cinematográficas de Don Quijote han dado una gran variedad de planteamientos musicales aunque existen en la mayoría de los casos algunos rasgos coincidentes en ellos. El que más evidentemente se nos muestra es la referencia a elementos conectados con la música tradicional española. En el caso de las películas que han contado con compositores extranjeros, estas referencias se quedan, en su mayoría, en
la utilización de tópicos y clichés relacionados más o menos remotamente con la música popular andaluza y que sólo sirven para resaltar, aún más, la ya comentada falta de profundidad de alguna de estas versiones. Incluso en la película dirigida por Grigory Kozintsev en 1957, a mi entender una de las mejores y más serias visiones que de Don Quijote se han llevado al cine, encontramos ejemplos de ello. Este film cuenta con una muy importante partitura del compositor ruso Kara Karayev que aporta densidad, enriquece el contenido emocional de las imágenes y ofrece momentos de una gran belleza. Sin embargo, en un par de secuencias, los campesinos manchegos cantan y bailan al son de guitarras y castañuelas una extraña mezcla de tanguillo y sevillanas que, naturalmente, nada tiene que ver con la época ni el lugar en el que transcurre la acción.
Otro rasgo coincidente en algunas de estas versiones cinematográficas es la utilización de la voz humana. Aunque a veces, como en la partitura de Halffter, un coro aparece junto a la orquesta en varios de sus fragmentos, las más de las veces la voz interviene como solista interpretando alguna canción. El ejemplo más notable de la utilización de canciones en diversos momentos de la historia lo presenta la sorprendente película Don Quixote, realizada en Francia en 1933 por el director austriaco Georg Wilhelm Pabst. A lo largo de ella don Quijote, personificado por el famoso bajo ruso Feodor Chaliapin, interpreta varias canciones escritas por el compositor francés Jacques Ibert para la banda sonora del film, con lo que se produce un curioso antecedente del musical americano El hombre de La Mancha. Esta producción teatral con canciones de Mitch Leigh sobre textos de Joe Darion, fue estrenada en un teatro de Broadway el año 1965 y llevada al cine en 1972 por el director Arthur Hiller. Con un planteamiento musical y dramático de los personajes en el que se mezcla lo directo con lo banal y se confunde la emoción con la cursilería, fórmula frecuente en el género, El hombre de La Mancha constituye uno de los mejores ejemplos sobre la frivolidad con que, a veces, ha sido tratada la obra cumbre de Cervantes en su traslación a otros medios. En El caballero
don Quijote, de Gutiérrez Aragón la inclusión de la voz humana respondía a una necesidad dramática reflejada en el guión. Éste incluía una secuencia en la que don Quijote, alojado en el palacio de los duques, despierta al escuchar una hermosa voz que entona una dulce canción. Guiado por su sonido, deambula por los pasillos del palacio hasta descubrir al paje Tosilos que, mientras recupera su verdadero aspecto de muchacho, oculto bajo un disfraz de mujer, canta «Al alba venid». Esta bellísima canción de autor desconocido y texto sugerente, y dramáticamente perfecto en cuanto a su contenido («Al alba venid, buen amigo, / al alba venid. / Amigo el que yo más quería, / venid al alba del día. / Amigo el que yo más amaba, / venid a la luz del alba. / Venid a la luz del día, / non trayáis compañía. / Venid a la luz del alba, / non traigáis gran compaña».) figura en el Cancionero Musical de los siglos
XV y
XVI en la edición comentada por Francisco Asenjo Barbieri. Además de su versión cantada, su motivo principal pasó a formar parte de la estructura musical de la película como motivo de Dulcinea.
No quiero terminar este comentario sin hacer alusión a una serie de televisión que raramente aparece en las filmografías sobre el Quijote. Se trata de la película de dibujos animados que Cruz Delgado realizó para Televisión Española entre los años 1979 y 1981. Esta producción tiene un excelente soporte musical en la partitura que Antonio Areta escribió para ella. Su música, alejada por completo de cualquier planteamiento simplista del que a veces adolecen las películas dirigidas fundamentalmente a un público infantil, es ejemplar en la utilización, en algunos momentos de la película, de elementos de auténtica raíz manchega que el compositor elabora con brillantez armónica y tímbrica. Esta forma de tratar la música autóctona de la zona en que transcurre la historia tiene su único antecedente en la, ya comentada, magistral partitura de Ernesto Halffter.
Mucha ha sido la música escrita para películas relacionadas con el Quijote. Es lógico pensar que esta maravillosa aventura siga produciendo en el futuro nuevas versiones cinematográficas que aporten lecturas innovadoras de la novela. Estas versiones darán pie, sin duda, a que otros compositores aporten su punto de vista sobre este inagotable personaje. Esperemos que así sea.
|
|