Por Begoña Lolo Herranz


La obra de Cervantes, y en particular el Quijote, ha servido como tema de inspiración en la creación musical europea y americana prácticamente desde la publicación de la primera parte de la novela en 1605. Su recepción se produjo con asombrosa rapidez en los países europeos colindantes a medida que se fueron realizando las sucesivas traducciones. Francia en primer lugar, Inglaterra, Italia o Alemania acogieron con prontitud en su lengua la novela del famoso hidalgo, facilitando su rápida difusión y, en consonancia, estimulando el interés de los compositores que encontraron en la obra cervantina fuente inagotable de inspiración para la realización de creaciones en muy diferentes formatos. Inicialmente será el teatro lírico, en particular la ópera junto con el ballet, los ámbitos de preferencia de los creadores para reflejar las andanzas y aventuras quijotescas, relegando en sus orígenes la música de cámara a un plano secundario cuya presencia no se dejaría sentir hasta las primeras décadas del siglo
XVIII.

La primera obra importante de estas características se debe al compositor alemán Telemann. La Ouverture burlesque sur Don Quichotte para orquesta de cuerda y clavicémbalo de Telemann es la primera obra en formato de cámara de carácter programático escrita sobre la novela de Cervantes, compuesta por una obertura y siete secciones cuyo nombre va acorde con el episodio de la novela en la que se fundamenta. Guardando el formato de suite, a la obertura le sucede «El sueño de don Quijote», minueto de melodía ingenua que recuerda el galopar del caballo. Escenas como la tercera, centrada en el «Ataque a los molinos», ha sido de las más utilizadas por los músicos de todas las épocas junto con los «Suspiros por Dulcinea», pasaje transido por la melancolía en el que se deja sentir delicadamente el suspiro de amor del hidalgo. Estos números dejan paso, posteriormente, a descripciones como el galope de Rocinante y el trote del burro de Sancho, que se interpretan enlazadas y que apuntan ese carácter de comicidad que subyace en el concepto de la obra. Debe ser considerada como una de las composiciones más logradas del siglo XVIII, y en la que se mantiene de forma bastante fidedigna la estructura de la novela. Musicalmente conserva características propias del barroco tardío con algunos avances del estilo galante. Posteriormente Telemann escribiría una segunda obra sobre el tema de el Quijote, la serenata Dom Quichotte auf der Hochzeit des Camacho fechada en 1761, obra que realizaría a la avanzada edad de 80 años, pocos años antes de morir.

Tendremos que esperar prácticamente hasta finales del siguiente siglo para encontrarnos nuevamente con obras de temática quijotesca para música de cámara. Aunque son muy escasas, es el caso de la Marche héroique de Don Quichotte del compositor E. Gandolfo, realizada para orquesta de cuerda y de la que se harían posteriormente distintas versiones para piano, piano a cuatro manos, y violín con piano. La obra fue editada en 1892 y responde fielmente al carácter heroico que se indica en el título, atendiendo a su textura percusiva que, en minúsculos bloques, se va imponiendo a lo largo de la obra y que de forma descriptiva representa la figura de don Quijote en su largo caminar.

 

Será el siglo XX el momento de apogeo, se escribirán numerosas obras para música de cámara con las formaciones más diversas, desde creaciones pensadas para instrumentos solistas como el arpa, la guitarra, la marimba, la viola, el órgano o el piano, instrumento al que los compositores dedicarán una especial atención. Citaremos entre todas las obras dos por sus peculiares características: Del Toboso. Seguidillas en estilo antiguo de José Ramón Gomis —pensada para ser danzada y cuya coreografía se debe a la bailarina Carmencita Sevilla—, en la que el ritmo de seguidillas alude a la tipología de danzas manchegas en boga en la época de Cervantes; junto a propuestas más elaboradas como Le coeur de Don Quichotte del compositor americano de origen ruso Nicolas Nabokov —dedicada al pianista Wladimir Horowitz—, que está estructurada en cinco piezas cortas («Introducción», «La huida», «Dulcinea», «La Pelea» y «La muerte de don Quijote»). En esta última, el autor utiliza la novela cervantina de forma muy libre y escribe al principio de la obra el siguiente epígrafe: «Los pájaros heridos en la parte del corazón mueren el mismo día», cuya expresividad poética nos sitúa en la dimensión sonora general de la obra, en la que merece destacarse el último número: «La muerte de don Quijote», donde el autor intentará reflejar la transfiguración del hidalgo.

Además del instrumento solista, encontraremos otras obras con muy variadas agrupaciones, que evidencian que el tema tendrá acomodo prácticamente en todas las combinaciones instrumentales: violín y piano, saxofón y piano, recitador y cuatro pianos, violonchelo y guitarra, flauta y guitarra, viento, orquesta de cuerda, clarinete, cuerda y violonchelo, cuerda y piano, etcétera. Compositores de muy diversas nacionalidades utilizarán el tema como inspiración: Ernesto Halffter, Jurriaan Andriessen, Ángel Arteaga, Eduardo Alemann, Manuel Balboa, Roberto Gerhard, Xavier Montsalvatge, Erik Marchelie… En estas obras, la novela cervantina como material temático será utilizada de dos maneras conceptualmente muy diferentes, por un lado como soporte para la creación de obras de carácter programático, en las que más que centrarse en episodios concretos se intentará reflejar el carácter de los personajes, a veces un tanto idealizado; las figuras de don Quijote y Dulcinea acapararán las preferencias de los creadores, en la medida en que su historia de amor imposible —que se cierra en ocasiones con el fallecimiento del hidalgo— permite crear páginas de notable expresividad.

En otros casos, nos encontramos con que la novela es utilizada como fuente de inspiración para la creación de versiones que, a menudo, poco o nada tienen que ver con el original cervantino. Estamos por tanto ante recreaciones muy libres en las que el compositor se siente atraído por los valores universales que transmite la obra: la nobleza de sentimientos, la generosidad hacia los enemigos, el sentido del honor, la valentía y el coraje, la fidelidad en el amor, así como por el simbolismo de la figura de don Quijote, icono de nuestra cultura; sirva de ejemplo el pronunciamiento del compositor José García Román en La resurrección de don Quijote, escrita para cuerda en 1994: «Una manera de expresar en música… el deseo de que vuelvan a cabalgar todos los héroes que desde su locura sean capaces de ofrecer esperanza a nuestra sociedad, en cierto modo desencantada».
 

 
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