Por Delfín Colomé


Introducción

La leyenda cuenta que, después de la retirada de las tropas republicanas a través de la frontera francesa, en febrero de 1939, un joven soldado, Eulalio Ferrer, confinado en el campo de Argelès, cambió su tesoro más preciado —un paquete de tabaco en picadura— por un ejemplar del Quijote, intuyendo —como así fue— que le sería mucho más valioso para su supervivencia. Años más tarde, aquel joven republicano, exiliado ya en México, se convirtió en un potentado de los medios de comunicación y, como homenaje al libro que tanto le ayudó en las circunstancias más difíciles de su vida, fundó en Guanajuato un museo exclusivamente dedicado al Ingenioso Hidalgo.

La visita de este museo sugiere inmediatamente la espectacular intensidad con la que la figura de don Quijote ha permeado la creación artística de todo tipo. El arte musical y el coreográfico no son una excepción.

El Centro de Documentación de Música y Danza del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (del Ministerio de Cultura) ha establecido el censo más completo hasta la fecha de las composiciones musicales inspiradas en Don Quijote.

¿Qué hace que el Caballero de la Triste Figura suscite tanta capacidad creativa en el terreno musical y coreográfico? Por supuesto, su carácter de mito universal, válido para todas las culturas del planeta, que da inteligibilidad al mensaje estético de la música o la danza.

Don Quijote es un loco ejemplar —los locos y los niños dicen la verdad, en todas partes— dechado de caballerosidad, generosidad y entrega a los demás, movido por el más alto de los ideales —el amor— que tiene como permanente contrapunto (y uso el término en su sentido más musical) la sabia razón popular de Sancho, llena de pedestre naturalidad, en un precioso juego dialéctico, profundamente inspirador de sonidos y movimientos.

Con otros dos grandes mitos también españoles —don Juan y Carmen— don Quijote forma parte del patrimonio cultural de la humanidad. La presencia de un altísimo número de artistas no españoles en este catálogo, así lo prueba fehacientemente.

Además, el hecho de que su argumento sea previamente conocido de todo el mundo, si bien excluye la sorpresa que —en arte— siempre resulta interesante, facilita la labor de los creadores; porque el trabajo con  argumentos ya sabidos por el público hace que estos sean más manejables.

Pero hay dos características interesantes, que radican en la propia esencia de la obra, que pueden explicar también la atracción que el Quijote ejerce sobre los creadores.

Por una parte, la fragmentación del gran fresco quijotesco en capítulos, aventuras, historias y escenas, permite que el compositor o el coreógrafo se acerque al mismo desde distintas ópticas, sin perder nunca su visión global.

Por otra, la permanente actualidad del texto hace que case confortablemente con cualquier tipo de corriente estética. El Quijote es una obra de todos los tiempos.

Pero hay más. Visto desde la música y la danza, el Quijote tiene una doble ventaja, subrayada por Ortega y Gasset al escribir que «no existe libro cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida sea tan grande y, sin embargo, no existe libro alguno en que hallemos menos anticipaciones, menos noticias para su propia interpretación». Ello permite el doble juego de trabajar con un material totalmente universal —como ya se ha comentado— que, al mismo tiempo, está abierto a cualquier tipo de interpretación: un punto realmente atractivo para que los artistas ejerzan su libertad creativa. Y ello es especialmente válido para los músicos —más que para los coreógrafos— que utilizan un medio tan abstracto como el sonido.

Don Quijote en la música

En el terreno de la composición musical, comprobamos que no sólo existen óperas sobre Don Quijote que, en principio, podría estimarse como el género más idóneo para un libreto de tanta excelencia, sino también —aparte de alguna zarzuela, como genero genuinamente español— un buen número de obras sinfónicas, música de cámara y música vocal (coral y solista). El número de canciones es notable, como lo es también la música incidental para escena y, a lo largo del siglo XX, las múltiples partituras escritas para el cine, tanto argumental como documental, o las series televisivas.

La nómina de compositores impresiona por dos aspectos. Primero, por la presencia en la misma de nombres muy importantes en la historia de la música: Henry Purcell, Georg-Philipp Telemann (Burlesque de Quixotte y Don Quijote en las bodas de Camacho), Félix Mendelssohn, Gaetano Donizetti, Jules Massenet, Maurice Ravel, Manuel de Falla, Richard Strauss, Hans Werner Henze (una suite y una ópera), etcétera.

Segundo —y consecuentemente— en una nómina de compositores que va desde la propia contemporaneidad con Cervantes hasta nuestros días, la diversidad de estilos es demostrativa de la versatilidad de la inspiración quijotesca.

Si nos referimos estrictamente a los compositores españoles del siglo XX, constataremos la presencia de grandes clásicos como Conrado del Campo (Evocación y nostalgia de los molinos de viento y una de las Seis canciones castellanas) o el propio Manuel de Falla, junto a una activa explotación del personaje por la Generación de la República: tanto Ernesto (con la Canción de Dorotea, Don Quijote de la Mancha, la «farsa heroica» Dulcinea, el Nocturno y Serenata a Altisidora, la Serenata a Dulcinea y la Suite sinfónica de Dulcinea) como Rodolfo Halffter (con su ópera bufa Clavileño y sus Tres epitafios), y Salvador Bacarisse (Aventure de Don Quichotte, Retablo de la libertad de Melisendra, Soneto a Dulcinea en sus versiones para canto y piano y para canto y arpa) escribieron varias páginas quijotescas y Robert Gerhard (The Adventures of Don Quixote, Danses, Danses del ballet ‘Don Quixot’', la primera, y segunda versiones del ballet Don Quixot, y la Suite n.º 1 del ballet Don Quixot, también con segunda versión, y n.º 2) le sacó un verdadero jugo al personaje. Pero también lo hizo la Generación del 59, con Carmelo Bernaola (Don Quijote de la Mancha y Galatea, Rocinante y Preciosa), Antón García Abril (Canciones y danzas para Dulcinea y Monsignor Quixote), Ángel Arteaga (Andaduras de Don Quijote, Música para un festival cervantino, una Suite sinfónica y Quijote ayer y hoy), Ángel Oliver y Tomás Marco (El Caballero de la Triste Figura, Ensueño y resplandor de Don Quijote y Medianoche era por filo), culminando esa estela la excelente ópera de Cristóbal Halffter, estrenada el año 2000. Y no faltan andanzas quijotescas musicadas por la joven generación de compositores de nuestro país, como Josep Maria Balanyà, José Zárate (Alonso de Quijada, Nocturnos de Barataria y Sanchesca), Joseba Torre Alonso o José Luis Turina —éste último, con otra ópera, del mismo año, puesta en escena por La Fura dels Baus—.

Don Quijote en la danza

Ahí sí que la diversidad de estilos no es tan contundente, ya que las grandes coreografías quijotescas se encuadran, básicamente, en el ballet romántico pilotado por la brillante escuela rusa. No es que no se pueda coreografiar un Quijote usando las técnicas de la modern dance que, por cierto —y muy especialmente su máxima creadora, Martha Graham— ha utilizado los mitos como argumento hasta la saciedad.

Casi un tercio de las coreografías reseñadas centran su argumento en el capítulo quijotesco de «Las Bodas de Camacho», en el que Cervantes acude en ayuda de los coreógrafos al describir detalladamente el espectáculo de danzas diversas que ameniza los conflictivos esponsales.
 
En general, don Quijote y Sancho Panza aparecen en las diversas coreografías más como hilo conductor del argumento que como personajes centrales del mismo. Y, evidentemente, lo que sí se da con profusión es la utilización de fragmentos de la novela que tienen, ya en sí, una buena garra escenográfica: la vela nocturna de las armas, la batalla contra los molinos de viento, el caballero soñando con su amada, los galeotes, etc.

 

El Don Quijote coreográfico más importante es el que Marius Petipa, con música de Minkus, coreografía para el Bolshoi, en 1869, que más tarde rehace en una versión de cinco actos y que, en 1900, Gorky remodela, convirtiéndolo en la que, definitivamente, adoptan en su repertorio tanto el Kirov como el Bolshoi.

Su argumento, una vez más, gira alrededor del idilio entre Quiteria (aquí denominada Kitri, con una intención pretendidamente más cosmopolita) y Basilio, relatado en el capítulo XX de la segunda parte, «donde se cuentan las bodas de Camacho el Rico con el suceso de Basilio el Pobre».

También habría que destacar que, en el caso de la danza, grandes coreógrafos han estrenado creaciones quijotescas. Tal es el caso de Franz Hilverding, Jean-Georges Noverre, Filippo Taglioni, Charles-Louis Didelot y Auguste Bournonville, a los que, en el siglo XX, se acumulan las venerables figuras de Ninette de Valois, Serge Lifar y George Balanchine. En España,  destaca la coreografía de Luisillo, con música del maestro Federico Moreno Torroba.

Ante todo ello, cabría resumir el éxito de don Quijote como inspirador de tanta música y danza con el ocurrente título que el compositor germano-australiano George Dreyfus puso a una de sus composiciones, listada también en este catálogo: «Hay algo de don Quijote en todos nosotros». A la vista de tanta floración artística quijotesca, no debería cabernos la menor duda.
 

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