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  El ‘Quijote’ de Carlos III

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El director del Instituto Cervantes



Retrato de Cervantes
(G. Kent pinx.; I. Folkema del. Sculp. 1739)

Por vez primera se exponen al público, todos juntos, los 38 cartones de las dos colecciones de tapices conservadas en el Palacio Real de Nápoles (la primera realizada de 1758 a 1766; la segunda, de 1767 a 1779), que representan las historias de don Quijote. Estos se nos descubren como auténticas obras de arte, como momento de la ideación que precede y materializa la mera ejecución y no solo como simples cartones para tapices. Estos tapices estaban destinados a decorar los apartamentos del Palacio Real de Caserta de Carlos III. Pero además tenían como objetivo evidenciar un aspecto peculiar de las maduras elecciones de gusto del soberano, tras los primeros decenios que Tanucci define como «el tiempo heroico de la monarquía», dirigidos hacia una profunda y radical renovación administrativa, económica y cultural que rescataba a Nápoles de la inmovilidad de la época del virreinato, una ciudad dirigida a convertirse en una capital europea.

Esta exposición, comisariada espléndidamente por la profesora Vega de Martini, plantea no solo la trascendencia de la figura de don Quijote en el imaginario europeo, sino como a partir de ese momento fueron posibles transformaciones sociales e industriales.

Por todo ello, quisiera agradecer la crucial colaboración del Palacio Real de Nápoles, del Palacio del Quirinal de Roma y del Ministerio para los Bienes y la Actividad Cultural italiano, así como felicitar al Instituto Cervantes por su inmensa labor dirigida a difundir la cultura española e investigar la presencia de esta en la historia de otras culturas y países.

Miguel Ángel Moratinos
Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación

 

Extraña figura la de Miguel de Cervantes, soldado, aventurero, recaudador de impuestos y, al mismo tiempo, gran literato. Durante su azarosa vida permaneció dos años en Nápoles, desde 1573 hasta 1575. «… No me engaño, / esta ciudad es Nápoles, la ilustre / que yo pisé sus rúas más de un año…», dice en El viaje del Parnaso, en 1614, dos años antes de su muerte.

Pero el personaje de su principal obra, de la que ahora celebramos el IV centenario de la publicación de la primera parte, trascendió la propia personalidad de su autor. De hecho, don Quijote tuvo un papel relevante como metáfora de la utopía. Esta última manifestada en la idea de transformar el Estado en una máquina que funcionase gracias a la creación de estructuras económicamente productivas y socialmente útiles, como lo eran las fábricas que habían fundado Carlos VII de Nápoles y III de España, y su hijo Fernando IV, sucesor al trono de Nápoles.

Quizá el resultado de mayor trascendencia artística de aquellas decisiones monárquicas fueron los 38 cartones pictóricos que ahora se presentan, por vez primera en España, bajo el título de El Quijote de Carlos III, y que actualizan oportunamente las relaciones históricas entre Nápoles y España.

Por ello, queremos transmitir nuestro agradecimiento por su iniciativa al Instituto Cervantes y a todas las instituciones colaboradoras, como el Ministeri per i Beni e le Attività Culturalia de Italia, el Palacio Real de Nápoles, el Quirinal de Roma, el Ayuntamiento de Sevilla, y el Ayuntamiento de A Coruña, así como a Caja Duero, por su generoso patrocinio. Su acción conjunta ha hecho posible que este importante e inédito proyecto haya podido realizarse.

Carmen Calvo
Ministra de Cultura

 

El pensamiento de Cervantes, la visión del mundo, condescendiente y liberal, que destila a través de todas y cada una de sus obras, su condición de escritor consciente de sus opiniones y de las consecuencias que acarreaba el expresarlas, merecen un homenaje y un reconocimiento públicos. Cervantes representa, mejor que nadie, ese raro heroísmo del que depende la cultura: el heroísmo de la libertad. Cervantes poseyó como nadie el don de expresar verbalmente su mundo. En su novela hace decir a don Quijote que «la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida...».

La novela universal de Miguel de Cervantes, que no ha dejado de inspirar a culturas distintas durante 400 años, nos brinda en esta inmejorable oportunidad del IV centenario el poder recuperar la memoria de un modo de ver la vida a partir de ese gran humanismo, que se expresa a través del diálogo libre.

La calculada e inteligente ambigüedad de Cervantes permite cualquier interpretación. Su obra es realista e idealista a la vez; optimista y pesimista; conformista y rebelde. Dado el perspectivismo ideológico con que está escrita la novela, no es fácil pronunciarse; aunque la bondadosa y comprensiva actitud cervantina ante las miserias humanas, nos autoriza una lectura optimista y confiada de la obra y de la existencia. Acercarse a esta obra es acercarse a personajes eternos que configuran un retablo de una época de la historia de España. Como cara y cruz de una medalla, don Quijote y Sancho siguen haciendo este milagro secular de reunirnos a mujeres y a hombres a escuchar o a leer o a interpretar su propia y libre palabra. Leer el Quijote y estudiar la complejidad del momento histórico cervantino contribuirá, sin duda, a la formación de nuestros jóvenes, ya que entre los valores que se pueden destacar de su estudio y lectura se encuentran el amor, la justicia, la integridad o la generosidad, la conciencia crítica, el respeto a lo diferente, el rechazo a la violencia, cualidades que encierran el código de comportamiento de la caballería... Lo que sí es seguro es que Cervantes ha construido con el Quijote un juego tremendamente divertido y placentero.

No hay duda de que el análisis y la reflexión en torno a la obra capital de Miguel de Cervantes es uno de los grandes temas que el pensamiento español se ha planteado desde siempre. Es posible que la figura de don Quijote se interpretara en la corte española de los siglos XVII y XVIII por Felipe V y por su hijo Carlos de forma distinta a como Cervantes la concibió: «si don Quijote regresara hoy al mundo —señala Unamuno— no empuñaría la espada de caballero errante; sería pastor de pueblos... e intentaría que el amor les inspire los conceptos, y para hacer que vivan y triunfen emplearía el valor y la bravura que había puesto en el asalto a los molinos y en la liberación de los galeotos».

Posiblemente esta visión no está en conflicto con lo que se teorizaba en época de Cervantes. Como tampoco lo estaba en el siglo XVIII. Y así lo demuestran los 38 cartones que encargó Carlos III y que ahora el Instituto Cervantes, en colaboración con el Palacio Real de Nápoles y el Quirinal de Roma, y gracias al patrocinio de Caja Duero, presenta en España.

Cervantes siempre ha sido un escritor contemporáneo. Nunca ha perdido el contacto interior con los lectores. Es bueno volver a leer su Quijote, como bueno es acercarse a esta exposición. Por todo ello, quiero felicitar a todas las instituciones que han hecho posible este original proyecto.

M.ª Jesús San Segundo Gómez de Cadiñanos
Ministra de Educación y Ciencia

 

En Nápoles, la frenética actividad de Carlos III y de Fernando IV, dio origen a la institución de una nutrida serie de Reales Fábricas. Entre estas, destaca el papel particular que adquirió la de los tapices de San Carlo alle Mortelle, la primera que se fundó en 1737, tan sólo tres años después de la subida al trono de Nápoles de Carlos de Borbón. En el ámbito de su producción, la figura de don Quijote y todo aquello que el personaje cervantino pudiera simbolizar, revisten un carácter particular los tapices realizados en Nápoles desde 1758 hasta 1799, con temas de las aventuras del Ingenioso Hidalgo, que absorbieron durante un largo periodo grandes energías, movilizando pintores o arquitectos de la trascendencia de Vanvitelli o Fuga.

Ahora, esta importante e histórica colección se presenta en su totalidad por vez primera en España. Primero, en la sede del Instituto Cervantes de Alcalá de Henares y después en Salamanca, A Coruña y Sevilla. Por todo ello, quiero felicitar a todas las instituciones que, con la colaboración de Caja Duero, han posibilitado que todos disfrutemos de estas obras que nos remiten a una época apasionante de la Historia de España.

Julio Fermoso García
Presidente de Caja Duero

 

Con el inicio del ambicioso programa de edificación de obras promovido por Carlos de Borbón, cuyo momento decisivo es el comienzo de la construcción del Palacio de Caserta en 1752, se plantea la necesidad de realizar prestigiosos proyectos decorativos destinados al Real Sitio que pudieran competir con los de las más importantes cortes europeas. La evolución de la tapicería napolitana responde a esta nueva exigencia y manifiesta, a través de su producción, una dimensión cultural más moderna y que responde a los dictados estéticos que dominaban una época caracterizada por la prosperidad. Las manufacturas de Carlos III y que, posteriormente, continuó Fernando IV, implicaban de manera funcional e interdependiente la arquitectura, las artes decorativas y la artesanía de alta calidad y, en consecuencia, no solo los procesos de ideación sino también los de ejecución.

Entre 1752 y 1757 se produjo un cambio que significará un decisivo empuje a la tapicería napolitana. Los momentos más importantes de esta transformación son las obras en el Palacio Real de Caserta, la llamada a Nápoles del profesor romano Pietro Duranti y la implicación del arquitecto real Luigi Vanvitelli.

Fue precisamente Carlos III quien le pidió personalmente a Vanvitelli que proyectara la decoración de las habitaciones de su apartamento en el Palacio Real de Caserta con tapices de las «aventuras» de don Quijote que se realizarían en la Real Fábrica de Tapices de Nápoles, que él mismo fundó en 1737 pocos años después de su llegada.

Y por vez primera se exponen al público, todos juntos, los 38 cartones de las dos colecciones de tapices conservados en el Palacio Real de Nápoles (la primera realizada de 1758 a 1766; la segunda, de 1767 a 1779).

Por todo ello, quiero expresar nuestro agradecimiento a todas las personas e instituciones que han participado en este proyecto, como el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Ministerio de Educación y Ciencia, el Ministerio de Cultura, el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, el Ayuntamiento de Sevilla, y, especialmente, a Caja Duero.

César Antonio Molina
Director del Instituto Cervantes


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